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A través de su vocero, ni siquiera personalmente, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, la ONU, António Guterres, declaró el pasado 13 de junio que el hecho de que el magnate Elon Musk se haya convertido en el primer billonario del mundo “pone de relieve el problema de la desigualdad”. Quiso decir que eso destaca el problema de la “desigualdad”. ¿Apenas? Pero si la desigualdad tiene siglos sobre el planeta, existe desde que se inició la división de la sociedad en clases sociales antagónicas y es, por tanto, una trampa afirmar que, con las novedades sobre Elon Musk, se “pone de relieve”. Pero no es todo lo que hay que decir de esa declaración; la palabra “desigualdad” no es más que otro subterfugio de la clase dominante para esconder la realidad brutal de los tiempos que corren, ya no hay desocupación, sólo empleo informal, ya no hay explotados por el capital, sólo desiguales.
Pero sí, en efecto, Elon Musk se convirtió en el primer billonario del mundo porque su inmenso capital creció como consecuencia de que se volvieron sus socios quienes compraron acciones de la empresa SpaceX, que elevó la capitalización bursátil de la compañía por encima de los 2.2 billones de dólares (2,200,000,000,000 de dólares). En los hechos, una fusión de capitales. Un billón de dólares equivale a un millón de millones de dólares y un ciudadano de clase media en Estados Unidos (ya escasean), con un salario promedio tardaría más de 14 millones de años de trabajo ininterrumpido en ganar dicha cifra. El señor Elon Musk tiene 54 años, si viviera 100, le restarían 46 años de vida y para acabarse todo su dinero en ese tiempo, tendría que gastar 131 millones 30 mil 375 dólares cada día. De locos.
Surge una pregunta: ¿Cómo le hizo este señor para acumular esa fortuna? Es de los poquísimos seres humanos que son dueños de los medios indispensables para producir y puede, por consiguiente, comprar la fuerza de trabajo que es lo único que poseen miles de millones de seres humanos para vender y sobrevivir. Compra esa fuerza de trabajo por su valor, es decir, por lo que necesita el trabajador para sobrevivir, pero –y aquí está el secreto– ese valor no es igual al valor de lo que produce el obrero con su trabajo, la diferencia entre uno y otro ha llegado a ser abismal y se llama plusvalía. El comprador de fuerza de trabajo se enriquece, pues, del tiempo de trabajo no pagado al obrero. Así se crean los inmensos volúmenes de riqueza. Y, ¿Por qué, si el magnate muy difícilmente puede llegar a gastar esa fortuna, sigue acumulando sin freno ni medida? Porque su objetivo fundamental no es el disfrute individual (aunque también lo es) sino precisamente el crecimiento de su capital hasta el infinito. Capital que no crece desaparece, sucumbe sin remedio frente a la competencia de otros capitales que se apoderan del mercado. Dicho lo anterior, no es difícil sacar la conclusión de que la plusvalía o la ganancia o las monstruosas fortunas como la que comentamos no son otra cosa que el trabajo humano no pagado.
No son, pues, la diligencia del patrón ni su inteligencia singular las que explican las impúdicas fortunas concentradas en unas cuantas manos, es el trabajo humano. No son las máquinas, ni siquiera las más modernas, porque siempre se necesita un obrero al lado de ellas para moverlas y controlarlas y hasta las modernísimas fábricas que ya están oscuras porque no hay adentro seres humanos que necesiten luz, tienen máquinas que no surgieron por arte de magia, sino que fueron creadas por obreros y, finalizada su función, al término de la cadena productiva, siempre estará esperando las mercancías completas un ejército de obreros que las llevarán a los consumidores quienes, una vez que las paguen, harán posible que la plusvalía incluida en ellas se haga realidad.
La verdad es que esa noticia, esas fortunas, esa mil billonaria de dólares en particular, bien entendida, les pega en el rostro a los trabajadores del mundo poniéndoles de manifiesto que las mercancías que producen sus manos y el gigantesco capital que significan, no sólo no sirven para mejorar su vida miserable sino, muy al contrario, se usan para esclavizarlos más y, si se resisten, para matarlos, como a los de Libia, Siria, Gaza, Líbano y tantos otros más. La información que comentamos descubre ante el mundo que un solo sujeto armado con medios de producción y comprando fuerza de trabajo sin pagar todo el valor que ella produce, ha concentrado una riqueza mayor que la que tiene el 46 por ciento más pobre de la población mundial, casi la mitad de la humanidad, unos tres mil 800 millones de personas.
Estas enormes empresas necesitan crecer incesantemente para mantenerse en el mercado. Producir más mercancías (o servicios) en menos tiempo y eso solamente lo consiguen adquiriendo maquinaria y equipo más eficientes, impulsados en los últimos tiempos por la llamada Inteligencia Artificial (que siempre y en todas partes la ha creado la inteligencia natural), que no sólo multiplique los resultados de la actividad laboral, sino que los obtenga con menos puestos de trabajo. Menos trabajadores tienen que producir una ganancia mayor que la plantilla que existía antes de la adquisición de las nuevas máquinas y equipos. Y ese incremento de la ganancia no es ilimitado, con cada nueva plantilla disminuida, se reduce la aportación a la ganancia. No sólo eso, los gigantes que expulsan constantemente trabajadores y empleados causan que menos gente tenga ingresos suficientes para comprar y mantenerse o divertirse. En resumidas cuentas, el capitalismo de hoy enfrenta dificultades para extraer, a menos obreros, el tiempo de trabajo excedente y, además, la reducción de las plantillas achica la demanda efectiva.
Tomemos como testimonio lo que está sucediendo como consecuencia de la utilización de la Inteligencia Artificial. “La actual ola de despidos en grandes corporaciones a nivel mundial no es un episodio aislado, sino la continuación de un proceso que se ha intensificado desde la pandemia y que hoy parece alcanzar un punto crítico impulsado por la Inteligencia Artificial. En un recuento de elaboración propia, El Universal encontró que al menos 107 mil 756 personas han perdido su empleo en recortes relacionados con la Inteligencia Artificial entre marzo de 2025 y marzo de 2026. Por otro lado, el sitio especializado Layoffs.fyi, apunta que desde 2020 se han acumulado más de 450 mil recortes en el sector tecnológico a nivel global, mientras que sólo entre 2023 y 2025 se registraron cifras anuales que superan los 100 mil despidos” (El Universal, 1º de junio).
Los resultados de la aplicación de la Inteligencia Artificial son intensos y permanentes, aun así, no son el fenómeno completo y por todos lados los negocios capitalistas marchan mal. Así se explica lo que está sucediendo con el Campeonato Mundial de Futbol. Presionados por el hambre de la ganancia, los potentados que lo organizan aumentaron los participantes en el torneo de 32 a 48 selecciones nacionales, de 64 a 104 partidos e involucraron en la organización y ejecución a tres países, Estados Unidos, Canadá y México. Sería el gran negocio, sobre todo cobrando altos precios por los boletos a los partidos y altas tarifas por los cuartos de hotel.
Pero la realidad es muy terca. Aun apuntalado con un cuantioso gasto a cargo de los contribuyentes –mientras los gobiernos se muestran cada vez más cicateros para resolver las necesidades populares– también en esa empresa las ganancias van a la baja y la demanda se reduce. “Aunque el país vive la efervescencia por el Mundial, la ocupación hotelera en las sedes mundialistas: Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, alcanzará entre 60 y 70 por ciento en junio, anticiparon especialistas, por debajo de las expectativas de los empresarios de este sector (Reforma, 13 de junio).
El capitalismo real se exhibe. Las ganancias no salen de los sombreros de copa de los magos, sino del trabajo de la clase obrera; y ella y todos los que están relacionados con los ingresos por salario son los que las hacen realidad comprando las mercancías o los servicios producidos. Si la parte de la clase que produce directamente la riqueza se encoge y su capacidad de compra se reduce, las ganancias tienden a decrecer; sin remedio. Ello no obstante, lo que sucede con Elon Musk y su gigantesca fortuna no demuestra expansión, sólo la escandalosa concentración de la riqueza en unas cuantas manos.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".