Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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En México, según los datos de la Secretaría de Educación Pública (SEP), el acceso a la enseñanza ha crecido considerablemente en las últimas décadas. Para los ciclos más recientes, la cobertura en educación media superior se ubica entre 74 y 80 por ciento, mientras que en educación superior apenas supera el 40 por ciento de la población en edad correspondiente. Estas cifras han reforzado una idea profundamente arraigada: estudiar es el camino más seguro para mejorar las condiciones de vida.
Sin embargo, tal promesa comienza a romperse cuando se observa la realidad. Miles de jóvenes que logran terminar una carrera enfrentan empleos mal pagados, inestables o alejados de su formación; mientras muchos otros ni siquiera encuentran trabajo. En estas condiciones la educación ya no es una garantía de movilidad social y se convierte sólo en una expectativa que pocas veces se cumple. Ante esto, la pregunta que vale la pena hacerse es: ¿realmente está fallando la educación, o definitivamente está cumpliendo una función distinta a la que se nos hace creer?
Para responder, es necesario mirar más allá de la escuela. La educación no existe aislada de la realidad, sino dentro de un sistema económico que define sus objetivos y sus límites. En el capitalismo, la formación de las personas no se orienta principalmente a mejorar su vida, sino a responder a las necesidades del mercado: las escuelas preparan individuos para insertarse en un sistema productivo que no tiene espacio suficiente para todos, y mucho menos las condiciones necesarias.
Desde distintas perspectivas se ha señalado que la escuela contribuye a reproducir las desigualdades sociales. Autores como Pierre Bourdieu mostraron cómo la educación favorece a quienes ya cuentan con mayores recursos. Sin embargo, esta explicación resulta insuficiente si no se reconoce que tales desigualdades no surgen en la escuela, sino en la estructura económica que las produce.
En ese sentido, Carlos Marx advertía que la educación no puede entenderse al margen de las condiciones materiales de vida. Pensar que sólo basta con ampliar el acceso a la escuela para transformar la sociedad es ignorar que, fuera de ella, las condiciones permanecen profundamente desiguales. La educación, lejos de ser neutral, responde a un orden social con la prioridad de reproducirse.
Esto permite entender por qué, incluso con mayor nivel de escolaridad, muchas personas no logran mejorar su situación. El problema no radica únicamente en la falta de preparación individual, sino en un sistema que limita las oportunidades reales. El mercado laboral no está diseñado para garantizar bienestar a todos, sino para seleccionar y distribuir de manera desigual. En este contexto, la educación funciona como un mecanismo de adaptación. Enseña a cumplir, competir e integrarse a un sistema que ya tiene reglas definidas. Y, al mismo tiempo, sostiene una idea poderosa: el éxito depende únicamente del esfuerzo individual, y oculta las condiciones que realmente lo determinan.
Aquí es donde la pregunta inicial cobra sentido: la educación sí falla, pero no para todos. Falla para quienes, aun estudiando y trabajando, no logran mejorar su vida. Pero no falla para el sistema, porque cumple su función: preparar a la mayoría para integrarse a un orden que fomenta las desigualdades.
Por eso, el problema no se resuelve únicamente ampliando el acceso a la educación. Los obstáculos que enfrentan estudiantes, trabajadores y comunidades no son individuales, sino colectivos, y tienen raíces estructurales. Esto no significa que la educación no tenga valor, sino que sus alcances están condicionados por el sistema donde opera. Reconocer estos límites representa el primer paso para dejar de creer que el problema es individual y comenzar a entender su verdadera dimensión social.
Frente a esto, la solución tampoco puede ser individual, porque la reproducción del sistema capitalista no se resuelve únicamente con estudiar más o esforzarse más, sino reconociendo que los problemas que enfrentan millones de personas tienen un origen común y que sólo a través de la organización, la unidad y la lucha colectiva será posible transformar las condiciones que los producen. De lo contrario, mientras la educación defienda los intereses del capital, difícilmente podrá convertirse en una herramienta real de cambio. Y solamente cuando se cuestione al sistema que la sostiene podrá abrirse la posibilidad de que el conocimiento ya no sea un privilegio y se convierta, verdaderamente, en un medio de liberación.
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Escrito por Redacción