La pregunta suena sencilla, pero no lo es tanto.
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Durante todo el Siglo XX surgió en los círculos intelectuales latinoamericanos la discusión sobre la pertinencia de integrar nuestro universo cultural al llamado mundo occidental. Los escritores, filósofos y artistas de esta época se preguntaban por aquellos rasgos definitorios de sociedades marcadas por un pasado colonial reciente, con las profundas secuelas que dejaron en la psique colectiva los abusos de la esclavitud, los genocidios contra los pueblos originarios, los sistemas político-administrativos cimentados en ideologías racistas y la destrucción sistemática de códigos culturales como la lengua o la religión.
Muchas veces he escuchado, en diversos contextos intelectuales de América Latina (académicos, artísticos, políticos) la asunción expresa de que somos occidentales. “Nosotros como occidentales”, “aquí en Occidente”, “en nuestro pensamiento occidental”, etc. La afirmación se encuentra también a cada paso en la producción escrita y audiovisual de dichos círculos.
El debate no es sencillo. Enfocado históricamente, ha tenido por lo menos dos puntos álgidos. El primero, anclado profundamente en esquemas teóricos decimonónicos, nace hacia finales del Siglo XIX con el entusiasmo de las élites criollas nacionalistas ante la consumación de los penosos procesos de independencia política. Como obras mayores de este primer momento pueden enunciarse Nuestra América (1891), del cubano José Martí; Ariel (1900), del uruguayo José Enrique Rodó y, algo tardíamente, pero todavía en esa línea, La raza cósmica (1925), del mexicano José Vasconcelos. Con toda su originalidad y valor en la exploración de una problemática completamente nueva desde el punto de vista histórico, hoy debemos reconocer críticamente que estos enfoques asumen una especie de reapropiación del “modelo civilizatorio” europeo. Son estos marcos teóricos los que justifican las grandes “epopeyas educativas” de figuras como José Vasconcelos, en México; y Mário de Andrade, en Brasil. Proyectos altamente centralizadores y siempre amparados por el omnipotente poder estatal acompañaron acríticamente la fiebre modernizadora de los nuevos capitalismos latinoamericanos, no pocas veces arremetiendo frontalmente contra proyectos alternativos e incluso ejerciendo la violencia como política de Estado contra las resistencias culturales. Los abominables casos de exterminio, esterilización, “readaptación” o expulsión de comunidadesoriginarias durante las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del Siglo XX abrevan parcialmente de estos modelos teóricos.
La segunda ola, ya bien entrado el Siglo XX, rompe frontalmente con esta primera perspectiva. Los nuevos teóricos de la originalidad latinoamericana no cimentan sus sistemas en una extensión de la cultura occidental, sino que se asumen explícitamente víctimas del racismo, la esclavitud y el saqueo cometidos por siglos en nombre de Occidente; los intelectuales de este segundo momento ya no acompañan proyectos “modernizadores”, sino proyectos alternativos más o menos anticapitalistas, que cuestionan radicalmente las recetas occidentalizantes: el socialismo, la teología de la liberación o los proyectos de autogobierno indígena. A diferencia del primer grupo –cuyo proyecto caducó con el auge y posterior bancarrota neoliberal de sus proyectos de modernización capitalista–, las condiciones que sirven de tesis para esta segunda ola son absolutamente vigentes. Como nombres representativos puede citarse al peruano José Carlos Mariátegui, al brasileño Paulo Freire o al argentino Enrique Dussel. En realidad, esta corriente es tan prolífica que abarca a figuras de la política, de los círculos artísticos y hasta de la cultura de masas, donde la crítica al colonialismo cultural y la afirmación de una identidad latinoamericana autónoma encontraron también formas de expresión profundamente populares.
Basta un acercamiento superficial a los círculos intelectuales del norte global para enterarse de que, en Occidente, la producción intelectual surgida en la región latinoamericana es considerada menor –aunque no se enuncie así expresamente–. En Occidente nadie conoce a los filósofos argentinos, a los artistas colombianos, a los escritores mexicanos, a los científicos brasileños. Aunque los profesores argentinos, colombianos, mexicanos y brasileños se consideren occidentales y sigan dictando cátedra y escribiendo libros sobre filósofos alemanes y sobre artistas franceses.
La pregunta suena sencilla, pero no lo es tanto.
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Escrito por Aquiles Lázaro
Licenciado en Composición Musical por la UNAM. Estudiante de la maestría en composición musical en la Universidad de Música de Viena, Australia.