Pocas veces, una cinta como Cuando vuelven las cigüeñas (1954), del soviético Mijail Kalatazov, logra ser una obra de arte de alto contenido artístico y, sobre todo, reflejar el arte cinematográfico de forma realista y poética.
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Las cintas que abordan historias ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial son tal vez las más numerosas de toda la filmografía global. Y esto no es ninguna casualidad, pues la Segunda Guerra Mundial es el acontecimiento histórico más trascendente de la historia de la humanidad. Sin embargo, lo ocurrido en esta gigantesca conflagración tiene narrativas acordes a los intereses económicos y políticos de quienes cuentan la historia. Por ejemplo, en su inmensa mayoría, las cintas filmadas en Estados Unidos (EE. UU.) son películas apologéticas que presentan a la superpotencia imperialista como la nación que logró vencer al fascismo alemán y japonés.
También es una temática muy frecuente que en el cine norteamericano y europeo occidental se presente al holocausto judío como la mayor tragedia jamás sufrida por pueblo alguno durante la Segunda Guerra Mundial y, por lo tanto, los ejércitos y políticos estadounidenses son presentados como los mayores “humanistas”, salvadores del pueblo judío.
Hay una distorsión maniquea bien calculada de los que financian, dirigen y distribuyen la industria cinematográfica gringa pues, desde hace décadas, las élites de EE. UU. entendieron que es fundamental, para ejercer el control económico y político sobre la mayoría del planeta, hacer “un lavado” sistemático y continuo del cerebro a miles de millones de personas, pues la guerra por el control del mundo es también una guerra cognitiva. Sin embargo, ambas narrativas son totalmente falsas, pues quien salvó a la humanidad de la barbarie fascista fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y quien sufrió el genocidio más terrible y grande fue precisamente la URSS.
En la URSS, casi el 80 por ciento del ejército nazi fue aniquilado mientras los gobiernos de EE. UU. y de países aliados de Europa occidental especulaban con la guerra, pues deseaban que Hitler acabara con la sociedad comunista y por eso no abrieron el frente occidental, permitiendo que la URSS sufriera la destrucción de buena parte de su planta industrial y que sus campos agrícolas y ganaderos fuesen arrasados.
Fue el Ejército Rojo el que quebró la espina dorsal de la Wermacht en Stalingrado y la hizo retroceder hasta Berlín, donde Alemania capituló ante la URSS en mayo de 1945. La otra falsedad monumental consiste en afirmar que el mayor genocidio en la Segunda Guerra Mundial fue contra los judíos (los nazis aniquilaron a poco menos de seis millones de hebreos); el mayor genocidio fue el que perpetraron los nazis contra el pueblo soviético (más de 27 millones de personas asesinadas por el fascismo alemán).
Esos incuestionables hechos históricos llevaron a la industria cinematográfica soviética primero –y luego a la rusa– a narrar innumerables historias enmarcadas en la Segunda Guerra Mundial, que ofrecieron como resultado una nutrida pléyade de películas cuya mayoría exalta la gran hazaña histórica, a tal grado que este género se convirtió en un pilar de la identidad cultural del pueblo soviético. Así se filmaron cintas bélicas como El acorazado Potemkin (1925) y Alexander Nevski (1938) de Serguei Eisenstein. En El acorazado Potemkin podemos afirmar que el cineasta sienta las bases del realismo socialista como tendencia artística del cine, que se desarrollaría con connotaciones nuevas e influyendo poderosamente en otras cinematografías; fue muy notoria particularmente la influencia en el Neorrealismo italiano. Eisenstein nos presenta la rebelión de los marineros del acorazado en 1905, en Odesa, por las pésimas condiciones de alimentación y la opresión del régimen zarista; en la cinta, el protagonista principal no es un héroe individual, es la masa sublevada (cine coral), filme en que actúan principalmente actores no profesionales.
En las cintas bélicas más destacadas del cine soviético y del ruso se puede encontrar no sólo cine de alta calidad artística, sino la visión de un pueblo heroico que muestra al mundo la grandeza de su lucha por vencer a los enemigos del progreso.
Pocas veces, una cinta como Cuando vuelven las cigüeñas (1954), del soviético Mijail Kalatazov, logra ser una obra de arte de alto contenido artístico y, sobre todo, reflejar el arte cinematográfico de forma realista y poética.
En pleno auge de la Guerra Fría, el filme soviético Aquí los crepúsculos son más apacibles (1972), del realizador Stanislav Rostotki, da un ejemplo del buen cine realizado en aquel país durante décadas.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA