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Un filme paradigmático del Realismo Soviético es La balada del soldado (1959), de Grigori Chukrai; insuperable porque se trata de una película con el sello característico de la corriente que impulsa a las masas a ser las creadoras de la historia. La cinta –como sostienen algunos críticos actuales y del pasado– no es propiamente una expresión de la “desestalinización”, valga la expresión, sino un filme que exalta el heroísmo del pueblo que salvó a la humanidad entera de la barbarie del fascismo alemán. Es también un canto a la vida, es un himno a lo mejor que puede brindar el ser humano, manifestado en situaciones difíciles a las que cualquier individuo se somete.
El protagonista es Aliosha (Vladimir Ivashov), un joven soldado de apenas 19 años, quien tiene la misión de estar en el frente de batalla para informar del avance de los tanques enemigos. En esos avatares tan duros, en alguna ocasión, cuando los tanques alemanes casi lo abaten, él, en su huida, logra apoderarse de un arma antitanque y destruye a dos de las infernales orugas. Esta hazaña es reconocida por el comandante de su ejército, quien propone que reciba una medalla. Cuando es llamado por este oficial a su despacho, Aliosha le solicita canjear la medalla por tres días libres para visitar a su madre y ayudarla a reparar el techado de su casa.
El comandante no le concede tres, sino seis días para visitar a su madre; antes de emprender su camino, Aliosha recibe el encargo de un camarada soldado para que lleve jabón a su esposa (algo muy preciado en aquel momento, cuando la producción de algunos artículos era reducida por los requerimientos para la defensa de la patria). Cuando Aliosha llega a la casa de la esposa de su compañero, observa que la mujer tiene un amante. El joven soldado sale profundamente molesto (este problema de la infidelidad o traición de algunas mujeres hacia sus esposos, cuando éstos están en el frente de batalla, es un tema tratado en distintos filmes, tan sólo por recordar dos, están La delgada línea roja, de Terrence Malik y Cuando pasan las cigüeñas, de Mikhail Kalotozov.
Después, Aliosha conoce, en el tren en que viaja, a un soldado al que se le amputó la pierna por una herida en el combate; el joven soldado le ayuda con su maleta, pero el soldado minusválido, ante su lamentable situación, se resiste a llegar a su destino y encontrarse con su mujer, pues piensa que ella lo rechazará o tal vez ya lo abandonó; Aliosha lo convence de que llegue con su mujer. Cuando se encuentran los esposos en la estación de ferrocarril, el soldado tullido es recibido con mucho afecto por su esposa.
La tercera historia que vive Aliosha es la de él mismo. Durante su viaje en tren, repentinamente sube a hurtadillas una muchacha, Shura (Zhanna Prokhorenko), quien al notar la presencia de Aliosha, siente miedo de ser abusada. Sin embargo, muy pronto se percata de que el joven soldado es respetuoso y, sobre todo, de buen corazón; ella le advierte que tiene un prometido y viaja para encontrarse con él. Los dos jóvenes se van conociendo y se va desarrollando en ellos un sentimiento profundo. Ella le confiesa que le mintió, que en realidad no tiene ningún pretendiente. Pero se tienen que separar
En unas secuencias de antología, con unos encuadres de maravillosa factura, Grigori Chukrai nos ofrece una narrativa esplendente, un poema visual lleno de intensa ternura y de un profundo aliento humanista. Aliosha llega finalmente a su pueblo, pero sólo puede ver a su madre unos momentos, pues se había demorado para ayudar a otras personas y ahora le queda poco tiempo para regresar al frente de batalla. Se aleja en una vieja camioneta mientras su madre lo ve partir en el camino polvoriento. Nunca lo volverá a ver; Aliosha, como millones de soviéticos, muere en la “Gran Guerra Patria”. La balada del soldado es una historia de gran aliento humano; narra la vida y el amor que se mueven en el ámbito de la muerte y la destrucción. La balada del soldado es una joya de la cinematografía mundial.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA