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Tribuna Poética
Plaza prohibida, de María Meleck Vivanco
Fue la única mujer que formó parte del grupo de poetas surrealistas argentinos, en una sociedad en que las mujeres no votaban ni podían ser votadas.


“Toda parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de todas las maneras posibles, por todos los medios, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el previo permiso escrito del editor y/o autor, pero citando la fuente”, se lee en la generosa y excepcional página legal de Plaza Prohibida, obra de la poetisa surrealista argentina María Meleck Vivanco (1921-2010), escrita en 1975 y publicada en 2016 por la editorial Baldíos en la Lengua. Es de agradecer que, en mitad de un océano de restricciones comerciales, todavía existan espacios para la gratuidad y la divulgación de la poesía.

En el prólogo a Plaza Prohibida, Carlos J. Aldazábal califica así la obra de Meleck Vivanco: “Una poesía necesaria y vital, arropada por un surrealismo personalísimo anclado en el humus de la honestidad y la experiencia, donde la raíz vernácula del quechua era una más de las piedras preciosas que adornaban, explícita o implícitamente, la sonoridad de los textos”.

María Meleck Vivanco, nacida en el Valle de San Javier, de Traslasierra, Córdoba, y emigrada a Buenos Aires para huir “de esa comunidad pacata que no permitía mi libertad intransferible y que no aceptaba mi visión diferente de las cosas”, para decirlo con sus propias palabras, fue la única mujer que formó parte del grupo de poetas surrealistas argentinos, en una sociedad en que las mujeres no votaban ni podían ser votadas, sus salarios eran menores que los de un varón, no podían administrar sus propios bienes, tener la patria potestad sobre sus hijos y los espacios en las universidades eran excepcionales y circunscritos a unas cuantas carreras.

“En mis últimos libros, no usé puntuación ni la forma tradicional del poema, sino que utilicé cortes muy particulares, empezando los versos con mayúsculas. Estaba en estado de rebelión con mi escritura y pretendía que el lector colocara más acertadamente las pausas”, explicó en 2007, en una entrevista concedida a Rita Kratsman y Ana Tiscornia.

Devuélvele su luz es su promesa a tantas pequeñas criaturas martirizadas por el hambre y la irracionalidad, de que ha de venir un mundo nuevo en que resurja la vida y los hombres puedan vivir sin el horror de las guerras.

Niño cebra del hambre

Niño lirio del frío

Tu corazón nos quema como una flor bermeja

que manchara de sangre

la mejilla de un príncipe

El vagido del aire tiene preso tu rostro

La noche ya sin alas se desploma en tu nuca

Y cercan tu inocencia las pequeñas miserias

y las grandes miserias de nuestro nacimiento

Del ombligo de Dios distraído en las rosas

De los pozos del mar brotará tu diamante

De la nube incendiada que se desnuda

a solas y con el viento a pulso

va labrando los valles

Brotará tu diamante del humus más violento

De la sombra esponjosa que nos cierra los labios

De almendras como espadas en los ojos del búho

y de grabadas lápidas bajo el llanto del hombre

Ha de surgir tu canto

Tu grito de ángel loco

Tu otro niño que paren las brujas de los sueños.

La muerte de una flor (Vietnam) es una enérgica condena a la brutalidad de la guerra, al sacrificio de comunidades enteras, arrasadas por la inhumana codicia imperialista ante la indiferente mirada de un mundo cegado por el consumismo; y también es un canto a la heroicidad de todo un pueblo, de pie ante la metralla y dispuesto a defenderse.

En cada primavera que baja por la boca,

está la muerte intacta detrás de sus colores

Nombro la muerte niña y todavía oscura

desafiando el furor de setiembre en la hoguera

Tú eres el hombre trémulo que resiste a la ausencia

a esa piedra que dura con la misma rutina

a sus yemas de fuego que devuelven las balas

pasando como un trueno por huecos tamarindos

Tú eres el hombre trémulo que enarbola su muerte,

que pisa sobre larvas llovidas de sus ojos

El hombre enamorado que muere de metralla

en las castas vitrinas de nuestro mundo impávido

Y la muerte en su boca siembra su Sol opaco

y ha roto surtidores de luz como entre sueños

Escoltada de péndulos y de antracitas vírgenes

va eternamente lúcida con su ardido caballo

La muerte de una flor es la muerte increíble

Muchachas y muchachos son flores desarmadas

el ángel que los guarda abre y cierra corolas

en sus nichos brillantes perdidos en el mar. 


Escrito por Tania Zapata Ortega

Correctora de estilo y editora.


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