La unidad entre práctica y teoría remite, en suma, a la tesis según la cual “el conocimiento es acción” y “el hombre no conoce bien más que lo que sabe hacer”, idea cuyo descubrimiento se atribuye a Sócrates.
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Aristóteles decía que el ser humano es un animal político. A pesar de quienes defienden el individualismo como sustento y principio activo de la vida social, esta caracterización sigue vigente sin importar los años y diferencias culturales que hay entre Aristóteles y nosotros. Esta vida en colectivo tiene, como una de sus implicaciones directas, que los actos que cada persona realice no la afecten únicamente a ella, sino a un grupo de extensión y cercanía variada. Pensemos en las decisiones de la presidenta de México: no la afectan sólo a ella, sino al país entero y a las naciones con las que México tiene vínculos más estrechos. Y así también, aunque en una proporción más pequeña, sucede con las decisiones que tome la directora de una primaria sobre la escuela, o las que toma cada persona sobre su vida. Pausemos el desarrollo de esta primera idea para enfocarnos en la contraparte de la existencia social del ser humano, es decir, su existencia como individuos.
Aunque el ser humano sea un animal político, la forma de esa vida política ha sido diversa, así como diferente ha sido la forma en que se constituye lo que es una persona, individuo o ciudadano. En la antigua Grecia, por ejemplo, no existía una concepción de la persona separada del conjunto social: se esperaba que las acciones de cada quien estuvieran alineadas con las normas que sostenían el tejido colectivo. Sin embargo, esta preeminencia de lo social sobre lo individual ya no es la constante en las sociedades romanas. En Roma emergen las condiciones para que las personas se conciban con una personalidad propia y reflexionen sobre sí mismas desde una posición que no está del todo determinada por la norma social. En las sociedades capitalistas podemos concebir a las personas como seres independientes de su estructura social, por mucho que esta estructura las determine, porque reconocemos que la persona no se constituye únicamente por la norma social de su contexto.
Esta separación del individuo de su contexto social permite, entre otras cosas, que las personas se conciban a sí mismas con un contenido independiente de ese contexto social; que cada quien pueda separarse de acciones o contextos en los que no considera que su ser se ve reflejado. Sin embargo, esto también abre la puerta a que las personas sostengan que sus actos no siempre reflejan lo que son; que hay un interior que no coincide con lo que se exterioriza. Normalmente esta incongruencia aparece cuando la acción resultó en perjuicio de su autor, cuando un resultado negativo obliga a que la persona reflexione sobre por qué actuó como lo hizo. Esa idea funciona como justificación: si lo negativo “no soy yo”, no hay nada qué examinar ni que cambiar. La persona queda a salvo de sí misma, pero también imposibilitada para transformarse.
En el contexto de las sociedades capitalistas difícilmente se puede dejar esta reflexión en el nivel del individuo, ya que para que el capital pueda continuar necesita que las personas trabajen a favor de la ganancia y no del mejoramiento de sí mismas. La mayoría no puede dedicar su vida a un proyecto propio, uno con el que se identifique y en el que pueda desarrollarse en la dirección que desea. La tensión, entonces, no es únicamente interior: está también en una estructura social que exige que las personas vivan para satisfacer necesidades ajenas. Superar esta separación exige transformar el contexto social que obliga a las personas a vivir como ajenas a sí mismas.
La unidad entre práctica y teoría remite, en suma, a la tesis según la cual “el conocimiento es acción” y “el hombre no conoce bien más que lo que sabe hacer”, idea cuyo descubrimiento se atribuye a Sócrates.
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Escrito por Jenny Acosta
Maestra en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana.