Filosofía
Moral abstracta y errores concretos
La libertad, como uno de los pilares morales y éticos más importantes para la vida colectiva y el desarrollo de los pueblos, las naciones y las personas.
Comenzar con una frase como “En días recientes, el mundo en general y nuestro país en particular han experimentado fuertes convulsiones políticas y sociales…” puede considerarse ya un lugar común, pues en el mundo y en México suceden constantemente acontecimientos que obligan a la población a detenerse un momento para reflexionar sobre el estado de nuestro entorno. Sin embargo, que sea un lugar común no significa que deje de ser cierto, y menos después de lo sucedido a finales de febrero en México, a inicios de enero en Venezuela o a finales de enero en Irán, por mencionar sólo algunos casos.
Sin pretender ofrecer aquí explicaciones detalladas de estos fenómenos, quisiera más bien enfocarme en una de las contradicciones más inmediatas que estos casos, aparentemente aislados de la situación general, presentan cuando se les coloca frente a los principios morales que constituyen el marco común de la humanidad en el Siglo XXI. La libertad, como uno de los pilares morales y éticos más importantes para la vida colectiva y el desarrollo de los pueblos, las naciones y las personas, siempre y cuando se ejerza respetando el orden preexistente que “posibilita” su ejercicio. La paz, tan preciada para la humanidad después de los horrores producidos por las dos Guerras Mundiales del Siglo XX y tan indispensable para asegurar un entorno estable que permita el desarrollo de personas, pueblos y naciones. Sin embargo, por razones más o menos aceptadas por la comunidad internacional, existen naciones –siendo Palestina el caso más desgarrador– que no conocen ese estado de paz necesario para el desarrollo de sus ciudadanos y de sí mismas.
Pero, así como se mencionan estos dos principios, la libertad y la paz, podría hacerse lo mismo con varios, si no con todos, los conceptos que constituyen la base del Estado y de la comunidad modernos. Puede observarse claramente que, así como hay un lado brillante y universal que parece sostenerse y justificarse por sí mismo, existe otro que revela lagunas no sólo en la aplicación de esos valores, sino en su propia constitución conceptual.
Aunque un ejercicio de revisión a contrapelo resulta necesario, sería un error descartarlos de manera abstracta. Cada uno de estos conceptos condensa la experiencia humana en el proceso de su desarrollo. Nombrar genéricamente este proceso como un camino de ascenso o de descenso eterno no ayuda a clarificar la cuestión; por el contrario, contribuye a agudizar la percepción de que poco o nada puede hacerse para cambiar un rumbo previamente decidido por voluntades desconocidas e independientes de nosotros.
Y, sin embargo, es indispensable señalar las deficiencias, faltas y errores que el ejercicio y la expansión de estos principios entrañan. Primero, porque ese otro lado tiene consecuencias que afectan directamente a personas, comunidades y naciones y que pueden pasar desapercibidas si sólo nos acercamos a estos principios desde su carácter positivo, pero que muestran el trecho que aún falta recorrer para que todas las personas puedan gozar de los avances alcanzados por la humanidad hasta ahora. Segundo, porque señalar con claridad y con argumentos sólidos estas deficiencias nos obliga a pensar en alternativas que realmente incluyan a los grupos históricamente marginados. Y tercero, porque sólo con una idea clara, no edulcorada ni engrandecida, es posible emprender acciones efectivas para transformar una realidad que, aunque en sus principios incluye y beneficia a toda la humanidad, en los hechos todavía le debe mucho a buena parte de ella.
Escrito por Jenny Acosta
Maestra en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana.