Grupos de derecha y gente adinerada claman en México por la intervención yanqui; son partidos y actores políticos que ya estuvieron en el poder.
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La política es la expresión de los intereses económicos en la pugna por el control del Estado; por ello, ningún poder político carece de un respaldo material en la estructura social. Las posturas dominantes, aunque se presenten como soluciones universales, persiguen en su esencia un fin claro: beneficiar, perpetuar o profundizar los intereses de una clase determinada. De ahí que entendamos por derecha aquella corriente que defiende abiertamente a la clase que detenta el poder económico y que ha moldeado el Estado de acuerdo a sus intereses económicos.
Pero este dominio, para ser efectivo y estable, requiere la aceptación –o al menos la resignación– del conjunto de la sociedad, incluidos los explotados y damnificados por el sistema. La democracia burguesa cumple entonces una función ambivalente: es un marco de participación que permite disputar el poder, pero dentro de límites que no cuestionan la estructura económica fundamental. Si el monopolio económico otorga ventajas decisivas en la política, el control de las ideas concede una ventaja igualmente estratégica: hacer que los explotados acepten como propios los intereses de sus opresores.
Así, mientras el poder económico se concentra en una fracción ínfima de la población –el 0.00004 por ciento de la humanidad, apenas tres mil 28 personas, acumula 16.1 billones de dólares–, la paradoja central es que las mayorías empobrecidas votan por quienes profundizan su explotación. De esta contradicción fundacional trata el presente análisis.
I
Sería un grave error atribuir la falta de una visión política más elevada en las mayorías a una carencia meramente individual. En una economía globalizada, la vida de la inmensa mayoría no transcurre en aislamiento, sino en una interdependencia cada vez más estrecha. He aquí la paradoja central: el capital exige cooperación social extrema, pero esa participación colectiva no se corresponde con el disfrute de la riqueza generada. Una constructora moviliza a miles de trabajadores y, sin embargo, ninguno de ellos tiene asegurada una vivienda propia. Las relaciones sociales dominantes exaltan el esfuerzo individual como virtud suprema –una ilusión, pues nada se produce aisladamente–, mientras el fruto del trabajo colectivo se apropia privadamente. Los dueños del capital, conscientes de esta contradicción, presentan esa apropiación como algo natural y deseable, y se empeñan en mostrar el orden vigente como el único posible. Pero para que esta operación funcione, se requieren condiciones objetivas que el propio capitalismo desarrolla.
II
Partamos de un hecho elemental: los seres humanos somos seres sociales por definición. No nos formamos en aislamiento; nuestra inclinación a imitar, a emular a otros, es tan natural como el lenguaje mismo. Nacemos con esa predisposición a ajustarnos al entorno social, y aunque esta determinación no es absoluta, lo cierto es que, por ejemplo, el lenguaje, la práctica religiosa y, desde luego, la educación en general, nos dotan de un sentido del mundo que recibimos como algo dado. Esta asimilación acrítica no es un accidente, sino una condición de nuestra sociabilidad: para que una sociedad funcione, sus miembros deben compartir un conjunto de creencias y valores que no se discuten permanentemente, sino que se interiorizan desde la infancia como verdades incuestionables. El poder dominante, consciente de esta predisposición, no tiene que imponer sus ideas por la fuerza; le basta con dominar los espacios donde esa asimilación ocurre –la escuela, la familia, los medios– y presentar el orden existente como el único posible. Así, lo que en origen es una necesidad de cohesión social se convierte en el vehículo más eficaz de control.
En primer lugar, los trabajadores, por ser la parte fundamental de la sociedad, son el objetivo prioritario de control del Estado capitalista. El sistema no puede permitir que quienes sostienen la producción desarrollen una conciencia que cuestione el orden establecido; por eso, su perspectiva ideológica es cuidadosamente moldeada para adecuarse al funcionamiento económico. Pero esta influencia ideológica no flota en el vacío: encuentra su anclaje en la base material del sistema, que impone, por sí misma, una disciplina mental paralela a la productiva. La precariedad, la urgencia por sobrevivir y la fragmentación del trabajo operan así como los primeros y más eficaces mecanismos de control, mucho antes de que intervenga aparato ideológico alguno.
III
El capitalismo, al priorizar la producción de mercancías, exige una disciplina férrea en todos los centros de trabajo. No nos referimos únicamente a los clásicos espacios industriales de los que hablaba Carlos Marx; esta vocación por extraer la máxima productividad se ha extendido al sector servicios, la administración pública, las finanzas, la educación, el comercio, la logística y el trabajo digital. Todos estamos sometidos a una disciplina agobiante. No es exagerado decir que los habitantes de las grandes ciudades se van a descansar pensando en el trabajo y se despiertan con el mismo pensamiento.
A ello se suma la precariedad sistemática: la mayoría de la población vive con una preocupación profunda y permanente por resolver problemas económicos –deudas, acceso a la vivienda, bienes básicos–, una preocupación que se prolonga toda la vida porque esas condiciones casi nunca se satisfacen plenamente. Esta presión por sobrevivir afecta incluso a quienes carecen de empleo formal: la llamada “autoexplotación” en la informalidad muestra que vivir al margen de los centros productivos tampoco libra de jornadas extenuantes. El agotamiento físico conlleva, naturalmente, un tedio mental que consume cualquier energía reflexiva.
A esta precariedad se suma la parcelación del trabajo: la inmensa división de tareas crea hombres parciales, adiestrados en una labor precisa y delimitada –a veces ínfima– que los convierte en especialistas de un fragmento del proceso productivo. Esa especialización es, en el fondo, un mecanismo de ceguera programada: al trabajador se le enseña a ser experto en lo que hace, pero no a comprender para qué sirve, quién lo coordina ni quién disfruta sus frutos. Ésa es la enajenación hecha rutina: saber moverse en el detalle y perderse en el conjunto.
Esta pérdida de perspectiva es el terreno fértil donde arraiga el individualismo. Al no percibir su lugar en la cadena colectiva, el trabajador interioriza la idea de que su vida es un asunto privado, desligado de la estructura social que la determina. El sistema logra así que el explotado se vea a sí mismo como artífice de su propia suerte y mire a los demás como rivales, no como iguales en la explotación.
De esta forma, la vida del trabajador transcurre en un ciclo de reproche y anhelo: busca salir de la precariedad que el sistema le impone, y al “fracasar”, se culpa a sí mismo. En ese terreno de frustración se siembra el sueño inalcanzable de llegar a ser rico. El consumismo se presenta como el atajo que supuestamente cumple ese objetivo: “soy como ellos porque compro lo que ellos compran”. El dinero se erige entonces como la deidad que otorgará la felicidad negada, y aunque la mayoría nunca pueda alcanzarla, se vende la ilusión de que, a través del consumo, cada uno puede liberarse individualmente de su condición. Meritocracia y consumismo son así las dos caras de la misma moneda: ambas ofrecen salidas aparentes que, en la práctica, refuerzan el aislamiento y la competencia. La disciplina agobiante, la precariedad sistemática y la parcelación del trabajo se cierran como una jaula: impiden el desarrollo de un espíritu crítico capaz de fundamentar una perspectiva integral de los problemas sociales, y condenan a las mayorías a una vida de frustración y conformismo.
IV
Ante la alta especialización del proceso productivo –mecanización, electrónica, informática–, el papel de la fuerza de trabajo se reduce al mínimo. De ahí la ironía: una sociedad altamente tecnologizada, producto de un desarrollo científico sin precedentes y posible gracias a la participación masiva de la sociedad, debiera implicar que la población manejara, al menos en parte, ese conocimiento. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario: el desarrollo científico ha alcanzado tal complejidad que muy pocos pueden comprenderlo; su disfrute –la asimilación científica– es marginal. Estamos ante una población que consume Inteligencia Artificial pero es analfabeta en informática, como señaló un estudio de la UNAM: usuarios que manejan la superficie de procesadores y algoritmos sin penetrar en su lógica.
No se trata de que todos deban ser científicos, sino de que su interpretación del mundo podría estar mucho más provista de razonamiento lógico. El “analfabetismo” científico no es un accidente ni una simple carencia educativa; es una condición funcional al orden vigente, porque una población que piensa críticamente –que cuestiona más allá de las apariencias– es incompatible con un sistema que necesita consumidores dóciles y mano de obra con habilidades cognitivas mínimas.
Pero incluso cuando la formación científica es más sólida, como ocurre entre profesionales técnicos especializados, aún encuentra una barrera adicional: la falta de conciencia histórica, del análisis materialista de la sociedad. En pocas palabras, el estudio riguroso de cómo se ha desarrollado la sociedad, de las razones profundas que explican su configuración actual. El inmediatismo que fomenta el consumismo y la parcialización que impone la división del trabajo hacen perder de vista una perspectiva global. Éste es quizá uno de los defectos más graves de la formación de científicos bajo el capital: su alta especialización puede servir, sin que ellos mismos lo adviertan, a propósitos genocidas, como ocurrió con la fabricación de la bomba atómica, donde los físicos más brillantes contribuyeron a crear un artefacto de destrucción masiva sin detenerse a cuestionar sus implicaciones históricas y políticas.
Si los profesionales de la ciencia adolecen de conciencia histórica, en los sectores populares la ignorancia es aún más profunda. Su historia les ha sido contada de manera fragmentaria, priorizando héroes y ocultando su propio papel como trabajadores. Esta mistificación permite que los políticos justifiquen genocidios apelando a una falsa “razón histórica” sin encontrar resistencia crítica. La ausencia de memoria crítica en el pueblo y la ausencia de perspectiva histórica en los científicos no son fenómenos separados: son dos manifestaciones de la misma dominación. El sionismo en Israel es paradigmático: su justificación genocida reposa sobre una tergiversación histórica que la conciencia popular, desprovista de bases críticas, no puede desmentir. La ausencia de una mirada que comprenda el presente como resultado de un proceso de dominación –y no como hechos aislados– es el terreno fértil donde la dominación echa raíces.
V
La precariedad, la fragmentación y la disciplina agobiante que impone el sistema no sólo moldean la vida material de los trabajadores; también los dejan sin energía para el análisis. El agotamiento que deja la jornada laboral no da para la reflexión; sólo para el consumo pasivo de estímulos inmediatos. Sobre esa fatiga, las redes sociales encuentran su terreno más fértil. Bastan unos cuantos minutos en un reel de TikTok para acendrar la desinformación, porque las plataformas están diseñadas para capturar la atención y fragmentar el pensamiento. Multiplican impunemente visiones acientíficas, contenidos hostiles al análisis, noticias falsas y, peor aún, la explotación de prejuicios anidados en la más profunda ignorancia: xenofobia, racismo, odio al diferente. Esta maquinaria de distracción permanente sabotea cualquier intento de reflexión crítica y prepara el terreno para que el discurso derechista encuentre oídos dispuestos.
Los jóvenes son el sector más sensible de la clase trabajadora. Aunque tienen mejor acceso a educación e información, son los más vulnerables a la manipulación, no por falta de inteligencia, sino porque el sistema concentra en ellos su mayor esfuerzo de captura algorítmica, sabiendo que son el eslabón más prometedor para el cambio y, por tanto, el que más urgente necesita neutralizar. Su energía y pensamiento autónomo, que podrían ser base de rebeldía transformadora, quedan atrapados en algoritmos que ofrecen distracción y superficialidad, diluyendo la complejidad social en segundos de contenido efímero. Así, quienes podrían ser vanguardia se convierten en el eslabón más frágil.
El aparato propagandístico de la derecha explota el individualismo que las condiciones objetivas generan: explica la pobreza por fallas ajenas al sistema, redirige el descontento hacia minorías o extranjeros y ofrece un nacionalismo abstracto que elude las causas reales. Alimentado por la propaganda anticomunista de la Guerra Fría, usa rostros vacíos pero famosos y repite hasta el cansancio que una sociedad alternativa es imposible, burlándose de la protesta como algo banal. Busca la distracción y el aislamiento; el teléfono móvil se convierte en un mecanismo para desconectarse del mundo. El aislamiento extremo –depresión, fenómenos como los incel, jóvenes que se autoaislan– no es un problema de salud mental aislado, sino el individualismo llevado a su límite, y la derecha sabe canalizar esa soledad hacia el odio.
Esta estrategia se completa con el repudio de la sensibilidad: la poesía, la música o el arte, que despiertan empatía, resultan un estorbo para un sistema que sólo busca ganancia. La maquinaria de distracción no sólo inunda la mente: vacía el corazón. Una sociedad que no reflexiona ni siente es una sociedad que no resiste. Así se cierra el cerco: la precariedad agota, las redes distraen, la derecha redirige el enojo y la falta de sensibilidad impide la solidaridad. El trabajador queda solo, confundido y enojado, en el lugar exacto donde el sistema necesita que esté: votando contra sí mismo.
VI
A pesar de las condicionantes que obstaculizan el despertar de una conciencia amplia entre los trabajadores, el propio modo de producción capitalista genera la situación material que puede impulsarla: la abismal desigualdad social. Cuando la explotación se manifiesta de forma masiva y más intensa –desempleo, carencia de vivienda, precariedad extendida–, los afectados buscan primero soluciones individuales; pero ante el fracaso reiterado, surge la necesidad obligada de organizarse con otros en condiciones similares. Aquí cobra relevancia el papel de la vanguardia del proletariado, concepto clave de Lenin: una organización política revolucionaria, compuesta por militantes con sólida formación teórica (específicamente en el análisis materialista de la historia) y arraigo popular, cuya misión es elevar la conciencia de la clase trabajadora más allá de las luchas económicas inmediatas, llevándola a comprender que la verdadera solución es la transformación radical del sistema.
Lejos de actuar como un sustituto de las masas, la vanguardia es su cabeza organizada: debe vincularse con ellas, aprender de su experiencia y demostrar en la práctica la corrección de su estrategia. Sin esta dirección, Lenin advirtió, la inconformidad deriva en una visión de túnel, donde los afectados se limitan a demandas inmediatas que, a la postre, se convierten en paliativos de la explotación estructural. El resultado es que los gobiernos reformistas (como Morena en México y otros casos latinoamericanos) resultan insuficientes, y la derecha, aprovechando la amnesia histórica, vuelve a presentarse como salvadora.
El fracaso del reformismo revela así que el problema no es la falta de buenas intenciones, sino la ausencia de una educación política que permita a los trabajadores comprender su situación y actuar en consecuencia. Esta educación supone, primero, identificar políticas que beneficien su condición concreta; segundo, hacerlo en bloque con otros sectores oprimidos, superando toda visión particularista; y tercero, una comprensión global del capitalismo: el papel del trabajador en la generación de riqueza, la explotación como esencia del sistema, el Estado como herramienta de dominación, etc. Esa conciencia colectiva no florece por sí sola; exige un esfuerzo organizado y constante de educación y agitación. Por eso, la viabilidad de una política proletaria auténtica depende de la existencia de esa vanguardia, sin la cual la masa despolitizada queda a merced de los partidos reaccionarios.
El sistema ha logrado que los trabajadores voten contra sí mismos gracias a una maquinaria de fragmentación, precariedad y consumismo. Romper esa maquinaria exige una vanguardia que encarne la educación política y la dirección estratégica, que haga de la rebeldía dispersa una fuerza consciente, capaz de tomar el poder para transformarlo radicalmente.
Grupos de derecha y gente adinerada claman en México por la intervención yanqui; son partidos y actores políticos que ya estuvieron en el poder.
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La derecha mexicana ha recurrido a las redes sociales para difundir su mensaje; en algunos casos abiertamente, en otras de manera sutil.
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Escrito por Marco Aquiáhuatl
Licenciado en Historia por la Universidad de Tlaxcala y Licenciado en Filosofía y Letras por la UNAM.