Sobre la falsedad del origen “natural” de los fenómenos sociales, la historia nos ilustra
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Estados Unidos e Israel comenzaron esta guerra. Ambos, poseedores de bombas nucleares, atacan a Irán justificados en la mentira de que éste quiere construir un arsenal nuclear. Por su parte, el gobierno iraní siempre ha sostenido que su energía atómica no es para la guerra, sino para suministrar energía a su país y, hasta el momento, nadie ha demostrado lo contrario, ni siquiera el Organismo Internacional de Energía Atómica de la ONU. Entonces, ¿por qué bombardean Teherán?
Se han popularizado en este sentido los documentos del criminal pedófilo Jeffrey Epstein. Este sujeto habría sido un agente de la Mossad (la agencia de inteligencia israelí) y gracias a sus registros personales el Estado sionista habría ejercido presión sobre la Casa Blanca para atacar Irán. Pero el verdadero motivo de la agresión ha de ser, más bien, el deseo de someter y controlar la energía que mueve al mundo. Por un lado, Irán posee la tercera reserva petrolera más grande, con más de 208 mil millones de barriles, es decir, le pertenece más del 12 por ciento del petróleo planetario (India Today, cinco de marzo de 2026). De la misma manera, su producción petrolera es significativa: representa el 3-4 por ciento en el mercado internacional (oilchem.net, dos de marzo de 2026). Asimismo, su posición es vital en términos geoestratégicos: domina el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 por ciento del petróleo mundial, producido en el Golfo Pérsico; su territorio conecta el Asia Central con los países árabes, el Cáucaso, Turquía y domina la parte austral del mar Caspio, y sus posiciones militares están a muy pocos kilómetros de las capitales y plantas petroleras de la península arábiga y el Golfo, así como a muy poco tiempo de vuelo hacia los satélites de EE. UU. en la región, como Arabia Saudita, Kuwait, Omán, los Emiratos Árabes, Israel, entre otros.
En suma, dominar a Irán supondría controlar esa importante región, así como la producción de la energía que mueve la industria y las comunicaciones a nivel global. Pero resulta evidente que la arremetida estadounidense está dirigida contra China, su único competidor paritario. Y es que estos dos países tienen una alianza estratégica cada vez más estrecha, sobre todo debido a las amenazas estadounidenses de los últimos años. Por ejemplo, entre el 80 y el 90 por ciento del petróleo iraní lo compran los chinos, lo cual implica el 13 por ciento del consumo petrolero de este país (Business Standard, tres de marzo de 2026).
Lo anterior indica que si EE. UU. e Israel logran derrotar a Irán, Washington asegurará nuevas posiciones y reafirmará su hegemonía mundial. La derrota de Teherán significaría prácticamente el monopolio estadounidense sobre el tráfico y los precios del petróleo del mundo, así como un golpe duro contra la economía china. Pero la realidad está mostrando que este escenario de reafirmación imperial no sucederá o, cuando menos, no ocurrirá en el corto plazo. Los iraníes han sido golpeados fuertemente, los están bombardeando, les mataron a su jefe de Estado, el Ayatola. Pero no han sido derrotados. Han bombardeado de manera inédita las bases militares y diplomáticas estadounidenses en la región, cerraron el estrecho de Ormuz, están destruyendo la infraestructura petrolera de los aliados árabes de su enemigo y han destruido varios puntos importantes de Israel. Además, según ha recuperado recientemente el analista político John Mearsheimer, el Estado iraní tiene arsenales casi ilimitados de misiles y tiene en la mira objetivos vitales cuya destrucción podría causar caos sin precedentes en el Golfo Pérsico: me refiero a la supresión de la infraestructura petrolera que sigue en pie y las plantas desalinizadoras de agua que abastecen a los países áridos de Oriente Medio (J. Mearsheimer y Glenn Diesen, EE. UU. ya perdió la guerra con Irán, sin salida a la vista, youtube.com, 11 de marzo de 2026).
En definitiva, la guerra contra Irán trasciende el discurso sobre la no proliferación nuclear para revelar una lucha geopolítica por el control energético y la hegemonía global. Sin embargo, pese a los bombardeos y al asesinato de sus líderes, la resistencia iraní ha demostrado su capacidad para responder y crear una situación catastrófica para la economía internacional. EE. UU. está en aprietos; si no quiere perder su motor energético, tendrá que perder esta guerra.
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Escrito por Anaximandro Pérez
Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.