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Economía
Qué mide en realidad el récord de Inversión Extranjera Directa
Una inversión que en su abrumadora mayoría no invierte, que coexiste con la caída del producto y que el propio banco central desvincula del crecimiento, no es síntoma de prosperidad.


La Secretaría de Economía anunció que en el primer trimestre de 2026 México captó 23 mil 591 millones de dólares de Inversión Extranjera Directa (IED), la cifra más alta registrada para un periodo igual. El secretario Marcelo Ebrard la presentó como una “buena señal”, prueba de la confianza de los inversionistas y de la posición privilegiada del país en la integración norteamericana. La narrativa es clara: capital que llega, economía que se fortalece. Conviene, sin embargo, distinguir esa apariencia de lo que las cifras realmente contienen.

El primer hecho desarma el relato. De esos 23 mil 591 millones, la reinversión de utilidades representó el 94.2 por ciento –22 mil 222 millones– y las nuevas inversiones apenas el 7.2 por ciento –mil 705 millones—; el resto fue un saldo negativo de las cuentas entre compañías (−1.4 por ciento). Casi la totalidad del “récord” no es capital fresco que construya plantas o cree empleos, sino ganancias que empresas extranjeras ya instaladas obtuvieron en México y decidieron no repatriar. Más aún: el IMCO advierte que, frente a la cifra actualizada de 2025, la IED en realidad cayó 3.36 por ciento, y Banamex coincide en que quedó por debajo del año anterior. Así, el celebrado aumento de 10.4 por ciento resulta de compararla contra cifras preliminares.

El contraste con la economía real es severo. En ese mismo trimestre el PIB se contrajo 0.8 por ciento y Banxico recortó su pronóstico de crecimiento, con la inversión –en particular la privada– como principal foco de debilidad. Tenemos, pues, una IED “récord” conviviendo con un producto que cae y una inversión fija estancada. Si el capital extranjero impulsara por sí mismo el crecimiento, ese divorcio sería inexplicable.

No lo es, y la mejor prueba la ofrece la propia ortodoxia. El subgobernador de Banxico, Jonathan Heath, precisó que la IED no es un concepto de valor agregado como la inversión fija bruta, que se trata de un flujo financiero que no necesariamente refleja la entrada de capitales, y que una empresa puede emplear esos recursos para pagar deuda sin generar valor agregado ni crecimiento. Su conclusión es contundente: no existe una correlación determinante entre la inversión extranjera y la inversión fija. Que el subgobernador desmienta al vocero del gobierno implica una grieta por donde se filtra la verdad que el discurso oficial busca ocultar.

¿Por qué, entonces, se erige la IED en emblema del éxito? Aquí la economía política revela lo que la estadística oculta. Lenin mostró, en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), que en la fase imperialista la exportación de capital hacia la periferia no busca desarrollarla, sino extraer de ella una ganancia mayor que la disponible en los centros. El sociólogo marxista brasileño Ruy Mauro Marini, uno de los teóricos centrales de la dependencia latinoamericana, precisó el mecanismo para América Latina en Dialéctica de la dependencia (1973): el capital integra a la región como plataforma de bajo valor agregado al servicio del centro –hoy, el ensamble manufacturero para el mercado estadounidense que el propio Ebrard exhibe con orgullo– y de ahí se apropia del excedente generado por el trabajo local.

A esa luz, el 94 por ciento de la reinversión de utilidades adquiere su verdadero significado. No es confianza: es excedente tomado del trabajador mexicano que, reinvertido aquí, profundiza la misma extracción. El “récord” no mide cuánto se desarrolla México; mide cuánto se ha afianzado el dominio del capital foráneo sobre el producto nacional. Crece la participación extranjera en el excedente, no la capacidad productiva del país.

Queda la pregunta decisiva: ¿por qué el gobierno presenta como fortaleza lo que es subordinación? Porque el Estado, también bajo la conducción de la 4T, administra en última instancia los intereses de la clase dominante. Su política –el Plan México, la promoción del nearshoring, la competencia por ofrecer el arancel más bajo– no se propone superar la dependencia, sino organizar las condiciones que la reproducen y atraer más capital bajo sus propias reglas. El triunfalismo no es un error de lectura: es la función ideológica de legitimar un modelo.

De ahí la conclusión: una inversión que en su abrumadora mayoría no invierte, que coexiste con la caída del producto y que el propio banco central desvincula del crecimiento, no es síntoma de prosperidad. Es el termómetro de una integración dependiente que extrae más de lo que deja. El récord existe; lo que no existe es el desarrollo que se le atribuye. 


Escrito por Níobe Enciso

Economista egresada de la UNAM. Maestra en Economía por El Colegio de México. Coordinadora de la licenciatura en Economía de la División de Ciencias Económico–Administrativas de la UACh.


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