Sobre la falsedad del origen “natural” de los fenómenos sociales, la historia nos ilustra
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“Allí donde se encuentren miembros del género humano éstos revelan, por doquier, los rasgos de un ser condenado a fatigas suprarrealistas. Quien busque hombres (y mujeres, por dios, mujeres) encontrará acróbatas”.
Peter Sloterdick
Hace poco, el 26 de marzo de 2026, Noelia Castillo, una mujer de 25 años, fue asistida para terminar con su vida en Sant Pere de Rives, Catalunya. Una batería de médicos y especialistas, durante un proceso que duró varios años, autorizó asistirla en esta decisión después de revisar el expediente y determinar que Noelia estaba convencida de abandonar este plano terrenal. Las razones que la llevaron a tomar esa decisión son devastadoras, y es que contra Noelia se conjuró una violencia indómita; desde la cuna hasta el Estado, a través de sus relaciones personales y las instituciones sociales, muchos seres humanos –despojos humanos– atentaron contra su vida, contra su cuerpo, contra su conciencia. En un arranque desesperado intentó levantar la mano contra sí misma; y aunque no lo logró, continuó con su decisión de solicitar la eutanasia. Finalmente, Noelia partió y abandonó este lugar, este horrible lugar donde reina la tristeza, “este valle que resuena de lamentos”, como diría Bertolt Brecht.
La noticia se difundió en prácticamente todos los medios de comunicación y las reacciones públicas fueron tan estridentes y el ruido tan voluminoso, tan atronador que se hizo imposible no prestar atención o enterarse de lo sucedido. Entonces, la miseria humana se reveló en muchas de sus expresiones y fuimos testigos de la crueldad de muchos seres humanos ante tan impactante relato, al grado que se intentó convencernos de que la ley de eutanasia en España era una vía rápida para eliminar seres humanos, ipso facto, con motivos inconfesables para reducir a la población; aunque, como Loren Arseguet, la presidenta federal de la Asociación para Morir Dignamente, explicó una y otra ves, la ley de eutanasia no funciona como un suicido libre y es una ley con protocolos muy exigentes para asegurar, a quien lo solicite, una muerte anónima, sencilla, justa, eterna.
En este sentido, la ligereza con que se trató el tema ha sido evidente, lo cual no es una cuestión menor, porque la frivolización de la muerte es la frivolización de la vida, es el desprecio y el rechazo a la elemental cuestión de la existencia, del ser. Es la banalización de nuestra razón de existir y la antesala, más o menos alejada, de la designación de los cuerpos y las vidas a los mataderos, a los genocidios o a las hecatombes que, por desgracia, ocurren en nuestros días.
Y las reacciones llaman la atención precisamente porque en estos momentos, está ocurriendo ante nuestros ojos el retorno inapelable de las religiones. Es sorprendente porque el sustrato de la mayoría de las religiones está compuesto por un corpus definitivamente ligado a la piedad, al amor, al cariño, a la indulgencia, a la misericordia y sirvió, también definitivamente, a que los seres humanos aprendieran a “amarse los unos a los otros” aunque fuera bajo la tutela de un padre ecuménico y autoritario. Pero tal parece que los neoreligiosos han dejado el amor de cristo en el cajón de los recuerdos. Decía Peter Watson en La Edad de la Nada, que uno de los peligros del revival de la religión, es decir, de la reaparición contundente de la religión en el espacio público y del resurgimiento de las instituciones eclesiásticas como un actor fundamental en la esfera pública, era la diseminación del fundamentalismo y la descontextualización acrítica de los valores fundamentales de las religiones; así, alejadas de sus centros espirituales, las religiones se descontextualizan y operan sin el filtro de la hermenéutica humanista, con el máximo apego a la literalidad posible de los mandamientos religiosos.
Qué lejos estamos de la piedad cristiana y qué profundamente desolador comprender cómo la pedagogía de la crueldad se ha instalado (también) en los discursos religiosos; como si la razón neoliberal de la ley de la selva y la supervivencia del más fuerte opacaran y consumieran los elementos piadosos de la preparación para la muerte de un Erasmo de Rotterdam, por ejemplo. El frío cálculo egoísta del neoliberalismo parece haber fagocitado y canibalizado la piedad religiosa antaño estimada por antonomasia en las cuestiones de los seres humanos.
Lo anterior también contrasta en su máxima crueldad con la creación de máquinas de muerte, de destrucción masiva y con el aumento de conflictos bélicos y de exterminio de poblaciones enteras, demostrando que para los mandamases del imperialismo nada importan las vidas humanas, sobre todo las vidas humanas de los pobres, de los disidentes, de los marginales, de los humillados y ofendidos de toda la historia humana. Pero no todo está perdido, porque como menciona Terry Eagleton sobre las enseñanzas de Walter Benjamin: “los oprimidos y explotados son quienes dinamitarán la historia”.
En su famosa y admonitoria sentencia, que sirvió además de epígrafe y de título al célebre Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway, John Done advertía que, al oír el repicar de las campanas, ante la evidencia de la muerte de otro ser humano, uno no debía “preguntar” con egoísmo por quién doblan, sino confirmar que “la muerte de cualquier hombre nos disminuye”. Ante el repicar de las campanas, las grandes campanas y los misiles y los aviones-bomba y las máquinas de muerte que irradian fósforo blanco que nos advierten del gran desfile mortuorio que está ocurriendo frente a nuestros ojos, debemos considerar el empobrecimiento de la especie humana y el fracaso sistemático de un modelo económico y político que orilla y arrincona a muchos seres humanos a tomar decisiones tan terribles y definitivas.
Nos hemos quedado empobrecidos con todos los atentados contra la vida que están operando definitivamente en el suelo pantanoso del capitalismo. Sería maravillosa la existencia accidentada de un ser superior que, padre amoroso, fuera capaz de poner fin a las injusticias que suceden en el mundo. Pero la evidencia prueba que no lo hay y que a los seres humanos nos toca la terrible tarea de ordenar las cosas de este mundo y evitar las terribles violencias y desigualdades que operan hasta nuestros días. Descansa en paz, Noelia.
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Escrito por Aquiles Celis
Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.