Si en México la educación es pública, universal, laica y gratuita, el Estado debería cumplir con esos principios básicos de nuestra Carta Magna.
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La pregunta suena sencilla, pero no lo es tanto. Estamos acostumbrados a pensar el arte como algo profundamente personal: la expresión de un individuo, de su sensibilidad, de su mundo interior. Bajo esa idea, parecería lógico decir que sí, que basta una sola persona para que exista el arte. Pero si miramos más de cerca, la cosa se complica.
Para empezar, habría que preguntarse: ¿qué hace que algo sea arte? No basta con que alguien dibuje, cante o escriba. Todos hacemos esas cosas en algún momento, pero no por eso todo se convierte automáticamente en arte. Para que eso ocurra, tiene que existir un marco compartido: formas de entender lo que se está haciendo, criterios –aunque sean flexibles– para reconocerlo, y, sobre todo, otras personas que puedan verlo, escucharlo o interpretarlo.
Incluso si imaginamos a un artista completamente aislado, su trabajo no nace de la nada. Las herramientas que usa, las ideas que tiene sobre lo que está bien o mal hecho, los estilos que imita o rechaza, todo eso lo aprendió en algún momento. Es decir, viene de otros. Aunque esté solo en el presente, no lo está en lo que hace: su obra está llena de huellas de una experiencia colectiva previa.
A veces se dice que el arte es una experiencia individual, y en parte es cierto. Cada quien siente una obra a su manera. Pero incluso esa experiencia depende de algo que compartimos. Sabemos que estamos escuchando música –y no sólo ruidos cotidianos del entorno– porque hemos aprendido a reconocer ciertos sonidos como música. Entendemos una imagen como representación porque estamos acostumbrados a ver imágenes de ese tipo. Nada de eso es completamente espontáneo: lo aprendemos viviendo con otros.
Pensemos en algo muy simple: escribir. Una persona puede hacer marcas en una hoja estando sola, pero esas marcas sólo se convierten en texto si pertenecen a un sistema que otros también entienden. Lo mismo pasa con el arte. No se trata sólo de hacer algo, sino de que eso que se hace pueda entrar en un mundo de significados compartidos.
Esto no quiere decir que el arte dependa de agradar a los demás o de cumplir reglas estrictas. Puede ser experimental, raro, incluso incomprensible para muchos. Pero aun así, necesita un contexto donde pueda existir como arte, donde alguien –aunque sea en el futuro– pueda reconocerlo como tal.
Por eso, la idea de un arte completamente separado de la sociedad resulta difícil de sostener. No porque el individuo no sea importante, sino porque lo que hace sólo cobra sentido dentro de una red de relaciones: lenguajes, costumbres, formas de ver y de escuchar que construimos entre todos.
En el fondo, preguntarse si puede haber arte sin sociedad es como preguntarse si puede haber una conversación con una sola persona. Se pueden decir cosas en voz alta, claro, pero sin alguien más –real o imaginado– que pueda entenderlas, eso difícilmente se convierte en diálogo. Con el arte pasa algo parecido: sin ese espacio compartido, lo que queda es una actividad, pero no necesariamente arte.
Si en México la educación es pública, universal, laica y gratuita, el Estado debería cumplir con esos principios básicos de nuestra Carta Magna.
Fue también editor especialista en la Dirección General de Publicaciones de la UNAM y es autor del célebre manual Cómo presentar originales y corregir pruebas para su edición.
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Escrito por Aquiles Lázaro
Licenciado en Composición Musical por la UNAM. Estudiante de la maestría en composición musical en la Universidad de Música de Viena, Australia.