Es evidente que Héctor Aguilar Camín eligió, sin ambages, contar una historia desde el poder con el discurso construido para reprimir la disidencia.
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En 2004, el viejo halcón estadounidense Zbigniew Brzezinski hablaba de la hegemonía de Washington en términos más o menos triunfales. Prácticamente no había oponentes fuertes para su país en los terrenos político y económico; tampoco parecían existir entidades nacionales o privadas que disputaran o amenazaran de alguna manera al hegemón en el terreno militar. Los escenarios bélicos más recientes de ese entonces, el Golfo Pérsico, los Balcanes e Irak, mostraban una amplia superioridad táctica por parte de EE. UU. Sin embargo, el propio Brzezinski advertía, entre otras cosas, que el poderío norteamericano no era insuperable, pues muchos actores internacionales débiles comenzaban a tener acceso a tecnología muy avanzada que les podría permitir responder contundentemente contra las tentativas del imperio estadounidense (cf. Z. B., El dilema de EE. UU., 2005; 25-59).
Esto es lo que pasó con Irán. La escalada contra este país ha planteado una situación inédita para EE. UU. e Israel. Y es que actualmente, a pesar de la superioridad militar y las armas nucleares en manos de los agresores, una victoria sobre Teherán parece poco probable. De ahí que, en fechas recientes, el gobierno estadounidense se haya visto obligado a detener sus bombardeos.
En términos cuantitativos brutos, los aliados parecerían superiores, especialmente considerando que cuentan con 143 millones de personas listas para hacer el servicio militar, frente a los 41 millones de Irán. Sin embargo, la distancia geográfica cambia el panorama: mientras Israel e Irán son vecinos en Oriente Medio, Washington está a miles de kilómetros. Para someter a 41 millones de iraníes listos para combatir y controlar los 1.6 millones de km² del país, Trump tendría que trasladar y mantener un enorme contingente en la región, así como destinar sumas muy fuertes de su fisco a la producción de proyectiles que puedan entrar sin problemas a Irán. El punto es, ¿puede la economía estadounidense sostener esto? ¿Su pueblo estaría dispuesto a apoyar una invasión tan costosa y lejana? Probablemente no.
En el caso de Irán se cumplen los temores de Brzezinski, pues en un mundo en el que las guerras actuales se libran principalmente por aire y mar, con aviones, drones y proyectiles de largo alcance, Teherán ha logrado acumular un poder de fuego que ha superado con creces las expectativas de sus agresores. De esto sobra evidencia en las redes sociales: circulan videos e imágenes auténticas que detallan la destrucción de ciudades y puertos israelíes, bases estadounidenses en países árabes, aeronaves norteamericanas, refinerías y plantas desalinizadoras de agua en el Golfo. De la misma manera, circulan videos de inmensos arsenales subterráneos iraníes con miles de misiles y drones, listos para despegar hacia Tel Aviv o la Península Arábiga.
Pero tal escenario es aún más ventajoso para Irán en la medida en que controla el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 por ciento del petróleo mundial. Este dominio estratégico ha impactado sobre los precios del combustible; incluso en las carreteras de México, en las gasolinerías, entre los transportistas y entre los vendedores de productos básicos como el maíz, se han sentido los efectos económicos de los cierres del tráfico petrolero en Ormuz. En suma, las bombas iraníes están causando una embolia al mercado mundial, esto es, al mercado movido por combustibles donde aún predomina la voz de Washington.
Los agresores esperaban, o cuando menos cacareaban, una posible rebelión interna contra el gobierno teocrático iraní. Pero este escenario parece muy lejano tras los ataques de marzo. La mayoría chiita del país –89 por ciento de la población, esto es, unos 82 millones de personas– respeta profundamente la figura del Ayatola. Entonces, ¿qué pensarían esos millones de personas cuando los gringos asesinaron al Ayatola Ali Jamenei? La resistencia mostrada y las manifestaciones masivas contra el intervencionismo sugieren que los iraníes están defendiendo a su Estado, erigiendo aquella unión poderosa que describía Clausewitz: la alineación de gobierno, ejército y pueblo contra el agresor
Ante este panorama, la única salida para un triunfo estadounidense sería el uso de bombas nucleares para destruir ciudades enteras; pero eso equivaldría a dispararse en todas las extremidades: destruiría millones de vidas en países aliados y enemigos, la radioactividad colapsaría economías regionales y el conflicto podría escalar a una guerra nuclear mundial con la intervención de China y Rusia, principales aliados nucleares de Irán. En conclusión, aquel escenario hipotético de Brzezinski, donde actores internacionales relativamente débiles podían responder al hegemón, se ha materializado. Irán ha demostrado que ya no es necesario ser una potencia nuclear para combatir e infligir derrotas importantes al imperio norteamericano.
Es evidente que Héctor Aguilar Camín eligió, sin ambages, contar una historia desde el poder con el discurso construido para reprimir la disidencia.
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Escrito por Anaximandro Pérez
Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.