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Cultura
Poetas cuerpo a tierra
La revelación es cruel: ya nadie aclama a la poesía.


Hubo una época en que los poetas fueron retratados con gesto solemne, al estilo de Francisco de Quevedo, Gustavo Adolfo Bécquer o Sor Juana Inés de la Cruz; los poetas de hoy suben a sus redes sociales, de vez en cuando, alguna fotografía con aire nostálgico de sus antepasados. Así, uno se los encuentra ahora en su naturaleza mundana. Son compañeros de oficina, vecinos, pasajeros de asiento, padres, madres, hijos, hijas, hermanos, hermanas o alguien parecido a ti. Cuando bajaron del Olimpo, fue a golpe de realidad, evolución y sobrevivencia. La poesía también amplió su espectro: incluyó los temas de la vida que los poetas del altísimo vuelo, los mitológicos, habían ignorado a su modo.

A principios del siglo pasado, los poetas conservaban un estatus casi generalizado: dichosos cosmopolitas, avecindados en la Ciudad de México, formados académicamente en derecho y, después, instalados en algún puesto público, con trayectorias y prestigios en círculos culturales “bien armados”. Algunos, incluso, se dieron lujos de vida bohemia. Y destaco “lujos” porque ahora esa vida terrenal resulta inalcanzable. Esos pequeños dioses perdieron su esplendor mitológico y heroico para volverse anónimos y prescindibles.

En su poema Batman, José Carlos Becerra parece escenificar esa pérdida: mientras la noche trepa a la noche, el poeta, en su habitación, espera la “batiseñal” de alguien que, ahogándose en el espesor de sus penas, pida auxilio. Él, en su afán de héroe, quiere tender un puente con la fuerza temerosa de un poema a quien naufraga en el indómito silencio del grito. Se imagina cauce donde las aflicciones tengan sentido. Pero la espera se desgasta y la angustia se resigna: no hay a quién ofrecerle la mano.

La revelación es cruel: ya nadie aclama a la poesía. Como máquinas enajenadas, los posibles rescatados sólo piden descanso y pan a la noche. El poeta da vueltas en la silla donde el traje reposa; con las orejeras puestas, escucha el ruido mecánico de la ciudad amanecida. Reducido al escombro de su propio monólogo, de su pulso por abrirse paso hacia el otro lado del poema, su imagen se difumina ignota, y se pierde en la horda del día.

Tiene sentido la imagen del poeta sin capa, sin aureola, si se le ve desde la irreversible marcha triunfal de la modernidad. Poetas que nacen milagrosamente a mil por hora, y no es suficiente. Poetas que, cuerpo a tierra, traducen esta realidad cambiante en el sinfín de sus ritmos. Los poemas ampliaron sus hallazgos y temas antes ocultos. Lustran lo que ayer no parecía poesía. Y es poesía. Al poeta le inquietan los distintos fenómenos de la multitud (migración, violencia, enfermedades, etc.) que integra a su lirismo. Mientras los poetas se vuelven terrenales, la poesía se ha vuelto vasta, inquietante y múltiple. Entendidas así, la poesía y la imagen del poeta son inversamente proporcionales: ellos más llanos, más reales; la lectura de sus poemas, por lo tanto, más compleja; su traducción de esta realidad cada vez más difícil de encauzar ante el oficio de poetizar desde el asombro, donde todo es nuevo.

Los poetas, sin embargo, volverán a la noche para ofrecerse a quien encienda la “batiseñal” y recuperen ya no la imagen mitológica del poeta, sino su palabra, como aquel huésped sin nombre de Enrique González Martínez: … y nos quedamos luego / al amparo del fuego. // Nuestro mutismo sobrecoge y pasma, / y cual doble fantasma / que evocara un conjuro, / se alargan nuestras sombras en el muro... //


Escrito por Gerardo Almaráz

Autor del libro Vestigios (Esténtor, 2022), actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA, Oaxaca), 2025 en el área de poesía.


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