El grupo realizó concesiones "por el bien de nuestro pueblo en la Franja de Gaza, para salvarlo de la muerte y el desplazamiento"; confirmó un alto mando palestino a AFP.
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Suelen abordarse los acontecimientos sociales superficialmente, atendiendo más a las apariencias, a lo fenoménico; un enfoque engañoso que oculta la esencia de los hechos, sus conexiones profundas, inaccesibles a simple vista. Así ocurre hoy cuando se analiza el conflicto en Irán o la masacre en Palestina: vemos a Trump vociferar un día sí y otro también, amenazando a diestra y siniestra con destruir a tal o cual civilización o país; o con matar a uno u otro líder; en resumen, un loco con pistola que aparece como el protagonista en las pantallas de televisión; y de ahí tendemos a pensar que él es el “verdadero” promotor de las guerras; y que, por tanto, cuando ya no esté, una vez desaparecida la causa, desaparecerá el efecto.
Pero eso es sólo aparente, y la mejor prueba es que desde principios del Siglo XIX, poco después de su independencia, Estados Unidos (EE. UU.) ha estado siempre en guerra con otros países. Revisando la historia, vemos que no termina una cuando ya inició otra (y habrá que ver cuál sigue después de su derrota en Irán y el Líbano, pues necesita vender armas). Además, esta práctica belicista es común tanto a demócratas como a republicanos, no importa que algunos presidentes tengan apariencia –sólo apariencia– de conciliadores, como Kennedy o F.D. Roosevelt, o cara y fama de matones –por lo demás bien ganada–, como Truman, Reagan o Trump; a su modo, todos obedecen al gran capital.
Pareciera que la motivación de las constantes guerras de EE. UU. es psicológica, determinada por la personalidad del presidente en turno, porque su instinto de asesino le empuja compulsivamente a masacrar inocentes en uno u otro rincón del planeta. En esta visión idealista subjetiva, muy del gusto de algunos biógrafos, algunos incluso brillantes, el actuar de los gobernantes obedece principalmente a su personalidad, donde seres enfermos, de alma sanguinaria y personalidad desquiciada (como Trump y su socio Netanyahu), actúan por motivos puramente psicológicos o coyunturales. De esta manera frívola suele abordarse también la Segunda Guerra Mundial: todo fue cuestión de un enajenado mental como Hitler, que movido por sus fobias personales desató un holocausto mundial. En fin, esas explicaciones superficiales ignoran (y ocultan) las circunstancias históricas y económicas concretas que, al final de cuentas, determinan y explican las acciones de los gobernantes. En realidad, todos, aún con matices, son sólo instrumentos de una fuerza superior a ellos, que permanece y se acrecienta: el gran capital imperialista.
Es el común denominador, el hilo conductor que recorre la historia y trasciende los periodos presidenciales. Quien realmente manda es el capital en su más alta expresión: el imperialismo, el dominio mundial de los monopolios y el capital financiero. Pero no dejemos esto en abstracto. Veamos más de cerca su manifestación concreta. El conflicto en Medio Oriente lo ilustra.
Allí el imperialismo promueve la guerra, concretamente Wall Street; y en específico destaca BlackRock, el fondo de inversión más grande del mundo, que gestiona una cartera de más de ¡catorce billones de dólares! Su director ejecutivo, Larry Fink, es considerado el hombre más poderoso de Nueva York y ha sido anfitrión del Foro Económico de Davos. Muchos lo consideran “el gran arquitecto del capitalismo global”. Junto con otras grandes empresas cosecha los frutos ensangrentados de la guerra
En un interesante reportaje de Alejandra Mateo Fano publicado por CTXT se lee: “El nombre de BlackRock comenzó a resonar entre las organizaciones internacionales pro-derechos humanos tras el estallido del genocidio israelí en la Franja de Gaza el siete de octubre de 2023. Varias investigaciones elaboradas por el Centro Delàs de Estudios por la Paz ponen de relieve la participación de este megafondo en la financiación activa del sector armamentístico israelí. De hecho, se trata del fondo norteamericano con mayor presencia en la industria militar sionista. Un informe de esta organización publicado en 2025 apunta que dentro del Top-100 de accionistas en este sector vemos que lideran grandes bancos o fondos de inversión como Capital Group, BlackRock o Vanguard (los tres primeros) y otros como JPMorgan Chase, Bank of America o State Street (…) Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman o Boeing son algunas de las empresas cuyo accionista principal es BlackRock, que además tiene lazos con el sector de defensa israelí (…) Sólo hace falta echar un vistazo a la base de datos elaborada por el Centre Delàs para comprobar las ingentes inversiones de BlackRock en algunas de las empresas que han hecho posible el asedio de Gaza” (CTXT, Contexto y Acción, No. 330, marzo de 2026).
Y continúa la publicación: “Max Carbonell, investigador en el Centre Delàs centrado en Banca Armada, explica que hablamos de la cuarta entidad financiera a nivel internacional que más financiación ha realizado a empresas de armas que luego son utilizadas en Gaza. Nosotros identificamos al menos 30 mil 570 millones de dólares de financiación a estas empresas” (CTXT).
En general, toda la logística del ataque contra Palestina es operada por empresas que extraen pingües ganancias de la guerra. En su enloquecido afán de acumular, el capital no repara en consideraciones éticas, como la sangre derramada y las vidas segadas. Su único y absoluto motivo es incrementarse y acumular al máximo. Ya lo decía Marx, citando las palabras del emperador Vespasiano cuando aplicó impuestos a los sanitarios públicos: pecunia non olet (el dinero no huele).
Pero volvamos a la publicación que nos ocupa: “Señalamos a empresas de armas, de seguridad o de tecnología que, por ejemplo, habilitan e instalan todos los mecanismos de vigilancia de los asentamientos ocupados, pero también las que están construyendo el muro y los asentamientos, edificaciones en las colonias… Estas empresas figuran en la lista de Naciones Unidas y han estado participando en la demolición de casas” (CTXT). Se refiere a la destrucción de Gaza.
Con base en el trabajo del Centre Delàs y el Informe (2024) de Francesca Albanese, Relatora Especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos, el reportaje que aquí citamos dice: “BlackRock se encuentra entre las al menos 400 empresas de 36 países que invirtieron en bonos del Tesoro internacionales y nacionales que (…) han desempeñado un papel fundamental en la financiación de la ofensiva. Entidades que proporcionan los mecanismos financieros –bonos, acciones, préstamos, créditos– imprescindibles para que la producción y comercialización de las armas usadas en Gaza se produzcan” (CTXT). Es decir, estas empresas se mueven indistintamente en los medios financieros e industriales de EE. UU. e Israel y constituyen una sola unidad. No olvidemos: el capital no tiene patria.
Otra empresa beneficiada es Palantir. Según el informe: “BlackRock es el segundo mayor inversor institucional en Palantir, la empresa de Peter Thiel que almacena millones de datos personales para gobiernos y agencias de seguridad que permiten seleccionar objetivos militares mediante perfilamiento. Tanto el Ejército israelí (…) o las fuerzas de EE. UU. en la guerra de Irán se han servido de esta tecnología en sus sucesivas violaciones de derechos humanos. El informe de Albanese concluye que “las empresas armamentísticas han obtenido beneficios casi récord al suministrar a Israel armamento de última generación que ha devastado a una población civil prácticamente indefensa (…) el Centro Delàs puntualiza, además, que en los tres años pasados desde la invasión rusa de Ucrania hay empresas de armas que han duplicado o incluso multiplicado por seis la cotización de sus acciones, y que las perspectivas de ganancias futuras son más que evidentes” (CTXT).
En conclusión, no son ni presidentes ni líderes políticos enloquecidos los verdaderos señores de la guerra, aunque no se excluye que, con su personalidad criminal, aporten lo suyo. El verdadero y principal instigador es el gran capital, pues necesita las guerras. Sin ellas, las cuantiosas inversiones en el sector militar no obtendrían ganancias. El gran capital se amasa con sangre. Así pues, el capitalismo imperialista es necesariamente genocida, el más grande del mundo. Y mientras exista, habrá guerras, de donde se colige que para acabarlas hay que acabar con el imperialismo, y eso será posible sólo con el socialismo. Buscar otra solución es perseguir quimeras.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.