Este breve texto quiere presentar un panorama claro de la situación actual de la IA en el capitalismo.
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En una economía estadounidense lastimada y marcada por la desaceleración, un sector destaca por un dinamismo inusual: la inteligencia artificial (IA). La inversión vinculada a este campo se ha convertido en el principal motor del magro crecimiento económico reciente, concentrando gigantescos flujos de capital en busca de beneficios extraordinarios.
En 2024, la inversión privada en IA en Estados Unidos alcanzó los 109 mil millones de dólares, muy por encima de la de cualquier otro país. Este auge ya tiene efectos macroeconómicos visibles: estimaciones recientes señalan que la inversión asociada a la IA –en particular en centros de datos y equipo informático– explicó cerca del 40 por ciento del crecimiento del PIB estadounidense en los primeros tres trimestres de 2025. En otras palabras, una parte desproporcionada de la expansión económica descansa en un solo sector económico.
Pero conviene precisar de qué tipo de inversión hablamos. Lejos de la imagen etérea de algoritmos y software, el boom de la IA está anclado en una base física muy bien definida: construcción de centros de datos, adquisición de servidores, computadoras y equipo de comunicaciones, desarrollo de infraestructura eléctrica y gasto en investigación. Es, en esencia, una oleada de inversión en capital fijo que, al estilo keynesiano, impulsa la demanda agregada y genera efectos multiplicadores en toda la economía. Como en otros momentos históricos, desde el gasto militar hasta los grandes programas de infraestructura, el crecimiento actual se sostiene en una expansión acelerada de uno de los componentes de la demanda agregada: la inversión física.
Es aquí donde aparece México. El auge de la IA en Estados Unidos no podría sostenerse sin una vasta red internacional de producción, en la que nuestro país ocupa un lugar clave como plataforma de ensamblaje de equipos de cómputo y periféricos. En 2024, México exportó computadoras por más de 56 mil millones de dólares, posicionándose como el tercer exportador mundial. Para enero de este año, México ya había aumentado sustancialmente su participación en el mercado estadounidense, representando el 35 por ciento de todas las importaciones de equipo de cómputo. Por otro lado, el empleo en este periodo en la industria electrónica en general no aumentó ni siquiera un tres por ciento.
Así, el boom de la IA se traduce, en parte, en un boom de producción de hardware que pasa por México. Servidores, computadoras y componentes que alimentan los centros de datos estadounidenses se ensamblan en territorio nacional, en un esquema profundamente dependiente de insumos importados y de decisiones tomadas en el exterior. La integración de México a estas cadenas no implica control sobre la tecnología, ni sobre los insumos críticos, ni sobre los mercados finales. Se trata de una inserción subordinada en un proceso de acumulación cuyo núcleo permanece fuera del país.
La pregunta inevitable es si este ritmo de crecimiento es sostenible. La historia reciente invita a la cautela. A finales de los años noventa, una ola similar de inversión en tecnologías de la información impulsó la economía estadounidense, sólo para colapsar en la burbuja de las punto com en 2001, provocando la primera recesión del milenio. Hoy, diversos análisis advierten sobre riesgos similares: niveles extraordinarios de inversión, expectativas desbordadas y una creciente desconexión entre la valorización financiera y la rentabilidad efectiva.
El paralelismo no es menor. Al igual que entonces, la inversión en tecnología explica una proporción inusualmente alta del crecimiento económico. Y, como entonces, una corrección abrupta podría desencadenar efectos recesivos. Para México, la trampa es doble: participar en el auge sin capturar sus beneficios y, al mismo tiempo, absorber los costos de su eventual colapso.
El resultado es una dinámica conocida. El enriquecimiento acelerado que acompaña al boom tecnológico no se queda en manos de quienes hacen posible la producción material, ni en los países donde ésta ocurre. Se concentra en los centros de poder económico y tecnológico. Mientras tanto, economías como la mexicana profundizan su dependencia, atadas a ciclos de expansión y crisis que no controlan.
El capital no aprende de sus errores; los reproduce a mayor escala. El estallido de la burbuja, cuando ocurra, no sería una anomalía inesperada para la economía mexicana, sino una confirmación más de los límites estructurales de una integración pasiva al imperio en decadencia.
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Escrito por Jesús Lara
Licenciado en Economía por El Colegio de México. Doctorante en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst de EE.UU.