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Matemáticas
El origen de los numerales indoarábigos
Hoy vivimos una era privilegiada, poseemos notaciones matemáticas claras, precisas, universalmente aceptadas, e incluso hemos aprendido a inventar nuevas notaciones que nos permitan un óptimo trabajo matemático.


Los numerales indoarábigos universalmente aceptados son originarios de la India y fueron llevados a España en el Siglo VIII o IX d.C. por los moros (árabes).

El rey Asoka, budista que reinó la India hace unos dos mil años, difundió su religión en todo su dominio, donde se encuentran los primeros vestigios de numerales parecidos a lo que usamos hoy: el uno era simbolizado por ; el dos, por =; el cuatro, por ╒; el siete, por ; y el nueve, por . Años después aparecen inscripciones del tres como ; del cinco, Ƽ; el seis, Ƃ.

Hoy los numerales se parecen más a los usados en el Siglo XV o XVI (tras la invasión de los moros en España). La influencia de los numerales indoarábigos en Europa se produjo a través del libro de Al-Khowarizmi, matemático árabe del Siglo IX titulado Acerca del número hindú. Este libro fue traducido al árabe y se adoptó el término “número arábigo”.

En 1202, el italiano Leonardo Fibonacci, en su libro Ábaco, introdujo la numeración indoarábiga en Europa. Sin embargo, su adopción no fue inmediata, se prefería la numeración romana; por ejemplo, en 1299 prohibieron a los comerciantes el uso de los números arábigos en Florencia. También se prohibió en la redacción de documentos oficiales.

Es importante considerar que, dada la tradición griega: ni el cero ni el uno eran considerados números. A partir del dos evolucionó desde el símbolo = en el símbolo Z que, con el tiempo, llegó a escribirse 2; de manera semejante, el número tres, , se transformó en Ǝ, que finalmente resultó en 3. El primer cuadrado perfecto (2 x 2 4) se transformó en , y definitivamente se escribió 4. Así que el símbolo del 8 se deriva del 4 dos veces para escribirse como B y finalmente 8.

La evolución de la notación numérica ha tardado miles de años para concretarse como hoy la conocemos, al igual que la notación matemática usada actualmente, que es producto de miles de años de maduración del trabajo matemático mismo. Hoy vivimos una era privilegiada, poseemos notaciones matemáticas claras, precisas, universalmente aceptadas, e incluso hemos aprendido a inventar nuevas notaciones que nos permitan un óptimo trabajo matemático.

El uso del cero merece un comentario aparte; como número ha sido una aventura intelectual que llegó hasta el Siglo XX. Al margen de considerarlo como un símbolo que denota “ausencia de cantidad” y útil en la escritura de los números, su génesis resulta mucho más profunda porque implica interpretaciones religiosas y filosóficas del significado conceptual de la “nada”. El problema del “ser” y la “nada” es uno de los problemas ontológicos más antiguos y apasionantes hasta nuestros días.

Aunque como ausencia de cantidad se conoce desde los antiguos babilonios, los mayas también tenían una concepción de la “nada”; el indio Brahmagupta ofreció una explicación parecida a la actual desde el 628 d.C., con reglas y propiedades operatorias.

La aceptación universal del cero surgió del significado de “número” al margen de su objeto para contar y medir, como lo veían los griegos. Era necesario dilucidar el significado de número, dotándolo de acciones operatorias con los demás números. Fue a finales del Siglo XIX, cuando Richard Dedekind probó la densidad de los números reales, cuando se pudo pensar en los irracionales como números, incluido el cero. La demostración fehaciente de su existencia se reveló mediante los sistemas axiomáticos en las primeras décadas del Siglo XX; cuando se aceptó el axioma del conjunto vacío, se demostró la existencia del conjunto más pequeño de todos los conjuntos inductivos y al que los matemáticos llaman “conjunto de los números naturales” e incluye al “cero” como un conjunto “isovalente” al conjunto vacío.

El uno, que en todas las culturas se denotó por I, es otro de los objetos matemáticos que hoy consideramos como número; de igual manera se demuestra con la existencia de los conjuntos unitarios mediante el axioma de pares. 


Escrito por Dr. Esptiben Rojas Bernilla

Colaborador


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