En Inglaterra, una mujer soltera llamada Mary Wollstonecraft publicaba un libro llamado Vindicación de los derechos del hombre.
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Es más o menos claro que vivimos en un mundo interconectado, que lo que pasa en un país no es solamente importante para los miembros de dicha nación, sino que también lo es para todos aquellos que comparten un destino común, quienes analizan lo que consideran de utilidad. Por alguna razón, la conciencia inmediata tiende a defender o criticar de manera abstracta lo que hace un gobierno, según encaja o no en la propia visión. Es decir, se apoya todo lo que una idea general indica que es bueno y se critica lo que considera malo.
Pero las cosas son, en realidad, mucho más complejas y es necesario estudiarlas con cierta profundidad para poder ofrecer una evaluación más detallada de lo que consideramos correcto o incorrecto. Cualquiera puede pensar lo que sea, pero para dar una opinión válida, hay que exigir algunas condiciones con el propósito de que esa opinión no sea perjudicial, como que se maneje información verídica y contrastada, así como que la opinión sea el producto de ese trabajo de información, en donde, por lo tanto, lo que se ofrezca sea una opinión informada.
En estos días de conmoción social, se ha observado la tendencia a callar las bocas de quienes opinan sobre los asuntos de otros países. No se puede hablar de la invasión a otros países si no eres de ahí, no puedes hablar de un conflicto territorial si no eres directamente perjudicado, o de la masacre en Gaza, etc. El problema no está en exigir una opinión informada, lo cual es correcto, como ya se dijo, sino en la tentativa de no contribuir al debate abierto sobre temas que nos interesan a todos.
Ya no estamos en tiempos en los que lo que pase en otro país o en el otro lado del mundo no tenga repercusión en nuestras vidas. La invasión a cualquier país nos pone en situación de pensar en nuestras propias condiciones; es más, lo hace necesario. Podemos opinar de Venezuela no como venezolanos, o de Argentina no como argentinos, sino como parte de un mundo que está sufriendo los estragos de la misma lógica económica.
El destino que compartimos está más conectado de lo que parece. Las grandes potencias se esfuerzan por presumir su poder y su autosuficiencia, pero en realidad cada uno de los movimientos que realizan en el plano nacional e internacional nos muestran su frío cálculo y cada vez queda más claro que lo que buscan no es un bien colectivo, sino el suyo propio.
Por esto, hoy más que antes, hay que defender la libertad de prensa, a la vez que se exige que ésta informe de manera correcta lo que está pasando en el mundo. La verdad sólo puede alcanzarse mediante la lucha entre las distintas opiniones que aporten algo al análisis de un problema. Siempre que tengan una idea que comunicar, hay que defender la libertad de pensar y de prensa, como dijo Heine alguna vez: “donde no hay libertad de prensa, no hay libertad de pensamiento”. Las ideas tienen que ser comunicadas, y si hay razones para creer lo que se cree, quien no esté de acuerdo con los planteamientos expresados debe responder oponiendo otros razonamientos. Hay que acostumbrarnos a atacar las ideas, a debatir con el razonamiento propio.
Como se sabe, es verdad que el pensamiento ocurre desde la parcialidad; es decir, todos nos formamos con ciertas ideas dependiendo del medio que nos rodea, pero este medio no nos aísla totalmente del pensamiento universal. Debemos buscar cómo conectar nuestra particularidad, aquello que nos tocó vivir, con los intereses y preocupaciones de toda la humanidad. Es evidente ahora que no podemos dejar pasar los problemas del mundo como si no nos afectaran, los fenómenos cada vez nos repercuten más independientemente de si lo queremos o no, las enfermedades, las crisis económicas, los afanes de dominación de las naciones que quieren imponer su poder a otras y que, ahí sí, quieren que todo mundo acepte su opinión como la verdad universal.
En Inglaterra, una mujer soltera llamada Mary Wollstonecraft publicaba un libro llamado Vindicación de los derechos del hombre.
La razón de la historia, es decir, aquello que explica el movimiento social y los cambios históricos en las distintas etapas históricas, no son las figuras de los grandes hombres.
Las luchas sociales en sí mismas no son revolucionarias.
Su primera novela fue Lanark, una vida en cuatro libros. En
El texto de Paul Lafargue El derecho a la pereza no puede ser entendido propiamente como una utopía, al menos no en el sentido clásico del término.
Cada cual construye sus memorias y elige si éstas serán un fardo o un acicate para la construcción del futuro
La naturaleza es uno de esos conceptos que pueden dar lugar a diferentes interpretaciones según el punto de vista desde el que se estudie.
En su diálogo Fedro, Platón nos invita a preguntarnos qué significa realmente la buena escritura y cómo un discurso puede llevarnos a descubrir la verdad.
La crítica de Morena y las medidas que adopta para combatir el capitalismo son superficiales.
Uno de los principios básicos de las sociedades capitalistas es el individuo.
La productividad se erige como una virtud moral fundamental para el capitalismo, pero no porque se conciba como un valor moral, sino porque sirve a sus intereses específicos.
Durante los últimos años, las sociedades han prestado mucha atención a la naturaleza. Esta revaloración, en parte, se explica por los cambios drásticos que los ecosistemas sufren debido a la transformación humana en ellos.
Vivir acorde con la naturaleza
Es necesario aprender críticamente de lo que leemos.
La auténtica tradición política en favor de los sectores oprimidos y explotados no es relativista.
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Escrito por Alan Luna
Maestro en Filosofía por la UAM.