Las ganancias no salen de los sombreros de copa de los magos, sino del trabajo de la clase obrera.
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La celebración del Mundial de Futbol 2026 en México se ha presentado como una fiesta nacional, un acontecimiento capaz de unir al país y colocarlo nuevamente en el centro de la atención internacional. Gobiernos, empresas y medios de comunicación han insistido en los beneficios económicos, turísticos y culturales que traerá consigo este evento. Sin embargo, detrás del discurso oficial existe una realidad más compleja que merece analizarse.
El deporte no puede entenderse al margen de las condiciones económicas y sociales donde se desarrolla. El futbol, convertido en una de las industrias culturales más rentables del planeta, moviliza enormes cantidades de capital. Los principales beneficiarios de un Mundial no suelen ser los trabajadores, aficionados ni comunidades locales, sino las grandes corporaciones vinculadas a la publicidad, las telecomunicaciones, el turismo, la construcción y la transmisión de eventos deportivos.
Mientras millones de personas siguen los partidos, consumen mercancías oficiales y participan emocionalmente en la competencia, los beneficios económicos se concentran en grupos empresariales específicos. El espectáculo deportivo funciona entonces como una mercancía, cuya producción y consumo generan ganancias extraordinarias para una minoría. La pasión popular, genuina y legítima se convierte en una fuente de especulación financiera del capital.
En el terreno político, el Mundial de Futbol también cumple una función ideológica. Los gobiernos suelen presentarlo como símbolo de unidad nacional y modernización. La atención pública se desplaza hacia el éxito organizativo, la llegada de turistas o el desempeño de la Selección Nacional, mientras problemas como la pobreza, violencia, la educación, precarización laboral o la desigualdad pasan temporalmente a un segundo plano.
La aparente neutralidad del deporte oculta así relaciones de poder. El nacionalismo deportivo promueve la identificación de millones de personas con los símbolos del Estado y con proyectos políticos que poco involucran las necesidades reales de las mayorías. Durante unas semanas, la competencia entre selecciones parece reemplazar los problemas sociales que atraviesa cada país, como lo hemos visto durante estas últimas semanas en México.
Resulta ilustrativo comparar esta situación con la escasa atención recibida por la Copa Mundial de Tiro con Arco. Durante los últimos años, México ha obtenido resultados destacados en esta disciplina formando atletas competitivos de talla mundial. Y el circuito de este año abarca tres continentes; además, comienza y termina en México: en Puebla, para la primera etapa y luego la final del Mundial, que culminará en Saltillo, Coahuila. Sin embargo, estos logros rara vez alcanzan la difusión mediática del futbol. La explicación no se limita a las preferencias espontáneas del público, también responde a la lógica económica organizada por la industria deportiva.
El futbol genera audiencias masivas, contratos multimillonarios de televisión, patrocinios globales y mercados de consumo de enorme escala. El tiro con arco, por el contrario, produce una rentabilidad mucho menor para los grandes grupos económicos. En consecuencia, recibe menos inversión, menor cobertura mediática y escasos espacios de promoción. Hoy, la exhibición de un deporte no depende exclusivamente de sus méritos deportivos, sino de la posibilidad de generar grandes riquezas.
Desde esta perspectiva, la diferencia entre ambos eventos revela una contradicción grave: el reconocimiento social de una actividad no está determinado por su valor cultural, educativo o deportivo, sino por su rentabilidad económica. Mientras el Mundial de Futbol ocupa portadas, noticieros y campañas publicitarias durante años, los éxitos de los arqueros mexicanos suelen quedar relegados a espacios secundarios.
Esto no significa que debamos rechazar el futbol ni descalificar el entusiasmo popular que despierta. El problema no radica en el deporte en sí mismo, sino en las relaciones sociales que lo convierten en mercancía y espectáculo de masas. La verdadera discusión consiste en preguntarnos por qué algunos deportes reciben recursos, atención y reconocimiento, mientras otros permanecen ocultos pese a sus aportaciones al desarrollo deportivo nacional. Mientras el criterio dominante siga basándose en la rentabilidad económica, el deporte continuará reflejando las mismas desigualdades que atraviesa al conjunto de la sociedad.
Por eso es necesario reconocer que el deporte puede ser un arma de transformación social si se organiza con la participación consciente de la población. La unidad social no debe constituirse únicamente alrededor del espectáculo o del consumo, sino en torno a la exigencia colectiva de condiciones más justas para el acceso, financiamiento, difusión y desarrollo del deporte en todas sus disciplinas. Sólo mediante la coordinación y la acción colaborativa será posible luchar por estas prioridades y acondicionar el camino hacia una sociedad donde el valor colectivo esté por encima del valor económico.
Las ganancias no salen de los sombreros de copa de los magos, sino del trabajo de la clase obrera.
La única forma de devolverle su sentido original al futbol y al deporte en general, no es boicoteando las justas internacionales, sino luchando por superar el actual sistema económico y construir una forma de organización social distinta.
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Escrito por Lizeth Castillo
Promotora del deporte popular en Guerrero.