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Como ha escrito magistralmente Horacio Tarcus, en su obra imprescindible La Biblia del proletariado, la historia de las traducciones y ediciones de El capital puede comprenderse dentro de lo que Pierre Bourdieu denominó la circulación internacional de las ideas. Entre los numerosos textos del siglo XIX que seconcibieron como instrumentos para la emancipación del proletariado, ninguno alcanzó un grado de legitimidad comparable al de la obra de Karl Marx. Se trata de un libro de enorme densidad conceptual cuyo elevado nivel de abstracción provocó una paradoja: fue, con frecuencia, más citado y reverenciado que efectivamente leído.
El recorrido editorial y las diversas traducciones de la obra mayor de Marx constituyen un elemento central para comprender su recepción en el mundo hispanohablante. El manuscrito de El capital atravesó un largo proceso de elaboración. El investigador Roman Rosdolsky llegó a identificar al menos catorce reformulaciones del plan de la obra entre septiembre de 1857 y 1868, lo que muestra el carácter abierto y cambiante del proyecto intelectual.
En primer lugar, la primera edición de El Capital de Marx fue una empresa compleja ya que apenas consiguió un editor dispuesto a asumir el riesgo de publicar el primer volumen. El encargado fue Otto Meissner, establecido en Hamburgo. Así, en 1867 apareció la primera edición con una tirada de mil ejemplares. La recepción inicial fue más bien fría: los economistas de la época ignoraron el libro, mientras que Friedrich Engels debió redactar de manera anónima las primeras reseñas para promover su lectura. Tras la muerte de Marx, Engels asumió la tarea de ordenar y publicar los manuscritos restantes. De este modo, el segundo y tercer volumen vieron la luz en 1885 y 1894, respectivamente, también bajo el sello editorial de Meissner en Hamburgo.
La primera traducción del libro apareció en ruso, hecho que sorprendió al propio Marx. El proyecto surgió en el seno de la Sociedad del Rublo de San Petersburgo, vinculada a sectores de la juventud populista revolucionaria. Inicialmente el trabajo fue encomendado al físico y matemático Lopatin, pero su deportación en 1869 interrumpió la tarea. Entonces, como menciona Tarcus, se recurrió a Mikhail Bakunin, quien años antes había traducido el Manifiesto del Partido Comunista. Sin embargo, su participación no pasó de los primeros pliegos. Finalmente, el economista Nikolai Danielson completó la traducción. El primer volumen logró superar la censura zarista y se publicó en Rusia en 1872 con una tirada de tres mil ejemplares.
La segunda gran traducción fue la francesa, realizada por Joseph Roy entre agosto de 1872 y mayo de 1875. Esta edición contó con la supervisión directa de Marx, quien intervino activamente en el proceso. Precisamente a partir de las ediciones alemana y francesa la obra comenzó a difundirse en el mundo hispanohablante.
El ingreso de El capital a los espacios de lengua española se produjo inicialmente a través de la versión francesa de Roy. En 1873 Marx envió desde Londres los primeros fascículos a su corresponsal en Buenos Aires, el internacionalista belga Raymond Wilmart. La carta de recepción enviada por Wilmart constituye una de las primeras evidencias documentales de la circulación de la obra en América Latina.
Siguiendo la obra de Tarcus, en España, el grupo madrileño La Emancipación comenzó a difundir esos fascículos. Sin embargo, el contexto ideológico del movimiento obrero español estaba entonces dominado por el anarquismo. La llegada en 1871 de Paul Lafargue y su relación con los redactores del periódico contribuyeron a generar tensiones con las posiciones bakuninistas, alineando a una parte del grupo con el marxismo. A pesar de ello, la penetración de estas ideas fue todavía limitada.
Más que una historia estrictamente nacional, la circulación de El capital en lengua española debe entenderse como un proceso trasatlántico que vinculó a Europa y América Latina.
La primera traducción completa al castellano fue realizada por Pablo Correa y Zafrilla, abogado vinculado al republicanismo. Posteriormente aparecería la traducción de Juan B. Justo, considerada durante décadas la versión más lograda en español antes del trabajo de Pedro Scaron, debido a su esfuerzo por conservar con precisión los conceptos centrales del pensamiento de Marx.
Durante la década de 1920 el interés editorial por la literatura marxista creció notablemente. La editorial Aguilar publicó entonces la primera edición en castellano que reunía en un solo volumen los tres libros de El capital. Su propietario, Manuel Aguilar, recordaba con ironía el éxito comercial de la empresa: la venta de tres mil ejemplares le permitió comprar un Chrysler Imperial. Años después, durante la Guerra Civil española, el automóvil fue requisado por milicianos comunistas, lo que lo llevó a comentar con humor que Marx se lo había dado y Marx mismo se lo había quitado. El responsable de aquella traducción fue Manuel Martínez Pedroso, especialista en derecho internacional y ciencia política.
Sin embargo, esta versión fue objeto de duras críticas. Poco después de su aparición, un joven jurista español la cuestionó severamente en la revista Bolchevismo, órgano teórico del Partido Comunista de España. En el contexto político del llamado “tercer período”, marcado por la estrategia de confrontación entre comunistas y socialdemócratas, el crítico calificó la traducción de profundamente defectuosa y plagada de errores que deformaban el pensamiento de Marx.
Ese joven jurista era Wenceslao Roces. Su propia traducción terminaría imponiéndose durante varias décadas y dominaría el panorama editorial hasta la aparición de una nueva versión crítica.
En Argentina, tras el golpe militar que en 1955 derrocó al presidente Juan Domingo Perón, se abrió un período caracterizado por una intensa politización cultural y por la expansión del marxismo en los círculos intelectuales.
En ese contexto surgió el proyecto editorial de Signos, que en 1970 lanzó un ambicioso programa de ediciones críticas de Marx. Entre sus rasgos distintivos se encontraba una decisión simbólica pero significativa: abandonar la castellanización tradicional de los nombres propios y utilizar en portadas y títulos la forma original “Karl Marx” en lugar de “Carlos Marx”.
La nueva traducción introdujo además innovaciones conceptuales. Una de las más debatidas fue la elección del término “plusvalor”, en lugar del ya consolidado “plusvalía”. El objetivo era preservar con mayor fidelidad la relación morfológica existente entre ciertas categorías del alemán utilizadas por Marx.
El responsable de esta audaz propuesta fue el traductor uruguayo Pedro Scaron. Su biografía es relativamente poco conocida. Según testimonios de su amigo Luis Sabini Fernández, Scaron nació en Montevideo en 1931 y murió exiliado en París en 2014. Autodidacta riguroso, aprendió alemán y ruso por cuenta propia a partir de sus lecturas.
En su juventud participó en diversas experiencias comunitarias: primero en un experimento de inspiración cristiana en la selva paraguaya y luego en la Comunidad del Sur, un proyecto anarquista fundado en 1955. Posteriormente se integró a las Juventudes Libertarias y acompañó el viraje de la Federación Anarquista Uruguaya hacia el apoyo a la Revolución cubana, impulsado por su amigo Gerardo Gatti.
Scaron colaboró también en revistas como Lucha Libertaria y Rojo y Negro. Aunque provenía del anarquismo, su trayectoria intelectual refleja una progresiva apertura hacia el marxismo.
A comienzos de los años sesenta tradujo diversos textos libertarios, pero su mayor aporte editorial fue la compilación de los escritos de Marx y Engels sobre América Latina, publicada en 1968 en Cuadernos de Marcha en Montevideo. Esta edición, cuidadosamente anotada, llamó la atención del intelectual argentino José Aricó, quien propuso reeditar el material ampliado en la colección Cuadernos de Pasado y Presente.
El trabajo de Scaron se vio abruptamente afectado por la represión política. Dos días después del golpe militar del 24 de marzo de 1976 en Argentina, las fuerzas de seguridad allanaron las oficinas de la editorial Siglo XXI y detuvieron a dos de sus responsables. Scaron se vio obligado a exiliarse en París. Desde allí continuó, en condiciones precarias, la traducción de El capital, enviando los materiales a la sede madrileña de la editorial. El trabajo encomiable de Horacio Tarcus por rastrear las vicisitudes y los problemas de la circulación de la obra cumbre del marxismo también da cuenta del compromiso de miles de individuos que recibieron una impronta fundamental del pensamiento de Marx.
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El pueblo de Quicayán, perteneciente al municipio de Tecomatlán, es un enclave pequeño en los márgenes de los ríos Acateco y Mixteco.
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En su obra Dialéctica de lo concreto, Karel Kosík revela que el mundo puede construirse a partir del pensamiento común, la práctica utilitaria y la “fijidez” de las formas.
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Escrito por Aquiles Celis
Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.