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Omar Carreón Abud
La unidad nacional: necesaria y urgente
La Presidenta está en lo cierto, la soberanía, o lo que queda de ella, está en serio peligro.


El discurso de la Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, con motivo del segundo aniversario de su triunfo electoral, fue un pronunciamiento inusualmente claro y enérgico. Se refirió, como era de esperarse, a las intensas presiones que está ejerciendo el gobierno de Estados Unidos (EE. UU.) para imponer su voluntad y sus intereses en nuestro país con el pretexto del combate al narcotráfico. La Presidenta preguntó al respecto: “¿Es realmente interés legítimo, genuino por ayudar a México, es realmente un interés legítimo para combatir a la delincuencia organizada o quizá estamos viendo cómo sectores de la ultraderecha estadounidense utilizan a nuestro país para posicionarse rumbo a las elecciones?”.

La duda acerca de los verdaderos propósitos del gobierno norteamericano es completamente legítima. Sólo que no creo que el interés norteamericano solamente llegue a pretender posicionarse en las próximas elecciones. EE. UU. presiona a Venezuela, a Cuba, presiona, ahora que elige a un nuevo presidente lo vemos muy claro, a Colombia y, evidente y espantosamente, a Gaza y a Irán con la complicidad de Israel y, desde hace ya varios años, a Rusia con la mano de gato de Ucrania. Nadie con dos dedos de frente se traga la rueda de molino de que EE. UU. no esté interviniendo activamente en todos estos países.

No son pequeñas ni pasajeras las causas que lo impulsan. El modo capitalista de producción ha entrado en una fase de deterioro –por llamarle lo menos dramáticamente que se puede– que muchos científicos sociales serios catalogan de irreversible. Como se sabe, el capitalismo es un sistema en el que no solamente priva, sino que se encomia entusiastamente, la competencia; sobrevive el patrón que produce más cantidad de mercancías en menos tiempo, mercancías que salen al mercado más baratas y que logra venderlas a tiempo para hacer realidad su ganancia. Empresario, patrón o lo que sea, que no se sujeta a estas leyes objetivas, sucumbe y desaparece.

Sólo que para aumentar la producción y abaratarla hace falta potenciar los resultados del trabajo –porque sólo el trabajo humano produce riqueza– mediante la maquinización que ha transitado en la historia de la humanidad de la manufactura a la mecanización, a la automatización y luego a la robotización o aplicación de la llamada Inteligencia Artificial, transformaciones que siempre y en todas partes, aunque no se lo propongan los empresarios, causan la reducción drástica de la cantidad de obreros ocupados.

No es muy difícil entender, pues, que los patrones siempre actúan en busca de la máxima ganancia. Sentado esto, entenderemos que a cada nuevo salto adelante en la maquinización de sus empresas y la consecuente reducción de su plantilla laboral, son menos los obreros que cargan sobre sus espaldas el aumento de la producción y la ampliación de la ganancia; y acaba por hacerse evidente que este proceso no puede sostenerse ni ampliarse indefinidamente, sino que a cada nueva realidad es menor el incremento aportado para la ganancia. Existe, pues, quiérase o no, nótese o no, un descenso constante en la tasa de la ganancia. La maldición del capital que se incrementa a sí mismo.

En consecuencia, sin descartar por completo las ambiciones electorales del grupo que actualmente detenta el poder, decisivas para que sus espoliques ocupen la poderosa palanca del Estado, en el fondo, lo dicho es lo que empuja y acelera todas las presiones norteamericanas. Más y más baratas materias primas, más y más baratos combustibles, menos obstáculos para la circulación mundial de las mercancías, menos o nada de aranceles para las mercancías norteamericanas y sí, aranceles y obstáculos a todas aquellas que signifiquen una competencia y, sobre todo, los pagos deberán hacerse siempre y en todo lugar, en dólares, uno –y no el menor– de los últimos reductos de la hegemonía norteamericana. La Presidenta está en lo cierto, la soberanía, o lo que queda de ella, está en serio peligro.

Posteriormente añadió la Doctora Sheinbaum: “Por cierto, ayer no lo mencioné, en el evento del domingo convoqué al pueblo de México a informarse, a participar en asambleas informativas sobre la transformación y la defensa de la soberanía nacional”. No es muy difícil concluir que el gobierno precisa de un apoyo vigoroso y decidido del pueblo. Pero, si bien es cierto que las ayudas para el bienestar han jugado su papel para mantener cierta resignación, cada día su efecto se erosiona y el mecanismo alcanza menos para conquistar una afluencia masiva a los centros de votación y, menos todavía, para que la gente salga a la calle a defender al gobierno de Morena. Pienso, alarmado, que lo sustituya un grupo más reaccionario y la población salga a la calle a aplaudir. 

Para acercarse a la toma de medidas efectivas a corto, mediano y largo plazo en defensa de la soberanía, la “Cuarta Transformación” deberá apartarse de la creencia de que la política social del régimen ha quedado colmada y hasta rebasada con las ayudas para el bienestar. No creo que ayude retirarlas, sólo digo que debe estar plenamente consciente de sus limitaciones y dejar de actuar como si hubiera hallado una especie de flogisto que garantiza de una vez y para siempre la más entusiasta y activa adhesión de los desposeídos mientras miran impactados cómo se enriquecen destacados personeros de la llamada iniciativa privada, así como destacados miembros de la recién arribada élite burocrática que proclaman, un día sí y otro también, su honestidad, su austeridad y su inalienable compromiso con los pobres, mientras que públicamente se dan la gran vida y sólo se acercan al pueblo a reclamar votos porque, presuntamente, son los mejores. A manera de prueba de lo dicho, dos preguntas: ¿Dónde están los 10 millones de afiliados que –según se dijo– sumó la gestión de Andrés Manuel López Beltrán como secretario de Organización de su partido? ¿Por qué no salen masivamente a la calle a hablar y defender al gobierno de su partido?

Muy por el contrario, si bien es cierto que no se trata todavía de una debacle, hay importantes signos de preocupación. La atención de las élites nacionales y extranjeras está puesta en la celebración de un Campeonato Mundial de Futbol que, para mayor precisión, consiste en cinco partidos en la ciudad de México, lo cual no ha constituido ningún inconveniente para que el Gobierno Federal y los gobiernos de las tres entidades involucradas presuman que han gastado más 37 mil 300 millones de pesos del pueblo en infraestructura y movilidad para la exitosa celebración de este fabuloso negocio particular.

Se ve, se siente, se movilizan los maestros, las madres buscadoras, las comunidades originarias agredidas de Guerrero, Oaxaca y Michoacán, los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional, los de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, los integrantes del Movimiento Antorchista Nacional y los miles y miles que bloquean a diario calles y carreteras por falta de obras y servicios de diversa índole (añádase que a varios de ellos los han encarcelado y tundido a garrotazos). Mención aparte merecen con su irritación muchas veces mantenida en la intimidad, los millones de enfermos que diariamente son agraviados por la falta de atención de los servicios públicos de salud y la carencia de medicamentos, así como los padres de familia que no creen que “la escuela es nuestra” y miran cada día que pasa cómo sus hijos van perdiendo para siempre la oportunidad de instruirse (ahora se suspenden las clases para que los dueños del Mundial de Futbol no pierdan espectadores).

Grave daño a la indispensable unidad nacional, perjuicio que se mantiene y agrava por la concepción reaccionaria de que, dada la providencial existencia de los ayudas para el bienestar, todos los que reclaman falta de soluciones a sus problemas no son más que vulgares chantajistas. En la medida en que esto continúe, los llamados a defender la soberanía nacional y la patria entera no tendrán ningún efecto tangible y efectivo y sólo nos quedará averiguar si se trató de errores involuntarios o una acción bien meditada. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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