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Reportaje
Derecha extrema avasalla a millones en América Latina
La derecha oligárquica tiene poder e influencia para cumplir las directivas imperialistas.


En nombre de la democracia y los valores familiares, avanza en nuestra América el radicalismo político y sus violentas expresiones, se securitiza la política, se cierran puestos de trabajo y fronteras; como paradoja, ese extremismo que excluye a las mayorías, gana sus voluntades.

En Colombia y Perú se escenifica la batalla entre la derecha y la izquierda, con el recuento de votos entre candidatos de ambas posiciones; el resultado determinará si Nuestra América salva la autodeterminación y libertad o cae rehén del autoritarismo neo-fascista.

El fantasma del radicalismo político, la represión social y los estados de excepción recorre la región y se instala en las casas de gobierno de Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Costa Rica, Perú y Paraguay.

Es una América Latina contrastante: con 19 países y más de 650 millones de habitantes; con 10 gobiernos de derecha y nueve de centroizquierda. Es el mapa que en el siglo pasado quiso dibujar el imperialismo estadounidense con golpes militares, magnicidios, tierra arrasada, desaparecidos, cacerolazos y terror mediático.

Esa revolución de la derecha vive el éxito electoral con líderes que buscan transformar la región de mayor biodiversidad, reserva de agua dulce y petróleo del planeta a favor del interés de Estados Unidos (EE. UU.).

Pocas veces como hoy, la historia de la región ha visto reunidos a tantos personeros de la ambición imperial, cuyas decisiones ya influyen sobre la vida diaria y el destino de más de 166.2 millones de personas.

Como artífice de los éxitos electorales de quienes llama sus “políticos favoritos”, Donald Trump los convocó, el seis de marzo, a la minicumbre Escudo de las Américas. Acudieron, obsequiosos, el anarcocapitalista Javier Milei, el millennial Nayib Bukele, el empresario Daniel Noboa y el líder financiero Santiago Peña.

La derecha oligárquica tiene poder e influencia para cumplir las directivas imperialistas. Son imagen y semejanza del dominio que el imperialismo estadounidense buscó con la Doctrina Monroe, hoy actualizada como Doctrina Donroe.

Por ello, en esa minicumbre fueron más dignas las ausencias de México, Colombia, Nicaragua, Venezuela y Brasil, que las presencias. Esos presidentes de derecha en América pertenecen a organizaciones como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC).

Nuevo mapa

Sólo en 2025, la derecha de América Latina colocó a cuatro de sus representantes en casas de gobierno. Ese avance sin precedentes cambió el mapa político con dos promesas al electorado: reactivar la economía y fortalecer la seguridad. Sin embargo, la derecha mundial ha sido incapaz de cumplir tales compromisos.

En 2023, Javier Milei resultó electo presidente de Argentina; crítico televisivo, profesor de macroeconomía y libertario. Dos años después, la enorme deuda externa hundía al país, pero influyó en la elección legislativa con un crédito por 200 mil millones de dólares (mdd).

Esa injerencia impactó a Ecuador donde, en abril de 2025, se reeligió el millonario Daniel Noboa. Y en octubre, el derechista Rodrigo Paz Pereira ganó la presidencia de Bolivia dejando atrás 20 años de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS).

En noviembre, respaldado por el Departamento de Estado de EE. UU., el conservador Nasry Asfura ganó, por un estrecho margen, la presidencia de Honduras. Y a finales de año, el ultraderechista José Antonio Kast triunfó en Chile, en el giro más crucial desde el fin de la dictadura pinochetista.

La mala noticia es que el auge de esta vertiente política no parece pasajero; la buena noticia es que tampoco parece duradero. El politólogo Brian Winter alerta: “Hoy se gesta en la región otro realineamiento general, con ideas y prioridades políticas conservadoras que son resultado de 10 años de nuevas estrategias.

Por qué gana la derecha

El auge de la derecha en América Latina llega tras la “ola rosa”, el largo ciclo de gobiernos de izquierda, centro-izquierda, progresistas o antihegemónicos. Hoy, la ola neoconservadora se da en plena crisis orgánica del capitalismo y la pérdida de hegemonía estadounidense.

La historia atestigua ese movimiento pendular: entre 1960-1970, después de la Revolución Cubana, azotaron la región las dictaduras reaccionarias; y tras la ola democratizadora de 1980, la mayoría de políticos de derecha evitó vincularse con regímenes surgidos de golpes militares.

Ahora, la geopolítica de la derecha global se basa en una perspectiva que rechaza toda diversidad política y cultural. Es un radicalismo que manipula emociones de sectores atrasados política e intelectualmente; autoritario, porque impone sus “valores” (familia tradicional y religión).

Algunos analistas afirman que el giro a la derecha responde a la frustración que generan la persistencia de los problemas de inseguridad, inestabilidad económica, desempleo y corrupción como castigo a los gobiernos de izquierda, advierte Rabia Ali, de la agencia Anadolu.

Por ello, en sus plataformas, la derecha ofrece reactivar la economía y fortalecer la seguridad al electorado, que no ve opciones y vota por la oposición. Fue así como resultó el vuelco hacia la extrema derecha en Argentina y Chile, explica la académica Consuelo Thiers. Sin embargo, los líderes de la derecha y la ultraderecha no dan resultados económicos en sus respectivos países. Otro elemento en el significativo salto a la derecha ha sido la expansión del cristianismo evangélico que, con su amplia oferta de servicios comunitarios, se insertó en la política regional al borrar la frontera entre religión y política, como en Brasil y Costa Rica.

El proceso comenzó con el cambio de partidos demócrata-cristianos hacia la derecha más ortodoxa, que alienta la intransigencia ideológica y una visión opuesta a la Teología de la Liberación.

La agenda evangélica rechaza la fecundación in vitro, la eutanasia, el divorcio, el aborto, el matrimonio igualitario y todo cuanto parezca diversidad sexual, subraya el doctor en historia, Carlos Malamud.

Su influencia religiosa se constató en julio de 2025, cuando Milei asistió a la inauguración del templo evangélico más grande de su país, con aforo de 10 mil personas. Ahí, el anarcocapitalista citó La Biblia, a Max Weber y al economista Thomas Sowell.

Giro radical

Las victorias conservadoras en América Latina se concretarán en la privatización de empresas públicas, la eliminación de puestos públicos, la instauración de la “ley y el orden” y más reformas y acceder a recursos, a la par de profundizar sus alianzas internacionales.

Esa visión mercantilista ya cambió la noción de negocios; mientras cierran PyMEs, crean empresas privadas en ámbitos que eran del Estado, como la Argentina de Milei que eliminó el control de precios y va por la dolarización.

Esa derecha redefine a sus socios y alianzas: a los primeros, los identifica entre las élites y gerentes de las empresas corporativas, a la vez que estrecha lazos con EE. UU. para impulsar su comercio e intercambiar tecnología; tal es el caso de Argentina y Ecuador.

Justifica su línea dura con la narrativa de que la región ostenta la tasa de homicidios más alta del mundo y promete combatir a mafias y pandillas, pero extenderá esta “política” a todo tipo de disidencia, vaticina GZero, portal de análisis de inteligencia.

En ese marco, EE. UU. subsidia las prisiones privadas (o de alta tecnología), amplía las fuerzas policiales y dicta leyes más estrictas, como en El Salvador. Esa política carcelaria viola el debido proceso y los derechos humanos al sostener esa seguridad interna en el escarmiento, sin atender las causas.

 Otra estrategia del auge reaccionario fue borrar su ganada fama de indiferencia ante la pobreza. Modificó –sin descartar– el dogma neoliberal del Estado mínimo, mantiene algunos programas sociales y sitúa a la seguridad pública al inicio de su agenda.

Por ello, la Economist Intelligence Unit califica a El Salvador como régimen híbrido: ni del todo autoritario ni democrático. En 2024, el sondeo a 19 mil personas en 18 países, reveló que la mayoría se identificaba con la promesa de la derecha de combatir la delincuencia.

Sin avanzar contra la delincuencia trasnacional, y con su lema “¡Viva la libertad, carajo!”, Milei usó su motosierra para reducir 65 por ciento la burocracia estatal (unos 68 mil puestos de trabajo, tras eliminar 10 de 18 ministerios).

Por ese “éxito”, lo imitó Elon Musk, el titán libertario de Silicon Valley, quien en 130 días quiso hacer lo mismo en el Departamento de Eficiencia Gubernamental mediante el recorte de un billón de dólares (bdd) del gasto público. Lo que la prensa de EE. UU. no reseñó fue el desempleo, escasez de leche para bebés y retrasos en la cadena de suministros ocasionados por estas medidas.

Al jugar a la geopolítica, las derechas de América Latina, Europa y EE. UU. han estado apoyando en bloque al genocida Estado de Israel. La derecha venezolana, funcional a las migajas que recibe de la Casa Blanca para operar a favor de sus intereses, robó a su país 14 mdd de una cuenta congelada en EE. UU. en 2015 y asignó ese monto al pago del aguinaldo, por 36 mil dólares, a cada diputado anti-Maduro de la Asamblea Nacional: Juan Guaidó, María Corina Machado, Leopoldo López y Julio Borges. Ellos han pedido a Washington recrudecer la coerción comercial y financiera contra Venezuela.

Esos “opositores” urgieron a EE. UU. a que invadiera Venezuela, legitimaron el robo de 31 toneladas de lingotes de oro por el Banco de Inglaterra y estuvieron detrás de la ilegal venta del complejo de refinerías CITGO, filial estadounidense de PDVSA. De este desfalco se beneficiaron tales “líderes” de oposición.

 

 

Construir al enemigo

Para sobrevivir, la derecha del Norte Global construyó la narrativa del enemigo que la amenaza; esa estrategia asume otras vertientes en el Sur Global. En América Latina, ese radicalismo definió a la izquierda como su principal adversario y la llama: “el enemigo rojo”.

Y así, las derechas del Norte y Sur coinciden en el discurso de “nosotros como ellos” donde son un supuesto “pueblo” homogéneo y puro, que enfrenta a gobiernos, partidos y movimientos corruptos.

Presentan este discurso como bloque –aunque son muy heterogéneos– en foros, seminarios, congresos y cumbres. Esa alianza trasnacional forma la “internacional reaccionaria”, como la define la académica Rita Abrahamsen.

En América Latina la actual generación de derecha forjó vínculos político-sociales, económicos y culturales con la derecha de EE. UU. Ha pactado compromisos de comercio, seguridad e infraestructura y se integra a la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC, creada en 1970) que avanza en América Latina.

Operan bajo la narrativa del “enemigo rojo”. Para aumentar su influencia, partidos y movimientos plantean un orden civilizatorio –siempre occidental– y proyectan su visión desde México a Colombia y hasta Brasil, acusando al progresismo de “marxismo cultural”, explican Cairo Junqueira, Livia Milani y Pablo Guimaräes.

La derecha latinoamericana replica las consignas del Foro de Madrid, la alianza trasnacional del partido español Vox, que opera como vínculo y dice defender la libertad, la democracia y el anticomunismo.

Miembros y candidatos de esa “internacional reaccionaria” afirman ser la opción a sus enemigos: las izquierdas y sus “regímenes autoritarios”. Su propaganda propone “combatir al comunismo” porque se “infiltra” en los centros de poder para imponer su agenda ideológica.

Según la Carta de Madrid del Foro, la izquierda latinoamericana es la amenaza para la prosperidad y el desarrollo de las naciones. Y la Declaración de Bogotá asocia a la izquierda con el crimen organizado, las mafias trasnacionales y los inmigrantes.

Mirada al futuro

Lo que suceda en Perú y Colombia determinará el mapa regional. En Colombia se juega el avance en el proceso de pacificación, el estancamiento del paramilitarismo o volver a la violencia con las promesas populistas de Abelardo de la Espriella, que sacrifica a los de abajo.

La izquierda mostró su resiliencia al darle 9.7 millones de votos a Iván Cepeda; su triunfo dependerá de que atraiga a los sectores indecisos para dejar de ser rehenes del conservadurismo servil a EE. UU.

En Perú, el candidato de la izquierda, Roberto Sánchez, pide el recuento que desdeña la violenta derecha liderada por Keiko Fujimori, la hija del sátrapa Alberto Fujimori.

Hay razones para ser escépticos de que la ola derechista inunde toda la región. Los índices de aprobación no son altos, si bien alcanzaron el apretado éxito electoral. Sin embargo, en Ecuador, Noboa no logró que pasara su referéndum para aprobar bases militares de EE. UU. Irónicamente, Trump y sus políticas de seguridad representan el riesgo mayor para esos conservadores de la región.

Todo ello sugiere que existe una fuerte resistencia al poder de la derecha. Para la generación de líderes de derecha latinoamericana, mantenerse en el poder depende de que crezca la economía –como hace 15 años– y abatan la lógica de la delincuencia trasnacional.

Si los ciudadanos no ven mejoras rápidas en su vida diaria, esos gobiernos pronto enfrentarán protestas y perderán apoyo. Sólo así, los ciudadanos desearán quedarse, en lugar de buscar una vida mejor en otros lugares, pronostica el editor de Americas Quarterly, Brian Winter.

Algunos observadores predicen una polarización si la región continúa dividida por el oriente, desde Ecuador hasta Argentina y el occidente, con Colombia, Venezuela, Brasil y Uruguay.

Esa región bajo la derecha adoptará una política agresiva contra el narcotráfico y muy favorable a la inversión extranjera, aunque no actuará contra el cambio climático y la deforestación. Alineada con Trump, limitará la presencia de China y abrirá sus puertas al saqueo.

El mayor peligro que representa esa alianza es que algunas presidencias concluirán hasta 2030 y, en el lapso intermedio, impondrán un escenario autoritario que privilegie a las élites y oligarquías regionales, al legitimar el saqueo, despojo y lucro de bienes nacionales en detrimento de la clase trabajadora. 

 

 

Los neopatriotas de EE. UU.

Una expresión del “internacionalismo reaccionario” es la Red Neopatriota, que cuestiona todo el orden internacional; la forman grupos, movimientos y redes de partidos que ven a la política como conflicto y un total rechazo “al otro”.

Emergieron como fenómeno global, con particularidades nacionales que convergen con sus homólogos internacionales bajo el principio “amigo-enemigo” y rechazan todo: desde la agenda “impuesta” por las élites trasnacionales hasta la inmigración; desde los pueblos originarios al Islam, incluido el cambio climático, el conocimiento científico y la prevención en salud.

Politizan todo bajo la lógica de la polarización, como los neopatriotas: Trump, Bolsonaro y Milei, con narrativas de entonación “plebeya” y pautas autoritarias. Milei afirma que los líderes de Occidente son la “casta privilegiada”.

Los neopatriotas de ultraderecha se nutren de los Think tanks y gurús de la derecha extrema en foros y congresos; actúan como castas en EE. UU. y Europa, convergen con acciones y narrativas que adoptan las derechas latinoamericanas.

Se ven como la llamada “tercera posición”, “derecha alternativa” o “nacionalismo blanco”, que rechaza al capitalismo y al socialismo. Son la extrema derecha política, fase superior de la derecha tradicional, que vierte en neofascismo y neonazismo.

 

Los jóvenes, el objetivo

El perfil tradicional del elector de extrema derecha (hombres blancos, de clase media alta, con estudios universitarios y estancias en el extranjero) ya evolucionó; hoy lo forman jóvenes muy activos en redes sociales, de las que reciben mensajes de partidos de derecha, informa la socióloga española Esther Solano.

Por ello, los estrategas de la extrema derecha latinoamericana se concentran en atraer a mujeres y jóvenes, no sólo de clase media-alta, ya que también buscan incidir en la clase media-baja con el imán de “empoderar” a la actual generación.

Fue así como, hace unos meses Jair Bolsonaro en Brasil y Rodrigo Paz en Ecuador obtuvieron éxito en sus campañas electorales. Con el llamado “ecosistema on line”, los artífices del libertario Milei convirtieron a los jóvenes argentinos de menores recursos en su base electoral más potente.


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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