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Poesía
Las Śataka o “Centurias”, de Bhartrihari
Se trata, pues, de una poesía el servicio de la ética y de un ideal moral y acético, razón por la cual está expresada en estilo gnómico (sapiencial).


En la primera mitad del Siglo VII, el poeta Bhartrihari reunió una colección de poesías, seguramente escritas por él, en tres Śataka, o centurias, en las cuales ofrece un traslado lírico del concepto indio de la vida. La primera Centuria está dedicada al amor, y expone consideraciones generales sobre esta pasión y sobre las mujeres, sus atractivos y sus delicias, pero acaba con reflexiones sobre la caducidad y vanidad del placer y las engañosas mañas del sexo femenino. La segunda Centuria versa sobre la vida sensata y los deberes del hombre; y la tercera, dedicada al renunciamiento de las cosas humanas, propone como ideal la meditación solitaria. Se trata, pues, de una poesía el servicio de la ética y de un ideal moral y acético, razón por la cual está expresada en estilo gnómico (sapiencial) (Martín de Riquer).

En la presentación de Trescientos Poemas de Bhartrihari, traducción directa del sánscrito realizada en 2009 por Alejandro Gutman, se afirma que este poeta de la India, “habría vivido en el Siglo V” y que esta colección “contiene todos sus poemas supervivientes”. Compuestos de una única estrofa, ellos expresan de manera muy idiosincrásica la visión del mundo de su autor. Irónicos, patéticos, lascivos o reflexivos, siempre intensos, su individualidad los distingue de otros poemas clásicos cuyos autores prefirieron no alejarse de la corriente principal que no veía con buenos ojos la afirmación demasiado rotunda de la personalidad. Están reunidos en una colección tripartita, llamada Tres Centurias (Śataka-traya), dividida en secciones de cien poemas cada una, intituladas Buena Conducta, Erotismo y Renunciamiento (…) La estrofa inaugural de cada una de las tres secciones de la colección de Bhartrihari está dedicada a una divinidad, una convención adoptada por muchos poetas para introducir sus poemas. Otros poetas comenzaban, en cambio, bendiciendo al lector o indicando el tema de su composición.

 

Los inteligentes son devorados por la envidia,

los poderosos contaminados por el orgullo

y los otros son dañados por la ignorancia.

Los buenos consejos se han agotado en mi mente.

El ignorante puede ser fácilmente convencido,

el entendedor es convencido aún más fácilmente,

pero ni siquiera brahma puede conciliar al hombre

viciado por un conocimiento superficial.

Con violencia se puede arrancar una perla

de las fauces de un monstruo marino,

se puede, también, atravesar un océano

agitado por una sucesión de olas,

incluso es posible portar una serpiente furiosa en la cabeza

como si fuera una guirnalda,

pero es enteramente imposible

satisfacer la mente de un tonto obstinado.

También se puede extraer aceite de la arena

exprimiéndola con diligencia

y se puede beber agua de un espejismo

cuando uno es atormentado por la sed,

incluso es posible errando por algún lugar

encontrar el cuerno de una liebre,

pero es enteramente imposible

satisfacer la mente de un tonto obstinado.

Quien desee conducir a los malvados

por el camino de los virtuosos con discursos melifluos

se apresta a retener una fiera

con hilos de una fibra de loto joven,

se prepara a cortar un diamante

con el canto de la flor de seda1,

aspira a endulzar el océano salado

con una gota de miel.

Una cobertura de la ignorancia fue creada por Brahmâ,

una virtud bajo el control exclusivo de cada uno.

Es el silencio, el adorno particular de los iletrados

cuando están en compañía de conocedores.

Cuando sabía un poco

era ciego como un elefante en celo,

y entonces mi mente orgullosa pensaba

“Yo sé todo”.

Cuando aprendí poco a poco

junto a hombres inteligentes advertí

“Soy un tonto”

y mi arrogancia partió como una fiebre.

Devorando con fruición,

como si su sabor fuera incomparable,

un hueso humano descarnado, hediondo,

agusanado y humedecido con saliva,

un perro no se inquietaría al percibir

la proximidad del señor de los dioses,

pues las miserables criaturas no aprecian

la insignificancia de lo que poseen.

Del cielo a la cabeza de Śhiva

y de la cabeza del Señor a la montaña,

de la alta montaña en la llanura

y de la llanura al océano,

cada vez más abajo, aproximándose poco a poco a su fin,

la caída del Ganges

procediendo de cien formas diferentes

se asemeja, quizás, a las caídas de los insensatos2.

Es posible con agua apagar el fuego,

con una sombrilla protegerse del Sol,

con un gancho controlar a un elefante en celo,

con una vara a un buey o a un asno,

tratar a la enfermedad con diversas medicinas

y al envenenamiento con plegarias.

Hay remedios establecidos por la ciencia para todo,

pero para el tonto no hay remedio.

Quien no aprecia el arte de la música y de la poesía,

aunque carezca de cola y de cuernos

y subsista sin devorar la hierba,

vive exactamente como los animales.

Quienes carecen de sabiduría, austeridad, generosidad,

conocimiento, moralidad, virtud y ley

marchan como bestias con forma humana

siendo una carga para la Tierra de este mundo mortal.

Errar con los habitantes del bosque

por montañas inaccesibles es mejor

que convivir con un hombre tonto

en el palacio del jefe de los dioses.

Enseñando su ciencia a los discípulos

con palabras elocuentes de las escrituras,

famosos sabios habitan, sin posesiones,

en los dominios del poderoso.

Esto es una estupidez del rey,

pero aún sin riqueza los sabios son señores.

Criticables son los malos tasadores,

no las joyas que ellos subestiman.

Oh, Reyes, abandonad vuestra arrogancia

hacia esos cuya riqueza interior de sabiduría

no puede ser robada

la cual siempre promueve la dicha,

aun siendo distribuida a los necesitados

se acrecienta continuamente

y ni siquiera se destruye con el fin del mundo.

¿Quién puede competir con ellos?

Los brazaletes no adornan al hombre,

ni collares de perlas brillantes como la Luna,

ni baños, ni ungüentos,

ni flores, ni cabellos muy arreglados.

La perfecta elocuencia solamente embellece al hombre.

Los adornos perecen,

pero el adorno de la palabra es siempre un adorno.

 

NOTAS

1 La flor del árbol de la seda (Albizia Lebbek), llamada śirîsa, en sánscrito, está compuesta por numerosos pétalos filamentosos, delicados como la seda.

2 Según la mitología, el Ganges es un río celestial que desciende desde el firmamento al Himalaya siendo su caída amortiguada por la cabeza del dios Śhiva.


Escrito por Redacción


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