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“El capital –dijo Carlos Marx– es la fuerza económica que todo lo domina en la sociedad burguesa”. Así, con esa poderosa arma teórica, con esa forma insustituible de explicar la realidad social, con el capital “que todo lo domina”, se comprende, por ejemplo, lo que sucede con nuestros paisanos en Estados Unidos (EE. UU.). Se trata de seres humanos que sólo tienen su energía vital para subsistir y, en la forma de fuerza de trabajo, la deben vender al puñado de seres humanos que tienen en propiedad exclusiva los medios indispensables para la transformación de la naturaleza en satisfactores.
Al no encontrar compradores cercanos suficientes, se fueron lejos a vender esa fuerza de trabajo a donde encontraron quién la comprara. Durante muchos años crearon con sus manos y su ingenio, hasta quedar exhaustos, una riqueza descomunal hasta que llegó el momento en que sus patrones entraron en una fase decadente en la que ellos, los creadores de la riqueza, salieron sobrando; el desarrollo del capital los había convertido en personas sin valor y los que una vez fueron ávidos capitalistas empezaron a deshacerse de ellos, hasta violentamente, sin miramientos ni escrúpulos.
Por estos días, al menos 11 mil niños, ciudadanos de EE. UU., lo cual significa que nacieron en ese país mientras sus padres se partían el alma para enriquecer escandalosamente a sus patrones, están abandonados porque sus progenitores están encarcelados o fueron deportados por haber ingresado de manera irregular a EE. UU. Los arrestos de padres de hijos nacidos en EE. UU. se han duplicado desde que Donald Trump regresó al poder en enero del año pasado.
Si se compara el periodo de enero a agosto de 2024, con el periodo de enero a agosto de 2025, se observa que 866 madres de niños ciudadanos fueron arrestadas en este último periodo, en comparación con 351 del periodo de Joe Biden; que el 92 por ciento de ellas quedó en prisión con Trump, frente a 75 por ciento con Biden; que el 24 por ciento fueron liberadas en el periodo analizado de 2025, frente a 58 por ciento del periodo que corresponde a Joseph Biden y, que ahora, las madres de niños ciudadanos están siendo deportadas a un ritmo cuatro veces mayor. Para evitar confusiones, cabe subrayar que no se trata ni de la línea política ni de la estabilidad mental del gobernante en turno, sino de las exigencias del modo imperialista de producción en decadencia que cada día se tornan más apremiantes.
Hay muchos niños ciudadanos estadounidenses, expulsados ellos mismos o, en el país que se ha ostentado como el campeón del respeto a los derechos humanos, separados de sus padres sin el debido proceso; y son también muchos los progenitores deportados ipso facto sin poder decidir qué hacer con sus hijos. Sólo como ejemplo, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles denunció en abril de 2025 que el represivo ICE deportó desde Louisiana a dos familias con tres niños ciudadanos de dos, cuatro y siete años y que una de las madres estaba embarazada y uno de los niños tenía cáncer metastásico.
El diario El Universal reporta que Michele Heisler, médica de PHR, advierte que “la separación familiar produce daños graves y persistentes, incluido el trastorno por estrés postraumático años después de la reunificación” y Wendy Cervantes, del Centro para el Derecho y la Política Social, señala que muchos niños “se quedan en EE. UU. con abuelos, hermanos mayores, tíos, amigos o niñeras.
Todo ello porque las leyes objetivas de la existencia y desarrollo del modo de producción capitalista exigen, para mantener vivo y produciendo ganancia al capital, que se vuelva cada vez más productivo, que produzca más mercancías en menos tiempo, reduciendo con ello su valor individual. Este resultado se consigue aumentando frenéticamente la maquinaria y el uso de tecnología, lo cual redunda siempre en una reducción de personal ocupado en la empresa. En una sociedad justa, ese fenómeno significaría la disminución de la jornada de trabajo y, consecuentemente, el aumento del tiempo dedicado al desarrollo intelectual y físico de los trabajadores. En el imperialismo, por el contrario, la clase obrera está sentenciada a ser arrojada a la calle y a la miseria y, en los últimos tiempos, como se aprecia con los mexicanos, expulsada masivamente de EE. UU.
Estas madres y estos padres todavía no han sido condenados a muerte; en la Franja de Gaza, otro orgullo del imperialismo decadente, sí. “Casi 40 mil niños en Gaza han perdido a uno o ambos padres durante el genocidio, lo que UNICEF ha descrito como la mayor crisis de huérfanos de la historia moderna. Muchos de estos niños viven con graves traumas psicológicos en medio de la destrucción generalizada, el desplazamiento y el colapso de los servicios básicos… Los informes locales sobre el terreno destacan que algunos niños palestinos ahora dependen de familiares mayores, mientras que otros se han visto obligados a hacerse cargo de sus hermanos menores tras perder a ambos padres. Los funcionarios de ayuda humanitaria estiman que más de tres mil niños palestinos han quedado completamente huérfanos en Gaza” (publicado por la página electrónica octubre, el pasado 25 de febrero).
¿Qué delito han cometido estas criaturas? ¿Qué delito sus padres? Existir. Sólo haber nacido y vivir en un territorio cuya ubicación en el mundo moderno es fundamental para asegurar el saqueo constante de insólitas cantidades de materias primas y de los combustibles que posibilitan su transformación. El delito de carecer de medios para producir sus satisfactores y verse obligados, en consecuencia, a vender casi regalada y permanentemente su fuerza de trabajo, única potencia productora de nueva riqueza.
Cada día aumentan los analistas que sostienen que el evento conocido como “Operación Inundación de Al-Aqsa” del siete al nueve de octubre de 2023, mediante el cual, supuestos combatientes palestinos invadieron territorio de Israel y mataron a ciudadanos pacíficos y se llevaron secuestrados a otros, no fue más que una gran provocación urdida y ejecutada por los servicios secretos de Israel y EE. UU. para justificar ante el mundo el monstruoso ataque del ejército israelí contra la inerme población de Gaza que ha llevado –hasta el momento– a la situación de la población y los niños aquí descrita.
Las élites explotadoras de Israel, íntimamente conectadas con los grandes capitalistas y financieros de EE. UU., han inventado un pavoroso proyecto de expansión para formar lo que quienes se hacen llamar sionistas revisionistas han denominado el Gran Israel, cuya fundación y consolidación tendría que pasar por la aniquilación total de las poblaciones de países del Medio Oriente como Siria, Líbano, Cisjordania, Irak, Irán y quizá más. Ese Gran Israel, no hay duda, no es otra cosa que un homenaje brutal al invento nacionalsocialista alemán de extenderse sobre los entonces vecinos de Alemania y Rusia para contar con lo que ellos llamaron un “espacio vital”.
El pueblo judío de Israel ha sido empujado por sus líderes a repetir y aumentar los crímenes que sufrieron sus padres y abuelos a manos de los nazis. No obstante, no los respalda, ha trascendido que cada día son más los israelíes que emigran a Creta y a Grecia. Este proyecto terrible embona con otro de mayores dimensiones y efectos todavía más ambiciosos, el proyecto de la élite imperialista en su etapa de decadencia de despedazar a Rusia y a China, a quienes miran como formidables obstáculos para perpetuar su existencia y para el mantenimiento de su hegemonía; ahí entra, pues, el criminal ataque conjunto con EE. UU. en contra de Irán.
En Gaza ya no existen viviendas ni calles ni hospitales, el 94 por ciento de las escuelas está en ruinas o severamente dañado y lo que puede llamarse educación de los niños transcurre con voluntarios improvisados como maestros en raídas tiendas de campaña. El Fondo de Población de las Naciones Unidas informa que más de un millón de niños en la Franja de Gaza necesitan urgentemente apoyo psicológico y social tras más de dos años de asedio y ataques israelíes; el 96 por ciento de ellos “siente que la muerte es inminente”; el 61 por ciento sufre trastorno de estrés postraumático, el 38 por ciento depresión y el 41 por ciento ansiedad. La realidad del imperialismo en su fase decadente.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".