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El derecho a la pereza
El trabajo excesivo generado por la dictadura económica del capitalismo mutila la integridad del ser humano, pues no lo considera como alguien que tiene múltiples capacidades reflexivas, sino como mera herramienta de trabajo.
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Muchas personas en la sociedad moderna viven alejadas del tiempo libre. Esto ocurre porque el acelerado ritmo de vida les impide recrear su espíritu a través del ocio, relacionarse íntimamente con las cosas; y su pensamiento se vuelve utilitario o pragmático debido a la necesidad de subsistir o sobresalir en la competencia.

Lo urgente para estas personas es la producción y reproducción de utilidades sin detenimiento y a un ritmo monótono. Albert Camus lo describe en El mito de Sísifo: “Levantarse, coger el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo”.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la población mexicana tiene la mayor carga laboral (42 horas a la semana), en contraste con las demás naciones que la conforman (33 horas). Además, un estudio de opinión del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) reveló que las mujeres tienen tres veces más trabajo no remunerado (principalmente tareas domésticas), en comparación con los hombres, ya que dedican al menos 40 horas semanales a tareas hogareñas, mientras los hombres solo 13.

La necesidad de trabajar incesantemente es una característica sine qua non del sistema mercantil moderno, pues los negocios deben sostener y multiplicar sus ganancias para que sus dueños las reinviertan en otras empresas y porque el “metabolismo” del capital los obliga a producir y ganar más, lo que logran con la explotación de los trabajadores y el uso de la tecnología, que está cada vez más avanzada.

Sin embargo ésta, que desde el punto de vista humano debería ahorrar el trabajo de obreros y empleados para que dispongan de más ocio y descanso, es utilizada solo para acelerar la producción de plusvalor relativo; y en lugar de cumplir con el objetivo para el que es creada –la recreación humana– está generando el desplazamiento de los trabajadores.

El trabajo excesivo generado por la dictadura económica del capitalismo mutila la integridad del ser humano, pues no lo considera como alguien que tiene múltiples capacidades reflexivas sino como mera herramienta de trabajo. El ocio concebido en las repúblicas de la antigua Grecia, hoy es irrealizable en la mayoría de los países. En general, no hay tiempo para la ciencia, el derecho y el arte, valores espirituales que son valiosos en sí mismos y no simples medios para alcanzar ganancias económicas.

Por eso, en su obra El derecho a la pereza, Paul Lafargue critica legítimamente el trabajo inhumano: “Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista”.


Escrito por Betzy Bravo

colaboradora


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