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Tribuna Poética
Olga Orozco: un poema con bigotes y cola
La poetisa y periodista argentina Olga Orozco forma parte de la generación conocida como la Tercera Vanguardia.


Nacida en la provincia de La Pampa, la poetisa y periodista argentina Olga Orozco (1920-1999) forma parte de la generación conocida como la Tercera Vanguardia, en la que ejercieron gran influencia los simbolistas franceses y que rompiera con las estructuras rígidas en la poesía; en esta generación se suele incluir a poetas hispanoamericanos nacidos entre 1920 y 1934.

A lo largo de su prolongada trayectoria literaria, Olga Orozco construyó un exuberante universo interior, con una temática múltiple en la que no podían faltar los diálogos con criaturas de diversa naturaleza, como Berenice, su gata negra, que inspirara una emotiva, culta y fascinante elegía a la compañera cuadrúpeda que considera puente entre la realidad y el mito, partiendo del origen de la domesticación de estos félidos y su importancia en el paso de la vida nómada a la sedentaria; pasando por la adoración que sintieron por ellos las grandes civilizaciones antiguas y la profunda huella que sus patas acolchadas han dejado en la historia de la literatura, desde el Gato de Cheshire, en la inmortal novela de Lewis Carroll, hasta los problemas de sobrepoblación y zoonosis en las grandes urbe.

Estos pequeños seres están representados, en conmovedora sinécdoque, en las 17 partes que constituyen los Cantos a Berenice (1977), cuyo personaje central representa, para la autora, a todos los gatos del mundo.

 

                        II 

No estabas en mi umbral 

ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que 

fragua la nostalgia 

y que presagian niños o animales hechos con la 

sustancia de la frustración.

Viniste paso a paso por los aires, 

pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un 

foso de lobos 

enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.

Venías condensándote desde la encandilada 

transparencia,

probándote otros cuerpos como fantasmas al revés, 

como anticipaciones de tu eléctrica envoltura 

–el erizo de niebla, 

el globo de lustrosos vilanos encendidos, 

la piedra imán que absorbe su fatal alimento, 

la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor 

de un ascua, 

en torno de un temblor–.

Y ya habías aparecido en este mundo, 

intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,

más prodigiosa aún que el gato de Cheshire, 

con tu porción de vida como una perla roja brillando 

entre los dientes.

                        III 

Quiero pensar que no eras la cría repudiada, 

hija de gato errante y de gata cautiva 

–la pareja precaria, victoriosa en la ley de un solo 

acoplamiento

y sumisa al decreto de algún Malthus tardío que 

impera en el desván–.

Puedo creer que no eras trofeo ni residuo 

arrojado al azar desde lo alto de la roca, 

ni yo la tejedora que detiene con redes milagrosas el 

vuelo o la caída.

Algo más que piedad, que providencia y desatino 

erigió nuestra carpa invulnerable entre las carcomidas 

fundaciones.

Algo que comenzamos a saber entre un plato de leche 

y huesos, sólo huesos de desapariciones, tan duros de 

roer.

                       

Tú reinaste en Bubastis 

con los pies en la tierra, como el Nilo, 

y una constelación por cabellera en tu doble del cielo.

Eras hija del Sol y combatías al malhechor nocturno 

–fango, traición o topo, roedores del muro del hogar, 

del lecho del amor–, 

multiplicándote desde las enjoyadas dinastías de piedra 

hasta las cenicientas especies de cocina, 

desde el halo del templo, hasta el vapor de las marmitas.

Esfinge solitaria o sibila doméstica, 

eras la diosa lar y alojabas un dios, como una pulga 

insomne,

en cada pliegue, en cada matorral de tu inefable anatomía.

Aprendiste por las orejas de Isis o de Osiris 

que tus nombres eran Bastet y Bast y aquel otro que 

sabes 

(¿o es que acaso una gata no ha de tener tres nombres?); 

pero cuando las furias mordían tu corazón como 

un panal de plagas 

te inflabas hasta alcanzar la estirpe de los leones 

y entonces te llamabas Sekhet, la vengadora.

Pero también, también los dioses mueren para ser 

inmortales

y volver a encender, en un día cualquiera, el polvo y 

los escombros.

Rodó tu cascabel, su música amordazada por el viento.

Se dispersó tu bolsa en las innumerables bocas de la 

arena.

Y tu escudo fue un ídolo confuso para la lagartija y el 

ciempiés.

Te arroparon los siglos en tu necrópolis baldía 

–la ciudad envuelta en vendas que anda en las 

pesadillas infantiles–, 

y porque cada cuerpo es tan solo una parte del 

inmenso sarcófago de un dios, 

eras apenas tú y eras legión sentada en el suspenso, 

simplemente sentada, 

con tu aspecto de estar siempre sentada vigilando el 

umbral. 


Escrito por Tania Zapata Ortega

Correctora de estilo y editora.


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