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Brasil Acosta Peña
El imperio en declive
La Casa Blanca puede difundir muchas cosas para generar confusión, incluso lanzar amenazas; pero la realidad se impone y el problema económico lo evidencia.


La Casa Blanca puede difundir muchas cosas para generar confusión, incluso lanzar amenazas; pero la realidad se impone y el problema económico lo evidencia: Estados Unidos (EE. UU.), como imperio triunfador después de la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), está en declive y su derrumbe ya es irreversible. Sí, el imperio que ha explotado a los trabajadores de muchos países del mundo e impuesto el modelo económico neoliberal a los gobiernos de otras naciones para favorecer a las oligarquías capitalistas, está en proceso de extinción contra su propia nación debido a los excesos privatizadores.

En el país del dólar se privatizó el agua, los servicios de electricidad, de gas, la educación, los servicios de salud, etc.; se quitaron subsidios, subvenciones y otros apoyos que se otorgaban a su comunidad para contrarrestar la información encomiada sobre la situación socioeconómica de los países socialistas. Esta política de Estado llevó, por supuesto, a que la riqueza se concentrara cada vez en menos manos y que paulatinamente se estrangulara y desapareciera la clase media estadounidense, hasta entonces orgullo del imperialismo capitalista.

El ejemplo más claro y revelador de este proceso consistió en la crisis inmobiliaria de 2008, cuando entre siete y ocho millones de familias perdieron o fueron desplazadas de sus viviendas para que el gobierno, con el dinero generado con la venta de éstas, rescatara de la desgracia financiera a los magnates de los bancos y las grandes empresas. La Casa Blanca justificó tal acción con el mentiroso argumento de que lo hacía en nombre del pueblo y “por el bien” de quienes perdieron sus hogares; pero realmente la emprendió para salvar la riqueza de unos cuantos y reivindicar la ideología de los defensores del libre comercio; aunque, con la expropiación de viviendas, el Estado sí interfirió en la economía y violentó al neoliberalismo.

Con el afán de “lanzar la piedra y esconder la mano”, las poderosas clases imperialistas de EE. UU. responsabilizaban a los migrantes indocumentados por los males de su clase media, y hacia aquéllos orientaron el odio, reveló el profesor Richard Wolff. Es por ello que no logran ver que los megamillonarios son los verdaderos culpables de la situación y que los migrantes son otra víctima del sistema.

Otro síntoma del declive del imperio es el incremento de su deuda externa. Como los poderosos lograron que el patrón-oro desapareciera y se usara el dólar como la moneda mundial, entonces “lanzaron” dólares al mercado, pero sin respaldo. Para enriquecerse más, invirtieron en la compra de armas al complejo militar-industrial y emitieron bonos del tesoro; de esta suerte, quienes los compraron, introdujeron dólares a la economía y recibían papeles. El problema surgió cuando los dólares impresos no estaban respaldados con activos (oro, petróleo, etc.): perdió la capacidad para hacerse del petróleo de Venezuela a su antojo –lo mismo pasa ahora con el de Irán– y los petrodólares, que fortalecían la moneda estadounidense, perdieron su fuerza. Si las transacciones ya no se efectúan con dólares, entonces esta moneda pierde valor, los bonos también y los países, o las personas que los poseen, buscan deshacerse de ellos.

El declive del imperio se mide, asimismo, con la pérdida de efectividad del dólar. Esta moneda ya no es el único amo y señor en el mundo, porque la mayoría de las transacciones ya no se realiza con ella. Las mercancías hechas en EE. UU. carecen de demanda en el mercado mundial, a diferencia de las de China, Rusia y otras economías emergentes. Con el afán de hacerse de las riquezas naturales y de mano de obra barata en otros países, la oligarquía estadounidense obtuvo ganancias extraordinarias a costa de la desindustrialización de su territorio y perdió su mano de obra. Así Detroit, cuna del desarrollo de la empresa automotriz, hoy es una ciudad perdida. Desde que llegó Donald Trump a la Casa Blanca con su proclama de “hacer a América grande nuevamente”, ha llamado a los industriales a que regresen a EE. UU. con la promesa de incentivos fiscales; pero los empresarios han hecho cálculos y se percatan de que es mejor seguir como están.

Esta política fallida, que necesita respaldarse con dólares, ahora lleva a Washington a hacer la guerra. Esto explica el asedio contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, cuyo objetivo radica en poseer nuevamente el control de las reservas petroleras más grandes del mundo; y el intento de frenar el desarrollo de China atacando a Irán, con la idea de que “realizaría una guerra muy sencilla y rápida”; pero la tozuda realidad ha mostrado que eso no será así. También ha atacado a Rusia con sanciones comerciales; pero, con ello, los países europeos –que podrían ser sancionados como lo hicieron con Rusia, congelándole o decomisándole su dinero– ya no dependen del dólar y están buscando cobijo en otros activos, como el oro. Un “tiro en el pie” del gobierno estadounidenses, que se suma al también fallido ataque contra Rusia a través de Ucrania. Si a esto se agregan los aranceles propuestos por Trump, también contrarios a la política que ellos afirmaban defender, se producirá una recesión y un proceso inflacionario en EE. UU., derivado del alza en los precios de los combustibles. Este 20 de abril, la gasolina Premium costaba 28.80 pesos por litro en EE. UU. En California, por ejemplo, el galón estaba a 5.94 dólares, es decir, 30.61 pesos por litro. Está de locos.

La situación no será eterna; y el declive del imperialismo estadounidense es inevitable, como ya lo evidencia el fortalecimiento de la nueva figura multipolar en el mundo; aunque no puede soslayarse la posibilidad de que un gringo loco apriete el botón desde la Casa Blanca y acabe con la humanidad. Este último riesgo resultaría grave, pero posible. Por eso, como advirtió en días pasados el ingeniero Aquiles Córdova Morán, “es la hora de los pueblos; debemos unirnos y organizarnos, reconocernos fuertes y listos para no caer en la trampa. No es del lado de los monopolios, del imperialismo en decadencia donde debemos estar. Es del lado de Rusia, de China, del mundo multipolar, pues es ahí donde está la luz de esperanza que nos permitirá construir una humanidad mejor. Si el mismo pueblo norteamericano cobra conciencia y toma en sus riendas el proceso, un mundo mejor será más fácil de lograr”. 


Escrito por Brasil Acosta Peña

Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.


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