A los yanquis, que como ellos mismos han confesado, no tienen amigos sino intereses, les importa un comino el bienestar de los mexicanos.
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En 2025, Rafael Lemus publicó Atlas de Otro México, un ejercicio literario muy original, a caballo entre el ensayo y el catálogo. En dicho texto, Lemus nos sirve de guía de turista, de Virgilio posmoderno en una odisea peculiar, de Palinuro de México en nuestro periplo, no exento de ríos de sangre, callejuelas pestilentes y meandros peligrosos, por los lugares literarios más emblemáticos y significativos de la República Mexicana de las Letras, de “la trama sensible del país”, por decirlo en sus propias palabras.
Desde un principio, la apuesta de Lemus de servirnos de maquinista o de copiloto en la literatura mexicana es provocadora y, en cierto sentido, se siente amigable y familiar. Nos traslada, acá y allá, en el tiempo y en el espacio por distintas ciudades inventadas por algunos novelistas. Y es impactante saber que no todos los novelistas que han edificado ciudades imaginarias mexicanas son, en suma, mexicanos. Malcom Lowry, “un borracho inglés”, reinventó Cuernavaca, la rebautizó como Quauhnáhuac “con el objeto de depositar ahí las desventuras de otro borracho inglés”, en Bajo el Volcán, “la mejor novela sobre México escrita por un extranjero”, a tenor del consenso del canon de Cristopher Domínguez Michael y de sus enemigos. Hay un chileno –a pesar de que Lemus tenga otros datos–, Roberto Bolaño, quien inventó una ciudad en el norte del país, en el estado de Sonora y que nombró Santa Teresa, trasunto y espejo maligno de Ciudad Juárez. Pero de eso nos ocuparemos más adelante.
Como bien se nos advierte desde el principio, “el grueso de las novelas de la literatura mexicana ha recreado espacios ya existentes”; es decir, muchos novelistas han erigido sus ficciones, sus historias, sobre territorios reales, como Puebla, por ejemplo, o la CDMX, antes Distrito Federal, antes México-Tenochtitlan, o Guadalajara, o Mérida, lugares materiales, ciudades reales. Los topónimos ficticios intentan replicar los lugares reales sin llegar jamás a “remedar el lugar al que están atadas” ni “desprenderse de las connotaciones que ese lugar arrastra”. Pero tienen como telón de fondo, una ciudad preexistente.
Pero, por otro lado, en la literatura mexicana hay otras novelas que inventan lugares “inventan mundos. Son mundos”. Y algunos de esos lugares imaginarios que habitan en la narrativa mexicana, y que son muchos, por cierto, nos invita Rafael Lemus a dar una vuelta: Nueva Filadelfia, un “amable falansterio socialista” decimonónico, creado por Nicolás Pizarro en la novela (“ya olvidada”) El monedero, que –según nos cuentan Lemus y Carlos Illades– sirvió de inspiración y guía, acaso de bolo alimenticio, para crear el poblado y la trama de La Navidad en las Montañas, de Ignacio Manuel Altamirano.
También nos lleva a Villautopía, una ciudad que tiene lugar en el año 2218 y que es el territorio en donde ocurren los hechos de Eugenia, una novela futurista, y “la primera novela mexicana de ciencia ficción”, escrita en 1919 por el médico periodista cubano mexicano Eduardo Urzaíz, quien planteaba una ciudad futura, blanca, cuna de una sociedad eugenésica en donde se habría llevado un abominable experimento de mejoramiento de las “razas” y exterminado a millones de seres humanos en búsqueda de la blanquitud y de la aplicación del darwinismo social sobre la comunidad maya que habitaba lo que hoy es Mérida, pero que en “Villautopía es la Capital de la Subconfederación de la América Central, a su vez parte de la confederación de las Américas.
Nos acompaña, no sin reserva, a Galeras, un ejido situado probablemente en el Bajío, inventado por Rafael Bernal, (sí, el de El Complot Mongol) donde recordamos que Bernal ha sido uno de “los más constantes y recalcitrantes reaccionarios de la literatura mexicana” y la voz literaria del sinarquismo, creador precisamente de la novela de la razón cristera: El fin de la esperanza, donde se sitúa Galeras “obra mayor del sinarquismo, una de las novelas rurales más demoledoras de la literatura mexicana y de sus más potentes ficciones políticas”.
Frente a estas tres ciudades o lugares literarios menos conocidas, Lemus nos sitúa en Plan de Abajo, Comala e Ixtepec, lugares que no necesitan introducción porque hay, afortunadamente, muchos mapas y visitantes, incluso alguno que otro indeseado turista, y que son la obra arquitectónica de Jorge Ibargüengoitia, Juan Rulfo y Elena Garro. También está Placeres, un “punto impreciso en el desierto”, obra del dentista chihuahuense Jesús Gardea, ciudad diseminada en media docena de libros y que, según Lemus “prueba que la literatura mexicana es una literatura mayor que se da el lujo de tener en su sótano a un autor de la talla de Jesús Gardea”. Por último, nos dirige, apurado y preocupado a La Matosa, “un lugar pequeño, escaso”, que existe en Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor, situado ahí por Veracruz, un Veracruz devastado por la necropolítica y el neoliberalismo.
De esta manera, nos queda claro que aunque la literatura mexicana, si es que algo como eso existe, ha inventado lugares imaginarios; rancherías, desiertos, campos, chozas –recordemos la choza infame en donde Adrián Barajas, “tropezándose con sus pecados, llorando sus pesares, embriagado de desdicha, buscando lo que ya perdió” perpetró atrozmente el feminicidio de Delfina Ibañez, en El rastro, de Elena Garro– tiene sus mejores experimentos arquitectónicos en la construcción de ciudades fantasma, “en su mayoría, lugares no demasiado ajenos al mundo material para pensar el país y su nudo de tensiones políticas y sociales”, habitadas por fantasmas que luchan y resisten por resolver los problemas que los aquejan, no siempre victoriosos y casi siempre trágicos.
Únicamente querría desarrollar un poco el lugar inventado por Roberto Bolaño, Santa Teresa. Desde luego, Santa Teresa no es un lugar que uno quisiera visitar. Nadie iría por gusto a ese espacio inhóspito y peligroso. No hay nada que hacer, nada que recorrer y todo está ensuciado por la pátina de un polvo café, de un filtro amarillo que parece tóxico para los pulmones de los seres humanos; que contamina de corrupción y de cinismo los huesos de los visitantes y de los Santatereseños de nacimiento. Ir a esa ciudad, como lo demuestra Bolaño en “La parte de las muertas” es ir a un matadero, a una picadora de carne donde los crímenes parece que los comete la ciudad, el sistema. Ir a Santa Teresa implicaría ver la inocencia interrumpida de los pequeños santateresines, puesto que muchos de los cuerpos –ultrajados, reventados, mutilados, sin vida– fueron encontrados por niños que estaban jugando al futbol, o a las escondidas (me imagino), o a las correteadas; siempre o casi siempre en los basureros de las colonias populares o cerca de los contenedores de las principales fábricas maquiladoras. Ir a Santa Teresa sería recorrer los callejones grises más áridos del mundo para perder la cabeza y ser consumido por los vicios más degenerados de los rincones oscuros. Ir a Santa Teresa significaría ser espectador y cómplice de los crímenes más brutales cometidos contra las mujeres por un asesino en serie, degenerado, escurridizo y con copy cats, imitadores que le salían por todas partes; o cometidos por el clan de la élite política local ligada al PRI que, víctimas de su degradación personal, se convirtieron en perversos adictos a la tortura, incapaces de encontrar un placer que no provenga de los secuestros, las violaciones, la mutilación y el asesinato; o cometidos por una secta internacional, creada por unos gringos viejos y degenerados, promotores, impulsores y comercializadores de snuff movies, cintas de video que documentan humillaciones, violaciones, asesinatos, golpizas y toda clases de perversiones contra personas, sobre todo mujeres jóvenes, con el fin de saciar la depravada y degenerada sed de los despojos humanos más procaces y de torvos personajes que pululan en los rincones más viscosos, húmedos y pestilentes de la ciudad imaginaria y de las ciudades reales, donde son más peligrosos porque son de carne y hueso, tienen mucho dinero, poder, influencia y una asegurada inmunidad por los siglos de los siglos. O fueron cometidos por todos ellos, en todas partes, al mismo tiempo. Nadie iría a Santa Teresa por gusto y sólo unos cuantos valientes irían por necesidad para intentar descifrar el gran secreto del mundo y suturar la herida de donde emana el constante y fino hilo rojo por donde se escapa la vida. Ir a Santa Teresa sería deambular por el infierno, caminar por el México real.
A los yanquis, que como ellos mismos han confesado, no tienen amigos sino intereses, les importa un comino el bienestar de los mexicanos.
México se encuentra en una encrucijada y con fuertes tensiones.
Lo cierto es que el Mundial destaca como un negocio redondo para unos cuantos magnates; y los pobres de México y del mundo pagaremos lo “invertido” en los preparativos.
He encontrado aquí la misma calidez humana que existe en Irán.
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Dedican entre 5.2 y 7.6 horas diarias al cuidado de terceros.
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La capital implementará sanitarios automatizados en zonas de alta afluencia como parte de las obras para recibir a turistas durante la Copa Mundial.
El funcionario canceló su asistencia debido a que fue convocado a una reunión de gabinete con el presidente estadounidense Donald Trump.
El cambio en la estimación se debió a un mal desempeño económico en el primer trimestre del año.
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Un estudio realizado frente a las costas de Guerrero halló cambios lentos en la placa de Cocos meses antes de sismos mayores.
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Escrito por Aquiles Celis
Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.