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Agustín de Iturbide proclamó el Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821. Este documento ponía sobre la mesa la independencia de la Nueva España, tratando de aglutinar a todas las fuerzas políticas del reino en torno a tropas rebeldes del ejército virreinal que siguieron a ese comandante contrainsurgente. El plan rompía con España, pero no con la monarquía como régimen para el México independiente. De la misma manera, otorgaba a los insurgentes populares la posibilidad de lograr la independencia por la que habían luchado más de diez años, pero sólo podrían obtenerla subordinándose a sus antiguos enemigos contrarrevolucionarios, formados ahora como Ejército de las Tres Garantías, y a las élites tradicionales del virreinato.
El Impero mexicano que nació después de la entrada triunfal de las fuerzas trigarantes a la capital del país fue algo casi tan injusto con las masas del campo y la ciudad como lo era el virreinato novohispano. Salvo por contadas excepciones de antiguos insurgentes que devinieron caciques gracias al independentismo, los pobres siguieron siendo pobres y los ricos siguieron siendo ricos. De la misma manera, los hombres que se hicieron de la política, los antiguos militares, inauguraron varias décadas de inestabilidad interna, cuyos eventos más notables fueron rebeliones, pronunciamientos, conquistas extranjeras humillantes. Estas circunstancias se prolongaron, manteniendo a México en un estancamiento social cuando menos hasta la revolución de Ayutla (1854).
¿Por qué ocurrió esto? Es una pregunta con varias respuestas. En todo caso, puede decirse que las cosas fueron así fundamentalmente por el desarrollo de la guerra de independencia. Este conflicto involucró un levantamiento popular inédito. Muchos millares de personas del campo y la ciudad se movilizaron para terminar con el gobierno español de México. Antes de 1810 existieron, desde luego, grandes alzamientos; sin embargo, todos habían ocurrido en áreas exclusivas del reino y, estando acotadas a regiones específicas o a exigencias limitadas de carácter económico, habían sido fácilmente reprimidas. En cambio, con Hidalgo y los jefes rebeldes que siguieron la causa insurgente, se levantaron mucho más de 80 mil hombres, es decir, mucho más que la población entera de Puebla, la segunda ciudad más importante del reino (con unos 80 mil habitantes).
La insurgencia adquirió muy pronto el carácter de una guerra de guerrillas generalizada por toda Nueva España. Esto fue un reto importante para las tropas del rey, pero muy pronto quedó claro que la insurgencia no podía funcionar como ejército o como movimiento unificado si carecía de líderes. Por eso las fuerzas armadas virreinales derrotaron, capturaron, ejecutaron y decapitaron a Miguel Hidalgo e Ignacio Allende; por eso ejecutaron como traidor a José María Morelos. La saña contra los líderes fue tal, que las cabezas de los rebeldes capturados junto con Hidalgo quedaron expuestas a la intemperie, colgadas y pudriéndose en las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas cuando menos durante 10 años.
La derrota de los caudillos de la insurrección facilitó el dominio territorial de las fuerzas armadas del rey. Éstas continuaron sus progresos, descabezando a los grupos guerrilleros, mutilando y exponiendo los despojos de sus líderes y dominando por la fuerza a los pueblos que colaboraban con el enemigo. De la misma manera, las tropas del rey encontraron aliados muy importantes entre los miembros del clero y las élites que dominaban los pueblos y las tierras. Ambas fuerzas coincidieron en el interés común de exterminar la rebelión popular en las regiones que dominaban y, eventualmente, cuando encontraron que su alianza podía funcionar y mantenerlos al frente del país sin la tutela del virrey, separados de la monarquía española, optaron por formar la trigarancia e independizar México.
Así prosperó el Plan de Iguala. Pero también así nació el inestable México independiente, cuyos problemas internos repercuten hasta hoy. Salvo por la confluencia independentista, esas fuerzas económicas y militares nunca estuvieron de acuerdo entre sí. Una vez que desapareció el virreinato reiniciaron las luchas fratricidas por el poder. Estos choques llevaron al gobierno a distintos grupos políticos formados al calor de la guerra y encabezados por antiguos combatientes (Iturbide, Victoria, Guerrero, Bustamante, Herrera, Santa Anna, etc.), pero también mantuvieron sumidos en el atraso a los pueblos que sostuvieron el conflicto con sus vidas y recursos.
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Escrito por Anaximandro Pérez
Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.