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La inteligencia artificial (IA) que utilizamos diariamente, entre ellos ChatGPT, de OpenAI; Claude de Anthropic; Copilot, de Microsoft; o Gemini, de Google; son modelos diseñados para el usuario común; al interactuar con ellos existen restricciones, censuran ciertas solicitudes y responden que no ayudarán o simplemente ya no contestan cuando les solicitan “violar” sus políticas de seguridad. Las empresas que nos ofrecen chatbots amigables con normas éticas, venden versiones mucho más poderosas a quienes pueden pagarlas. Y esos compradores no son ciudadanos comunes, sino gobiernos con ejércitos que explotan enteramente sus capacidades de predicción, análisis y estrategia en las guerras.
La IA es, ante todo, una herramienta tecnológica; ejecuta instrucciones recibidas por el usuario; y como herramienta, se aplica en una lógica tan antigua como el dinero mismo: quien paga, controla. Por eso, empresas como OpenAI, Anthropic o Palantir firman contratos millonarios, en algunos casos, de cientos de millones de dólares con el Pentágono y otras agencias de defensa. No entregan necesariamente todo su código-fuente, pero sí las capacidades suficientes para usar la IA en enfrentamientos letales. Tal es el caso de los procesadores de imágenes satelitales, identifican objetivos militares en segundos, predicen movimientos de tropas o asisten en la planificación de bombardeos.
En el Siglo XX, el mundo funcionaba bajo el modelo del spin-out (“derrame” en inglés). Así, el Estado invertía fortunas en laboratorios militares bajo secreto nacional para crear bélicas herramientas disruptivas. Años después, tales inventos se filtraban gradualmente al mercado civil para transformar la vida diaria; de algunos de ellos surgieron el GPS y la Internet: el primero nació con la navegación de misiles y tropas antes de instalarse en nuestros teléfonos. Originalmente, Arpanet fue diseñada como una red de comunicaciones militar para resistir ataques nucleares, hoy es la Internet.
La vanguardia tecnológica ya no está en los cuarteles, sino en las grandes corporaciones. La tecnología avanza tan rápido, que el ejército ya no sigue el ritmo desde sus propios laboratorios y debe “alquilar” o reabsorber los artefactos que usamos cotidianamente. El matiz más profundo de este cambio consiste en que la tecnología aprende primero de nosotros. Los algoritmos de IA no se diseñan inicialmente para identificar un tanque, sino para reconocer rostros en fotos familiares o predecir qué compraremos en una red social. Una vez “alimentado” el sistema con billones de datos civiles, se le aplica una capa militar para que tal eficiencia se traduzca en la selección de objetivos durante algún conflicto.
Al utilizar aplicaciones de mapas, redes sociales o servicios en la nube, los ciudadanos generamos involuntariamente datos que condicionan a las tecnologías para ser más letales en las guerras.
El Proyecto Maven es el “cerebro” algorítmico desarrollado por la empresa Palantir con el Pentágono. Este sistema resulta toral para la ofensiva en la Operación Furia Épica contra Irán, iniciada a finales de febrero de 2026. Maven utiliza modelos avanzados de IA, como Claude de Anthropic, para procesar volúmenes masivos de datos satelitales, e inteligencia de señales que supera considerablemente la capacidad humana: lo que antes tomaba semanas de planificación estratégica, hoy se decide en segundos, permitiendo que la IA sugiera objetivos, genere coordenadas y los priorice mediante el análisis de “patrones de vida” extraídos de datos civiles; esta automatización del blanco permite realizar ataques letales con velocidad sobrehumana, demostrando que la tecnología originada en tu bolsillo sirve para facilitar eficazmente las guerras contemporáneas.
Hace un siglo, Vladimir Lenin ya preveía esta situación; en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1917) definió a este periodo no sólo como una conquista territorial, sino como la fusión del capital bancario con el capital industrial para crear al capitalismo monopolista que necesita expandirse constantemente y sobrevivir. Ahora, con esta tesis de Lenin, vemos que los monopolios también se apropian de los datos. Las tecnológicas Palantir, Anthropic, OpenAI son los supermonopolios (trusts) de hoy.
Según Lenin, la guerra era un medio para que los monopolios superaran las crisis de subconsumo, expandiéndose hacia nuevos mercados y recursos. En la era digital, esta lógica se mantiene, pero con una herramienta nueva: la IA. El Proyecto Maven y la Operación Furia Épica demuestran que la IA impulsa una “fábrica de objetivos” a escala industrial. Sistemas como Lavender, por ejemplo, identificaron hasta 37 mil objetivos humanos en Gaza, basándose en datos de celulares y redes sociales, reduciendo el juicio humano a pocos segundos de “verificación”.
El director de Palantir, Alex Karp, lo declaró contundente, EE. UU. debe afianzar su “hegemonía militar, económica y tecnológica”. La guerra es el mercado donde confluyen los intereses del Estado y del monopolio tecnológico; una fase donde éstos han capturado la vida civil para alimentar una máquina de guerra más rápida, eficiente y opaca, tal como lo previó la lógica extractivista descrita por Lenin.
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Escrito por Alexis Heras
Colaborador