Cargando, por favor espere...

Brasil Acosta Peña
Ser antorchista
Ser antorchista representa, antes que cualquier otra cosa, una de las más altas distinciones sociales a las que un ciudadano puede aspirar en el México contemporáneo.


Ser antorchista representa, antes que cualquier otra cosa, una de las más altas distinciones sociales a las que un ciudadano puede aspirar en el México contemporáneo. No se trata de una simple afiliación política o social a un grupo, sino de la identificación y pertenencia profunda con una organización política que lucha para construir una sociedad más justa, equitativa y próspera en México.

Para formar parte de este grupo, el individuo debe contar con una serie de virtudes que lo distingan del ciudadano común, porque para ser antorchista hay que ser una persona honesta, limpia en sus intenciones, colaboradora con su comunidad y entregada a plenitud a la causa de los demás. Un antorchista es el que vive preocupado por los que sufren; que se ha desprendido de los intereses mezquinos; que es obstinado en superar las dificultades; culto en su formación intelectual y siempre dispuesto a servir. Se trata, por tanto, de un mexicano nuevo que se diferencia con claridad de los que no han abrazado esta disciplina de vida.

Es cierto que hay muchos mexicanos que tienen varias de estas características. Hay hombres y mujeres honrados y trabajadores a lo largo y ancho del país; pero a estos buenos ciudadanos les falta un ingrediente fundamental y que es el sello distintivo de los antorchistas: su organización consciente enfocada en la construcción de un mundo mejor.

No basta con poseer bondad, honradez y limpieza personales, porque en la mayoría de los casos estas virtudes se quedan encerradas en el ámbito de lo privado. Si alguien sólo se preocupa por su bienestar individual, el de su familia y olvida la tragedia colectiva que vive el pueblo, no alcanza la estatura de un antorchista.

Es vital aclarar que los antorchistas no son altruistas en el sentido tradicional de la palabra. No son filántropos que prodiguen caridad para tranquilizar sus conciencias. La solidaridad antorchista va mucho más allá de la ayuda inmediata o el paliativo momentáneo. La bondad por sí sola es insuficiente si no va acompañada de una consciencia clara de las injusticias estructurales.

Ser antorchista implica el compromiso de organizarse, de incorporarse a las reuniones de análisis social, económico y político para entender cómo funciona la sociedad y conocer cuáles son los mecanismos que generan la pobreza a fin de decidirse a cambiar esa realidad mediante acciones colectivas. La transformación social no es obra de héroes solitarios, sino del pueblo organizado que decide tomar las riendas de su propio destino.

A lo largo de los años, los enemigos de la organización la han atacado con insistencia al Movimiento Antorchista Nacional (MAN), usando ingentes recursos para generar una imagen distorsionada y falsa de lo que es y representa y difundir la idea de que es sólo un “grupo de presión”. Muchas personas son víctimas de esta propaganda negra al creer las calumnias que pintan a los antorchistas como personas violentas, invasores o despojadores de terrenos y aún delincuentes.

Pero la verdad siempre termina por imponerse. Hemos visto cómo innumerables personas cambian su visión después de entrar un contacto directo con el MAN; pues una vez que advierten su disciplina laboral y los resultados de su trabajo, reconocen que Antorcha es una organización buena, esforzada y honesta. Descubren, sobre todo, una faceta que la prensa comercial y oficialista suele ocultar: que somos la organización que, como ninguna otra en el país, promueve la cultura y el deporte entre las clases populares.

Distorsionar la imagen de Antorcha es una tarea fácil para quienes detentan el poder económico y mediático. Con dinero, el control de la prensa y las redes sociales es sencillo construir versiones falsas. Recuerdo, por ejemplo, una marcha histórica hacia el Zócalo de la Ciudad de México en la que miles de campesinos y colonos exigían soluciones a sus demandas más elementales de supervivencia.

Al día siguiente, las notas de prensa no mencionaban sus peticiones, ni mucho menos su legitimidad ni la cerrazón del gobierno para recibirlos, sino el “caos vial” que la manifestación generó. Para alimentar el prejuicio, los medios ilustraron sus notas con fotografías de tipos encapuchados vandalizando comercios y vehículos. Pero lo indignante de la mentirosa trama fue que esas imágenes correspondían a una marcha para conmemorar el 2 de octubre de 1968. El consumo acrítico de este tipo de “noticias” fue el que propició –sobre todo en el pasado– la versión falsa de que Antorcha es un movimiento social y político violento y ajeno a los intereses de la clase trabajadora y las comunidades pobres.

En nuestro camino también nos hemos encontrado con personas que se acercan a la organización buscando un provecho personal o político inmediato. En alguna ocasión, una persona se me acercó diciendo que quería ser antorchista. Al preguntarle sus motivos, su respuesta fue reveladora: “he escuchado que si te inscribes a Antorcha puedes ser diputado”.

Este tipo de anécdotas reflejan un profundo desconocimiento de nuestra esencia. Quien busca el antorchismo por una ambición de poder individual o por un cargo público no ha entendido nada. En Antorcha las tareas y responsabilidades son herramientas para servir al pueblo, no para satisfacer ambiciones y vanidades personales, ni mucho menos para enriquecer a individuos. El interés personal es la antítesis del espíritu de nuestra lucha.

Es innegable que millones de mexicanos se han visto beneficiados con la lucha de Antorcha, a veces incluso sin ser conscientes de ello. Durante décadas, hemos arrancado al gobierno obras que han transformado la vida de comunidades enteras: carreteras que conectan pueblos aislados, electrificaciones, sistemas de agua potable, pavimentación de calles, construcción de auditorios, escuelas de todos los niveles, hospitales y centros de salud; además de programas de apoyo a la vivienda.

Sin embargo, es imperativo que cada compañero antorchista comprenda que la obtención de estas obras no es el objetivo final de nuestra existencia. Antorcha no pretende sustituir al Estado ni asumir las obligaciones que le corresponden al gobierno. Si luchamos por estas demandas, es para demostrarle al pueblo que, mediante la organización, es capaz de lograr conquistas materiales importantes.

El objetivo del Movimiento Antorchista es que el pueblo crezca en conciencia y se convierta en una fuerza política capaz de tomar el poder político. Buscamos cambiar el modelo económico actual por uno diseñado para el beneficio de las mayorías. Queremos un modelo cuyo acento esté puesto en el ser humano y sus necesidades básicas; en el que el bienestar colectivo prevalezca sobre el egoísmo y el individualismo feroz del neoliberalismo. Aspiramos a un gobierno encabezado por el propio pueblo, que trabaje para los intereses del pueblo.

Es por todo lo anterior, es muy condenable que haya individuos que después de haber recibido beneficios directos gracias a las gestiones de la organización –sea una calle pavimentada, una clínica o una escuela– traicionen sus principios en el momento crucial. Hay quienes, por una oferta política distinta, deciden abandonar las filas de Antorcha con la falsa ilusión de que “ahora sí las cosas estarán bien”.

En los últimos años, muchos compañeros han sido “engatusados” mediante la promesa o entrega de tarjetas o becas del “bienestar” a fin de que se sumen a las filas de Morena, el partido en el poder. Quienes han cedido a estos “cantos de sirena” revelan cuán poco habían comprendido la profundidad de nuestra lucha. Abandonar a una organización que busca el cambio estructural por un subsidio monetario es un error histórico.

Otros han abandonado el movimiento no por codicia, sino por miedo. Han sido amenazados con la pérdida de apoyos sociales si no votan por el partido oficial. Es fundamental que el pueblo sepa que esto es un engaño y una violación a la ley. Nadie puede condicionar los programas sociales, pues éstos son un derecho consagrado en la Constitución. A ceder a esas amenazas, la gente se traiciona a sí misma y debilita, a cambio de unas cuantas monedas que por derecho le pertenecen, la única fuerza organizada que en realidad defiende sus intereses a largo plazo.

La realidad actual ha demostrado que las promesas de cambio fácil han fallado, toda vez que en muchos ámbitos y rubros el país atraviesa por una de sus crisis más profundas. Por ello es un error fatal sacrificar el futuro que propone la organización del pueblo por una ilusión momentánea, o por el miedo sembrado por los poderosos.

Ser Antorchista, por tanto, es una prueba de carácter y lealtad. Significa no ser traidor, ser fiel a la causa de los pobres de México y seguir las orientaciones de la organización, que siempre buscará el rumbo que beneficie al colectivo y no a unos pocos. Ser antorchista es ser fiel a un proyecto de nación. Es votar siempre por la opción que garantice un México más justo y mejor. Ser Antorchista, en última instancia, es no dejarse engañar ni vender la dignidad por unas cuantas monedas. El futuro de nuestra patria depende de la firmeza de quienes portan la antorcha del progreso y la justicia social. 

 


Escrito por Brasil Acosta Peña

Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.


Notas relacionadas

“Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener”: Miguel de Cervantes.

Este trabajo busca entender San Quintín como una economía de enclave imperialista; mostrará algunos datos de cómo el nacionalismo no tiene ningún sentido cuando el país funciona bajo la lógica del imperialismo.

En un entorno internacional marcado por tensiones crecientes, hablar de la República Islámica de Irán exige ir más allá de las simplificaciones habituales.

Sobre la falsedad del origen “natural” de los fenómenos sociales, la historia nos ilustra

Por estos días, al menos 11 mil niños, ciudadanos de EE. UU., lo cual significa que nacieron en ese país mientras sus padres se partían el alma para enriquecer escandalosamente a sus patrones, están abandonados porque sus progenitores están encarcelados o fueron deportados.

La Casa Blanca puede difundir muchas cosas para generar confusión, incluso lanzar amenazas; pero la realidad se impone y el problema económico lo evidencia.

La guerra imperialista de Estados Unidos (EE. UU.) y su satélite sionista lanzada contra Irán está en pausa y probablemente el conflicto se enfríe en las próximas semanas por los altos costos económicos y militares que representa para la parte perpetradora.

Hace poco, el 26 de marzo de 2026, Noelia Castillo, una mujer de 25 años, fue asistida para terminar con su vida en Sant Pere de Rives, Catalunya.

Llama Antorcha en Tlaxcala a fortalecer la organización popular

L a economía es la base de toda la vida social, incluida la política y la guerra, y en los días que corren, el desastre de Estados Unidos (EE. UU.) en Irán confirma esta tesis y pone de relieve profundas debilidades económicas.

En un país que se reconoce y se publicita como democrático no es mucho pedir que las autoridades privilegien el diálogo y las soluciones, sobre todo, éstas últimas, a los graves problemas populares.

El imperialismo estadounidense afirma que Irán está contra las cuerdas y que no tiene salvación porque está derrotado.

El miércoles ocho de abril, el Senado de la República aprobó la reforma a la Ley Federal del Trabajo para reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales.

El martes siete de abril, Estados Unidos (EE. UU.) e Irán acordaron un cese al fuego para abrir paso a dos semanas de negociaciones.

Hace unas cuantas horas se informó que se detenía “por dos semanas” el ataque criminal que las fuerzas armadas de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel desataron en contra de la República Islámica de Irán.