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Poesía
Erotismo, la segunda Śataka o “Centuria”, de Bhartrihari
Los estudiosos de la india comprendieron muy bien la diferencia entre todas las formas anteriores y la poesía de autor.


En la India, el verso fue la forma de expresión predominante en todos los campos de la palabra escrita, siendo empleado en himnos y relatos religiosos, en textos didácticos y normativos, filosóficos y científicos, al igual que en obras de intención literaria. Los estudiosos de la india comprendieron muy bien la diferencia entre todas las formas anteriores y la poesía de autor, donde la forma es esencial y el objetivo suscitar la emoción estética, donde los metros son exigentes y variados, apuntan las figuras retóricas, la descripción y la sugestión; para esta producción literaria reservaron el término kâvya, dividido en mâha-kâvya (“gran poema”) y khanda-kâvya (“poema fragmentario”).

Los poemas de Bhartrihari pertenecen, indudablemente, alcanza copia, pues son todos de una sola estrofa y en ellos el autor expresa de manera muy idiosincrásica su visión del mundo. Irónicos, patéticos, lascivos o reflexivos, siempre intensos, su individualidad los distingue de otros poemas clásicos cuyos autores prefirieron no alejarse de la corriente principal que no veía con buenos ojos la afirmación demasiado rotunda de la personalidad. Están reunidos en una colección tripartita, llamada “Tres Centurias” (Śataka-traya), dividida en secciones de cien poemas cada una, intituladas Buena Conducta, Erotismo y Renunciamiento, constituyendo una de las formas de presentación más comunes del género: la antología temática de autor único. Los tres temas elegidos por Bhartrihari eran muy populares, como lo demuestran un buen número de colecciones similares, centradas en cada uno de ellos.

La segunda parte de la obra de Bhartrihari es la centuria del Erotismo (Šringâra) Y la estrofa inicial está dedicada, por supuesto, a Kâma, el dios del amor. Los poemas se ordenan en secuencias bastante netas comenzando por una extensa que celebran los encantos de las mujeres para conducir a una más breve y más erótica sobre las relaciones sexuales explícitas. Se produce, a continuación, una inflexión cuando se hace hincapié en la ambivalencia de los sabios hacia las mujeres y los obstáculos que éstas presentan al camino de la perfección espiritual. Más tarde, Bhartrihari muestra francamente su desilusión, acusando a las mujeres, a veces con virulencia, de engañar a los hombres y causar su sufrimiento. Como consecuencia lógica, se propone resistir a las mismas y desistir de ellas, aunque no siempre tenga éxito. La última parte es más relajada evocando la influencia de las estaciones sobre los amantes. 

Tomado de Trescientos poemas de Bhartrihari, selección y traducción del sánscrito por Alejandro Gutman.

 

Con su sonrisa y su afecto,

con su timidez y su modestia,

con sus miradas insinuantes o desinteresadas,

con sus peleas por celos,

con sus palabras y sus juegos;

en fin, con todas sus actitudes,

las mujeres nos encadenan.

 

Una sonrisa inocente,

el poder de su mirada trémula y sincera,

el fluido de sus palabras

prometiendo diversiones nuevas,

los movimientos de su cuerpo

elegantes como los de un tallo fresco.

¿Qué no es encantador en las mujeres de ojos de ciervo

en el albor de su juventud?

 

Su cuerpo teñido con ungüento de azafrán,

un collar de perlas palpitando sobre sus rubios senos,

ajorcas resonando como el canto del cisne en sus pies de loto.

¿A quién no subyuga en la Tierra la mujer bella?

 

Las palabras de los poetas mienten siempre

cuando dicen que las mujeres son débiles

pues, ¿cómo pueden ser débiles quienes conquistaron

a Indra y a otros dioses con sus miradas trémulas?

 

El dios del amor es el sirviente

de la mujer de cejas bellas,

pues actúa sobre los señalados

por el movimiento de sus ojos.

 

A pesar de las lámparas y a pesar del fuego,

a pesar de las estrellas, del Sol y de la Luna,

el mundo está sumido en tinieblas

cuando no me miran tus ojos de ciervo.

 

Su cara una piedra lunar,

sus cabellos negros zafiros,

sus manos dos rubíes:

brilla como hecha de joyas.

 

Con senos majestuosos como Júpiter,

con un rostro luminoso como la Luna,

con su paso lento como el de Saturno,

brilla como hecha de astros.

 

Afortunado es aquel que bebe miel

de los labios de una joven mujer,

cuyos cabellos desordenados

reposan sobre su pecho,

sus ojos semicerrados

apenas visibles,

sus mejillas transpiradas

por la fatiga del sexo.

 

Rey, nadie en este mundo ha llegado

hasta el fin del océano del deseo

y, ¿para qué sirve la abundante riqueza

cuando la pasión juvenil se ha agotado en el cuerpo?

Nosotros vamos a una casa en tanto percibimos

la flor de loto azul de los ojos abiertos

capturando una y otra vez la belleza de las amadas

antes que la vejez la destruya de pronto.

 

En esta vida transitoria y sin esencia,

¿cómo los espíritus de pensamientos inmaculados

tendrían paciencia o deseos de mancharse

sirviendo a la puerta del palacio de un mal rey

si no fuera por los ojos de loto de las jóvenes,

una masa brillante como la Luna,

y por los cinturones de campanas tintineantes

en sus cinturas doblegadas por el peso de los senos?

 

Aunque los placeres son pecaminosos

y en última instancia insubstanciales,

debiendo evitarse enteramente

por ser asiento de todos los males,

y aunque en la Tierra no hay mayor virtud

que beneficiar a los otros,

no existe en esta vida transitoria,

un deleite mayor que la mujer de ojos de loto.

 

Hombres, yo digo la verdad sin parcialidad.

Esto es cierto en toda la Tierra:

no hay encanto mayor que las amplias caderas de una mujer

y ninguna otra causa de mayor sufrimiento.

 

Aunque conozca los tratados, aunque su conducta sea excelente,

aunque ciertamente sea un iluminado,

es raro en esta vida transitoria

quien persevere en la vía de los virtuosos

ya que en ella existen

las cejas curvas como enredaderas

de las mujeres de bellos ojos:

una puerta abierta a la ciudad del infierno.

 

Incluso Brahmâ teme

poner obstáculos

a las mujeres presas

de la furia del amor.

 

Cuando la abeja se intoxica con flores de jazmín,

cuando se exhibe la espléndida y exuberante enredadera

y cuando el magnífico árbol de coral

brilla tembloroso por el viento y el granizo,

para quienes, ni aun por un instante, los abraza

una mujer de ojos de ciervo, hábil en remover el frío,

la noche parece la sede de Yama1

y sus horas se estiran interminablemente.

 

Notas

1Yama es el dios de los muertos.


Escrito por Redacción


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