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Abel Pérez Zamorano
México, sin independencia económica ni política
Los mexicanos no debemos permitir que el imperialismo estadounidense se arrogue el derecho de venir a establecer leyes, juzgar e imponer sanciones, mediante la aplicación extraterritorial de sus normas.


En días pasados, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, reiteró: “Vamos a la guerra contra los cárteles. (…) Hegseth, continúa endureciendo el discurso injerencista de su país contra América Latina a través de la narrativa de la supuesta lucha contra el narcotráfico regional. Esta vez, durante una reunión del gabinete federal encabezada por el presidente Donald Trump, el jefe del Pentágono afirmó (…) Vamos a la guerra contra los cárteles a través de la coalición estadounidense anticárteles (el recién creado Escudo de las Américas)” (Sputnik, 29 de mayo).

Trump sigue amenazando con enviar tropas (aunque de facto ya operan aquí fuerzas de seguridad estadounidenses). Y el peligro aumenta por el coro de intelectuales mexicanos proyanquis que aplauden a rabiar esas amenazas e invocan el ingreso de fuerzas armadas estadounidenses, para que “vengan a poner orden y a aplicar la ley”. Pero cuidado. No nos equivoquemos, los cárteles son sólo el pretexto de Trump para intervenir en nuestro territorio y adueñarse de las riquezas que Estados Unidos (EE. UU.) aún no controla. Así entraron a Venezuela con el mismo discurso. Derrotado globalmente, lo que el imperio realmente busca es atrincherarse en su patio trasero. Nuestra soberanía nacional está amenazada, y con la servil colaboración de opinadores de la derecha al servicio del imperio. Así pues, no debemos desoír las amenazas de EE. UU., que ya atacó a Venezuela e Irán, y ahora amenaza a Cuba y a México. Y quienes claman porque EE. UU. venga a poner orden, ocultan perversamente que ya hemos vivido la amarga experiencia de invasiones estadounidenses, en una de las cuales perdimos el 55 por ciento del territorio. En 1823, a dos años de consumada la independencia de México de España, James Monroe proclamaba su doctrina “América para los americanos”; bien leído: “Latinoamérica para los estadounidenses”. Y actuó en consecuencia.

En marzo de 1824, recién surgida nuestra nación, se constituyó oficialmente el estado de Coahuila y Texas (en Texas nació el general Ignacio Zaragoza), con capital en Saltillo. Desde 1821, apenas consumada la independencia (y desde meses antes), el gobierno mexicano autorizó el establecimiento de colonos estadounidenses en Texas, quienes luego, como en silenciosa invasión, fueron ocupando el territorio; finalmente se hicieron mayoría, y en 1836 se declararon independientes y constituyeron una efímera república, inmediatamente reconocida por EE. UU. En 1845, el Congreso estadounidense anexó Texas como un nuevo estado de la Unión Americana. Se consumaba así el despojo.

En 1846, a 25 años de nuestra independencia, EE. UU. invadió México e impuso una guerra que duró hasta 1848. Con su victoria, consagrada en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, nos arrebató más de la mitad del territorio nacional: consolidando la anexión de Texas, y apropiándose de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, la mayor parte de Colorado y parte de Wyoming. Conque salimos de una colonia para perder territorio y quedar sometidos a EE. UU., que nos considera su patio trasero e incluso su basurero. Vivimos, pues, una ficción de independencia, y lo más grave es que hay a quienes les agrada y conviene. La ultraderecha medra en ese ambiente ideológico cultivado por décadas y de profundas raíces económicas. Veamos sólo algunos ejemplos de esto último.

EE. UU. es el destino del 81 por ciento de nuestras exportaciones, lo que nos vuelve rehenes suyos. Asimismo, nos impone el consumo, mediante el mercado negro, del 90 por ciento de las armas que enlutan a miles y miles de familias mexicanas, todo para la ganancia del mortífero complejo militar-industrial estadounidense. Asimismo, dependemos exageradamente de las remesas enviadas por nuestros compatriotas emigrados (67 mil millones de dólares en 2025); en América Latina somos el primer receptor y, peor aún, el segundo en el mundo, sólo después de la India, y seguidos por China en tercer lugar; pero considérese que ambos países tienen una población más de 10 veces superior a la nuestra.

Dañina para la salud y la vida de los mexicanos, la industria refresquera es propiedad de EE. UU.: entre CocaCola y Pepsi controlan el 87.7 por ciento del mercado (El Economista, 17 de octubre de 2022). Las dos grandes cerveceras que dominan el mercado mexicano pertenecen a trasnacionales: Grupo Modelo, controlado por Anheuser-Busch InBev, con sede en Bélgica; y Cuauhtémoc-Moctezuma, perteneciente a la holandesa Heineken.

En el sector automotriz, formalmente somos el séptimo exportador, pero ocurre que aquí no se producen carros mexicanos. Somos ensambladores de empresas extranjeras, en primer lugar estadounidenses, como General Motors, y de empresas de otros países, como Nissan, Volkswagen, Ford, Toyota, etc. La maquinaria agrícola aquí utilizada es casi extranjera en su totalidad: el 91 por ciento del mercado está dominado por John Deere, Massey Ferguson, Ford, New Holland, Kubota y otras. En plaguicidas y agroquímicos el control extranjero alcanza el 80 por ciento, y agréguense las productoras de semillas mejoradas, igualmente extranjeras en su gran mayoría.

Las grandes cadenas hoteleras trasnacionales dominan el sector; e igual ocurre en otras áreas como equipo médico de alta tecnología, computadoras y software. Los aviones son importados: Boeing, de EE. UU.; Airbus, de Europa; Embraer, de Brasil. Para agotar esta serie de ejemplos diremos que el capital bancario que opera en México es en un 85 por ciento extranjero; es decir, en España, Londres o EE. UU. se decide el crédito aquí otorgado. No tenemos independencia financiera.

Como es lógico, el control económico ha derivado en el dominio imperialista de la política y la diplomacia mexicanas. Si no somos independientes en el terreno económico, tampoco podemos serlo en lo político. Consecuentemente, para conquistar la verdadera independencia debe promoverse un desarrollo autónomo e independencia económica, y condición para ello, se requiere disponer de capacidad tecnológica propia, ser creadores de tecnología de punta, para no seguir jugando el triste papel de simple maquilador, proveedor de mano de obra barata y exportador de fuerza de trabajo.

Pero además, debe promoverse en la juventud, en las escuelas y medios de comunicación una cultura patriótica que inculque un profundo orgullo por nuestra cultura, nuestros orígenes y raíces, y no vergüenza, como quieren los colonizadores y sus ideólogos de todo pelaje, esos que ahora suspiran por que venga Donald Trump a poner orden, pero en realidad, a fortalecer las cadenas que nos sujetan al imperio, como a Prometeo a su roca. Sólo cuando el pueblo sienta ese profundo orgullo nacional, los mexicanos sabrán responder con energía y coraje a las amenazas imperialistas y, llegado el caso, a sus ataques. Pero no olvidemos: toda esta labor de auténtica soberanía nacional sólo podrá ser obra de un gobierno genuinamente popular.

Y en lo que hace al pretexto, que sólo es eso, de venir “a hacer valer el derecho”, como argumentó Washington cuando invadió Afganistán, Irak, Siria y Libia, baste ver el caos que el ejército estadounidense dejó en esas naciones, sumidas hoy en el terror y la barbarie. Insisto, EE. UU. no viene a lo que dice.

Así que no debe caber duda alguna: los ilícitos cometidos en México deben ser investigados y juzgados aquí. El Estado mexicano debe asumir en serio su responsabilidad en la impartición de justicia, haciéndolo de manera firme, expedita y transparente, en estricto apego al debido proceso. Los mexicanos no debemos permitir que el imperialismo estadounidense, que hoy aparece en su forma más burda de neocolonialismo, se arrogue el derecho de venir a establecer leyes, juzgar e imponer sanciones, mediante la aplicación extraterritorial de sus normas. Como dijo Don Benito Juárez, “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Para eso es necesario que el pueblo gobierne verdaderamente nuestro país; sin necesidad de buscar amos o jueces extranjeros; no necesitamos ni Maximilianos ni ejércitos franceses (o gringos); ni cortes extranjeras que vengan a gobernarnos. Los mexicanos debemos, y podemos, ser dueños de nuestro propio destino. Aprendamos de la experiencia histórica. No cometamos los mismos errores. 


Escrito por Abel Pérez Zamorano

Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.


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