“Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”: Miguel de Cervantes.
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El Valle de San Quintín, Baja California, es una región de producción agrícola capitalista. El gobierno lo destaca como un polo de desarrollo con capacidad para generar divisas y, para la prensa burguesa, es un caso exitoso de inserción en el mercado competitivo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. La imagen que se difunde es de un territorio dinámico, próspero, modelo de producción de riqueza, pero nada se dice del hecho de que San Quintín produce para el mercado estadounidense, bajo el control de empresas trasnacionales, con mano de obra mexicana superexplotada y que la riqueza producida va a parar al país del norte. La fresa que se produce aquí se come en EE. UU.; la miseria se queda aquí.
Este trabajo busca entender San Quintín como una economía de enclave imperialista; mostrará algunos datos de cómo el nacionalismo no tiene ningún sentido cuando el país funciona bajo la lógica del imperialismo. Es decir, en los hechos, los recursos del Valle –tierra, agua y fuerza de trabajo– son usados para el imperialismo norteamericano, no para la producción agrícola nacional.
De acuerdo con el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera 2024, el valor de la producción agrícola en el Valle fue de 12 mil millones de pesos. Más allá de la impresión de la cifra, conviene responder para quién se produce y bajo qué relaciones de producción se hace. Los cultivos que predominan son los berries (fresa, frambuesa, arándano y zarzamora); concentran cerca del 85 por ciento. Es decir, aquí no se produce maíz, frijol u otros cultivos básicos de la alimentación mexicana, sino cultivos que tienen por destino el mercado estadounidense, donde está la ganancia, no para México, donde está la necesidad de la gente.
Así, en 2024-2025, ese Valle envió mil 200 toneladas de frambuesa semanales a los centros de distribución de Driscoll’s en Watsonville, California (en 2024 ya era la empresa de berries más grande del mundo); ésta se vende en Walmart, Kroger, Whole Foods o Costco a precios que rondan los seis dólares por 170 gramos. Mientras tanto, en el Valle, los obreros agrícolas no tienen acceso a alimentación; en 2025, la Red por los Derechos de la Infancia en Baja California reportó que el 40 por ciento de sus hijos presentaba algún grado de desnutrición. Las frutas y verduras que cosechan no las comen, porque, aunque ellos las producen, no son dueños de ellas, sino las empresas trasnacionales que ponen los medios de producción para la cosecha, donde los obreros asisten porque venden su fuerza de trabajo y acceden así a un salario diario, pero no más.
Las empresas estadounidenses son las que deciden qué se siembra, cómo, cuándo y a qué precio, en San Quintín domina la agricultura por contrato. Estas empresas dominan la producción sin tener necesariamente la propiedad jurídica de la tierra; controlan las variedades genéticas (patentadas) de los cultivos, los estándares de calidad, el financiamiento y el acceso a los mercados. Así, Driscoll’s, al ser la principal comercializadora de berries en el mundo, no es dueña de todas las tierras, pero impone contratos a los productores locales donde puede controlar la variedad a sembrar, los protocolos de calidad y los precios de compra. Las empresas productoras locales, al firmar ese contrato, asumen los riesgos climáticos, reciben un precio que apenas cubre los costos de producción y dependen exclusivamente de los canales de distribución de la empresa trasnacional porque no pueden vender en otro lado. Es decir, al no ser dueñas de la tierra, de todos modos controlan la inversión, el financiamiento, la tecnología y el comercio del producto. Las grandes empresas trasnacionales, por estos controles, subordinan a las empresas locales (grandes o pequeñas) de producción, provisión de insumos, empaque y transporte. Visto así, San Quintín es una economía de enclave.
La producción de San Quintín, dado que es una economía de exportación, se presenta como un logro nacional, como una potencia agroexportadora, como si los beneficios de la explotación de los recursos –tierra, agua y fuerza de trabajo– fueran iguales para todos los habitantes de esa región. En 2025, el sector de los berries generó más de tres mil 500 millones de dólares en exportaciones, pero la realidad en la que viven los obreros que hacen producir los campos agrícolas es dramática. Según el Inegi (2022), había 47 mil jornaleros; de esos, apenas 5 mil contaban con seguridad social (IMSS, Afore, seguro de riesgos de trabajo). La mayoría trabaja a destajo o por jornadas diarias; a pesar de que recibe el salario fronterizo de 440 pesos diarios, debe descontar una serie de gastos de alimentación y transporte, para que, al final del día, ese salario sea mucho menor; con ello tendrán que mantener vivas a sus familias. Esto significa que más de 42 mil trabajadores agrícolas de San Quintín carecen de IMSS, de Afore, de seguro de riesgos de trabajo y de acceso a servicios de salud. Si se enferman o sufren un accidente, no tienen a quién recurrir. Además, carecen de servicios básicos; por ejemplo, Zeta Tijuana reporta que en la colonia Lomas de San Quintín, donde viven alrededor de cinco mil habitantes, no hay drenaje (las aguas negras corren por canales a cielo abierto), no hay pavimentación y el agua potable llega en pipa cada tercer día (el costo del agua es de 250 a 300 pesos por tinaco de mil litros, casi lo de un salario).
Aquí la superexplotación se presenta en forma de bajos salarios y una canasta básica cada vez más cara; jornadas que empiezan a las tres de la mañana y terminan después de 12 o 15 horas de trabajo (sin pago de horas extra) y ausencia de prestaciones. Todas estas cosas que las empresas trasnacionales no pueden hacer en EE. UU. las hacen en México a costa de los trabajadores y recursos mexicanos. Este modelo de producción no es una falla, es un sistema que así funciona; tiene una estructura de explotación que permite que los berries de San Quintín sean competitivos en el mercado internacional y esa ventaja se la dan los bajos salarios y la ausencia de mejores condiciones de vida de los obreros agrícolas. Por ello, cada vez que se nos presenten los éxitos de la economía de exportación o se celebren registros históricos de exportación, se debe pensar también en su contraparte: es decir, a quién beneficia y a quién explota ese sistema de producción.
San Quintín pone en evidencia una contradicción: una economía exitosa en productividad, pero generadora de miseria para los obreros productores de esa riqueza: tecnificación de punta, invernaderos de alta tecnología, riego por goteo automatizado, centros de empaque con cadena de frío, sistemas de trazabilidad satelital, productividad por hectárea muy superior a la media nacional e integración a cadenas globales de valor, pero pobreza generalizada, falta de servicios básicos (agua, drenaje, electricidad estable, pavimentación), superexplotación laboral, trabajo infantil no declarado, desnutrición y ausencia de seguridad social. Es la forma concreta que adopta el capitalismo en un país dependiente como México; es decir, una economía agrícola que se inserta a las necesidades de consumo de EE. UU., pero no a las necesidades de producción de los mexicanos, que depende de la tecnología, financiamiento y cadenas de distribución internacionales.
Frente al problema de esta realidad de economía de enclave imperialista, la solución no es técnica, administrativa, o de voluntad empresarial o gubernamental, sino de índole económica y política. Es decir, no se trata de seguir produciendo de la misma forma en que se hace ahora, sino de cambiar la forma en que está organizada la producción. Y aunque la solución tiene componente técnico-económico, la solución definitiva es política, porque se necesita que las clases trabajadoras se den cuenta de que ellas son las productoras de la riqueza, que el desarrollo de las fuerzas productivas ahora mismo está estancado porque existe una apropiación privada de la riqueza. Cuando sean capaces de ello y de organizarse en torno a la transformación de la sociedad actual por una mejor, es cuando se podrá cambiar definitivamente esta situación. Mientras tanto, los obreros de San Quintín deben organizarse y educarse políticamente, en primer lugar, para luchar por conquistar mejores condiciones de vida en el corto y mediano plazo y, en segundo lugar, para la conquista del poder político que permita cambiar el modo en que actualmente está organizada la producción.
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Escrito por Rogelio García Macedonio
Licenciado en Economía por la UNAM.