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Economía
¿Realmente ayuda la IED al desarrollo de México?
La experiencia mexicana muestra que la IED no ha sido motor del crecimiento económico ni de la productividad.


Recientemente, diversos medios celebraron que México alcanzó un récord de Inversión Extranjera Directa (IED) en el primer trimestre de 2026. Unos 23 mil 591 millones de dólares, un 10.5 por ciento más que en el mismo periodo de 2025. Los sectores con mayores incrementos fueron los servicios financieros y seguros, la fabricación de vehículos, la minería, la construcción y la fabricación de equipo de cómputo y componentes electrónicos; nada diferente de los años anteriores.

Durante mucho tiempo se difundió la idea de que la IED contribuía a desarrollar económicamente a los países atrasados. Se argumentaba que las empresas extranjeras podían transferir tecnología avanzada, capacitar a los trabajadores y mejorar la organización dentro de las empresas. La industria nacional que se convirtiera en proveedora de esas empresas extranjeras se beneficiaría con una alta demanda de insumos, lo que le permitiría ampliar su escala de producción. Se suponía que eso generaría un círculo virtuoso, pues al ampliar la escala, disminuirían los costos, aumentarían las ganancias y se podría invertir en mejor tecnología y maquinaria. Además, la mayor competencia entre proveedores obligaría a mejorar los procesos productivos. Finalmente, todo ello se traduciría en más empleos.

Sin embargo, hay varios elementos que contradicen estas teorías. En primer lugar, las leyes de propiedad intelectual y la falta de capital suficiente impiden que las empresas nacionales accedan e implementen la tecnología que utilizan las empresas extranjeras. Además, si la competencia por reducir costos y conquistar mercados es lo que impulsa el desarrollo técnico, sería ingenuo pensar que las empresas compartirían esos avances voluntariamente, pues se estarían saboteando a sí mismas. En segundo lugar, las empresas extranjeras se han instalado principalmente en actividades maquiladoras, es decir, de ensamblaje. Estas empresas importan la mayor parte de sus componentes, sobre todo aquellos que requieren procesos más complejos. Esto genera una desarticulación entre las empresas extranjeras que producen para el exterior y la industria nacional.

Es importante recalcar que las empresas de los países desarrollados iniciaron un proceso de deslocalización a partir de los años sesenta con el objetivo de reducir costos y aumentar sus márgenes de ganancia. Se instalaron en países subdesarrollados buscando mano de obra barata y, en el caso particular de México, mejores regulaciones para importar componentes sin restricciones importantes, así como facilidades para que las mercancías crucen la frontera con Estados Unidos durante las distintas fases de producción sin mayores costos. La maquila mexicana, donde operan las empresas extranjeras, es un eslabón de cadenas que incluyen a otras empresas extranjeras, pero no a las nacionales.

La experiencia mexicana muestra que la IED no ha sido motor del crecimiento económico ni de la productividad. Desde 1965 se implementaron políticas favorables a la maquila en el norte del país, como la Política de Fomento a la Industria Maquiladora de Exportación, los Programas de Promoción Sectorial y el Programa Maquilador. Sin embargo, desde mediados de la década de 1990, México ha tenido un crecimiento del PIB por debajo del dos por ciento y un aumento de la productividad laboral de apenas 0.1 por ciento.

El gobierno debe diseñar y aplicar las políticas industriales, tecnológicas y educativas pertinentes para desarrollar económicamente a México. Nuestro desarrollo no puede depender de lo que decidan hacer o no los inversionistas extranjeros, se necesita un proyecto nacional propio, con reglas claras que pongan condiciones a la IED y fortalezcan primero a la industria nacional y a los trabajadores mexicanos. 


Escrito por Ollin Vázquez

Maestra en Economía por la UNAM.


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