Nos traslada, acá y allá, en el tiempo y en el espacio por distintas ciudades inventadas por algunos novelistas.
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Hace 124 años, cuando Irán y México firmaron su primer “Tratado de Amistad y Comercio”, probablemente muchos pensaron que se trataba únicamente de un acuerdo diplomático entre dos países lejanos; dos naciones separadas por océanos, idiomas y continentes.
Sin embargo, más de un siglo después, esa relación continúa viva, firme y cercana. Y quizás la razón sea mucho más humana y profunda de lo que suele aparecer en los titulares. Porque algunas amistades entre naciones no sobreviven únicamente por intereses políticos o económicos; sobreviven porque los pueblos se reconocen entre sí.
Desde que llegué a México hace cuatro meses, comprendí algo que jamás había imaginado antes: los mexicanos y los iraníes se parecen mucho más de lo que creen.
Lo descubrí no en reuniones diplomáticas ni en ceremonias oficiales, sino en los hogares, alrededor de una mesa, compartiendo comida, conversaciones largas y afecto sincero. Lo entendí observando algo muy simple pero profundamente humano: la manera en que los mexicanos se despiden.
En México, cuando una reunión termina, nadie se va inmediatamente. La despedida se prolonga. Se conversa unos minutos más en la puerta, luego otros más junto al automóvil, y después aparece una nueva anécdota, una nueva sonrisa, un nuevo abrazo. Nadie quiere irse rápido porque, en realidad, nadie quiere alejarse de las personas que aprecia.
En Irán ocurre exactamente lo mismo.
Para nosotros, la hospitalidad no es una formalidad social; es una expresión del corazón. El invitado no es una carga: es una bendición. La casa se transforma cuando llegan amigos o familiares, y las conversaciones parecen no terminar nunca. A veces, la despedida dura tanto como la visita misma. No porque falte tiempo, sino porque sobra cariño.
Por eso, viviendo en México, muchas veces me he sentido en casa.
He encontrado aquí la misma calidez humana que existe en Irán. El mismo respeto hacia la familia. La misma costumbre de abrir las puertas al visitante. La misma generosidad espontánea. El mismo deseo de compartir incluso cuando se tiene poco. Y también esa manera tan nuestra de convertir cualquier encuentro en un momento inolvidable.
Quizás por eso las relaciones entre Irán y México han logrado mantenerse durante 124 años con respeto y amistad. Porque, aunque nuestros pueblos sepan todavía poco el uno del otro, siempre ha existido una cercanía humana que se percibe casi de inmediato.
A veces pienso que nuestros abuelos ya entendían esto hace más de un siglo. Tal vez quienes firmaron aquel tratado en 1902 comprendieron algo que hoy seguimos descubriendo lentamente: que México e Irán no eran pueblos extraños, sino naciones con almas parecidas.
Dos pueblos orgullosos de su historia, profundamente familiares, amantes de sus tradiciones y capaces de encontrar dignidad incluso en los momentos difíciles.
Vivimos lejos en el mapa, pero cerca en muchas cosas esenciales.
Y quizás el verdadero valor de estos 124 años de relaciones entre Irán y México no esté solamente en los acuerdos diplomáticos ni en los intercambios oficiales, sino en esa sensación humana y sincera de reconocerse en el otro.
Porque hay países que se conocen por fronteras geográficas, mientras que hay pueblos que se reconocen por el corazón.
Nos traslada, acá y allá, en el tiempo y en el espacio por distintas ciudades inventadas por algunos novelistas.
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Escrito por Mohammad Reza Gilani
@MrezaG88