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Opinión invitada
Clases sociales y conciencia de clase en México
Esta estructura de clases no siempre es sencilla de entender, pues en la realidad está atravesada por muchas otras determinaciones que complican su comprensión inmediata.


Desde el punto de vista marxista, uno de los aspectos más relevantes para explicar la lógica interna de una sociedad es su estructura de clases sociales. Esto es así porque las relaciones de clase son el vértice que articula las dos caras de una misma moneda: la dinámica económica y el modo de vida de las personas trabajadoras.

En el modo de producción capitalista, por ejemplo, la estructura de clases es la que articula, por un lado, las tendencias al aumento en la productividad, la automatización de la producción, la acumulación de riquezas, y el desarrollo desigual y combinado entre las naciones; y, por el otro lado, la prevalencia de un desempleo estructural, la precarización de los mercados de trabajo y la formación de profundas desigualdades entre los pueblos de los países centrales y periféricos.

La estructura de clases sociales consiste, fundamentalmente, en una relación de explotación, es decir, una relación donde un grupo social se apropia sistemática y ventajosamente de una parte del trabajo realizado por otras personas.

Para Marx, esta explotación tiene su fundamento en otra relación social: la propiedad privada de los medios de producción, pues esta última supone que hay un grupo privilegiado con acceso exclusivo a los recursos y herramientas indispensables para la producción, mientras que, a la par, existe otro grupo sin acceso a estos recursos y que se vuelve dependiente del grupo privilegiado.

Unas veces esta explotación se da mediante la coacción directa y la privación de la libertad, como ocurre en el esclavismo; pero otras veces puede ocurrir mediante el establecimiento de un libre acuerdo, como sucede en las sociedades capitalistas con el trabajo asalariado. Para que surja este último tipo de explotación, además de la existencia de la propiedad privada, es preciso que haya una prevalencia amplia de los mercados y que las relaciones de trabajo coactivas, como la esclavitud o la servidumbre, queden abolidas.

La estructura de clases fundamental del modo de producción capitalista, entonces, es la que se establece entre burgueses y proletarios a través de la explotación del trabajo asalariado. Sin embargo, esta estructura de clases no siempre es sencilla de entender, pues en la realidad está atravesada por muchas otras determinaciones que complican su comprensión inmediata.

Al interior de cada una de las clases, por ejemplo, surge una gran diferenciación que impacta directamente en el modo de vida de las personas o modifica parcial, pero no sustancialmente, su relación con la otra clase. Otra fuente de complejidad es la aparición o prevalencia de grupos correlativos de personas que no son propietarias privadas, pero tampoco caen por entero bajo la definición de proletariado, pues no venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Para ilustrar todo esto, veamos algunos datos sobre las clases sociales en México.

La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE, 4to trimestre de 2025), registra que en México había 103.5 millones de personas en edad de trabajar (PET, 15 años o más).

De este grupo, 3.6 millones eran propietarios y empleadores, por lo que podríamos pensar que éstos son los burgueses. Sin embargo, 84.2 por ciento lo formaban propietarios de micro y pequeñas empresas. La gran burguesía mexicana, en cambio, es más probable que se reduzca a los cerca de 294 mil ricos y ultrarricos reportados por Oxfam en 2024, es decir, apenas al 0.28 por ciento de la población en edad de trabajar.

El número de proletarios, por su parte, es cercano a los 41.2 millones de trabajadores subordinados y remunerados, lo que representa al 39.9 por ciento de la PET o al 68.9 por ciento de la población ocupada (compuesta por 59.8 millones de personas). Sin embargo, dentro del mismo proletariado existen grandes diferencias.

A decir del Sistema Nacional de Clasificación de Ocupaciones (SINCO), 23.5 por ciento de los proletarios labora en actividades profesionales y de gerencia de alta calificación, mientras que otro 23 por ciento lo hace en empleos manuales y no calificados de apoyo. En el primer grupo, 85 por ciento son trabajadores formales y la mitad tiene ingresos mayores a dos salarios mínimos. En el segundo grupo, sólo uno de cada cuatro tiene empleo formal y sólo uno de cada diez supera los dos salarios mínimos.

Por supuesto, esto no quiere decir que todos los proletarios con empleos de jerarquía y calificación vivan bien. El mercado de trabajo mexicano está muy precarizado. Sin embargo, esto si marca importantes diferencias en el nivel de vida y prestigio de los trabajadores, lo que puede derivar en una psicología de clase desligada de los intereses del proletariado.

Adicionalmente, hay que considerar la presencia de grupos correlativos, que no venden su fuerza de trabajo pero que forman parte de los sectores desposeídos de medios de producción, que gravitan en torno a la estructura de clases y comparten destino e intereses con el proletariado.

Aquí encontramos, entre otros grupos, a 12.9 millones de trabajadores por cuenta propia, más o menos remunerados, prestigiados y calificados, y que representan al 12.5 por ciento de la PET y al 21.7 por ciento de la población ocupada. Asimismo, se encuentran 6.9 millones de desempleados (ya sea que busquen trabajo o no) y que suponen el 6.6 por ciento de la PET. Igualmente, aquí hallamos a los cerca de 19.7 millones de personas que se dedican de forma exclusiva al trabajo no remunerado del hogar y de los cuidados, y que representan a una de cada cinco personas de la PET, y de las cuales el 93 por ciento son mujeres.

Como se puede observar, la estructura de clases sociales en México está altamente diferenciada y desarticulada. Por un lado, la gran burguesía es una minoría insignificante, pero que amasa seis de cada diez pesos de la riqueza nacional (Oxfam). Por otro lado, la PET está compuesta en buena medida por personas que, aunque no poseen medios de producción, tampoco son propiamente proletarias; y el proletariado en funciones, por su parte, está altamente diferenciado, sin contar con que más de una tercera parte de él está empleado en micro, pequeñas y medianas empresas.

Todas estas diferencias en torno a la estructura de clases son importantes porque, en la medida en que varíe el modo de vida de cada grupo y su relación con la gran burguesía, variará también su conciencia social y su posibilidad inmediata para reconocer sus intereses de clase.

No obstante, y a pesar de que la psicología de clase pueda variar ampliamente, los intereses de clase no, al menos no en última instancia. Los proletarios en funciones de gerencia pueden llegar a creer que sus intereses están con la empresa. Los trabajadores por cuenta propia pueden creer que su interés está en acrecentar su exigua propiedad para vivir de sus rentas o volverse empleadores. Los micro y pequeños propietarios pueden creer que, en tanto empleadores, sus intereses son iguales a los de la burguesía. En todos estos casos, las apariencias son ésas, y es comprensible que la psicología de clase se oriente de ese modo.

En la realidad, sin embargo, todos los grupos que no participan de la gran propiedad privada caen del lado de los explotados y sus intereses coinciden con los de ellos. El problema es que, en una sociedad tan desigual, las diferencias generan complejidad, y esta complejidad opaca la visión. Hoy día, ni siquiera es posible hablar por entero de la estructura de clases al interior de cada país. El proletariado de nuestras sociedades dependientes sufre en parte las consecuencias de nuestra forma de inserción en la división internacional del trabajo. En ese sentido, el problema excede las fronteras nacionales y liga los problemas domésticos de precariedad, falta de empleo, informalidad, etc., con los problemas del sistema económico internacional.

Estas últimas menciones son cruciales porque el interés del proletariado mexicano no es sólo ni exclusivamente resolver los problemas de desigualdad y pobreza en México, y tampoco es sólo una cuestión de superar la actual propiedad privada de la burguesía nacional. Todo esto es parte de la solución y es por donde debemos comenzar. Sin embargo, es preciso tener claro que la victoria sólo será internacional. Es imperativo que aprendamos a reconocer las diferencias en la estructura de clases de nuestra sociedad y la forma en que ésta nos vincula con la economía nacional e internacional. Sólo así podremos contribuir a formar la conciencia de clase que necesitamos para transformar nuestra realidad. 


Escrito por Pablo Bernardo Hernández

Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.


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