En un país que se reconoce y se publicita como democrático no es mucho pedir que las autoridades privilegien el diálogo y las soluciones, sobre todo, éstas últimas, a los graves problemas populares.
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La economía es la base de toda la vida social, incluida la política y la guerra, y en los días que corren, el desastre de Estados Unidos (EE. UU.) en Irán confirma esta tesis y pone de relieve profundas debilidades económicas. La toma del estrecho de Ormuz por Irán ha provocado consecuencias globales sistémicas. No es sólo una victoria táctica, de alcance regional, que dé a Irán una ventaja local: es una victoria estratégica. Para dimensionar el efecto, considérese que antes cruzaban por ahí 19 millones de barriles de petróleo diarios, y hoy, a lo sumo, 600 mil. En este contexto “La Agencia Internacional de Energía estima que la guerra en Oriente Medio está provocando la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial” (Observatorio de la Crisis, 22 de marzo). Ante ello, EE. UU. está consumiendo sus reservas estratégicas, que se encuentran “en el nivel más bajo desde mediados de la década de 1980” (HispanTV, 11 de abril).
Y los corporativos resienten los efectos. “Las gigantes petroleras estadounidenses ExxonMobil y Chevron reportaron caídas en su producción y estiman que sus ingresos se verán afectados por causa de la guerra en Irán (…) ExxonMobil presentó en la víspera un informe en el que se precisa que podría perder hasta seis mil 500 millones de dólares en sus ganancias anuales” (RT, nueve de abril). Y así andan las demás.
La guerra de Trump contra Irán busca, sin éxito, fortalecer el petrodólar, esquema mediante el cual EE. UU. había conseguido, desde 1973, la exclusividad de que todas las ventas de la OPEP se realizaran en dólares, otorgando así al billete verde una demanda gigantesca, pero artificialmente sostenida. EE. UU. ofreció “protección”, al más puro estilo mafioso, primero a Arabia Saudita y luego a los demás países del golfo, instalando allí bases militares: hasta hoy aproximadamente 19. Casi todas ellas han sido destruidas o inutilizadas por Irán en esta guerra, debilitando la presencia militar estadounidense, poniendo en entredicho su capacidad de “garantizar” la prometida seguridad y, finalmente, socavando el esquema monetario parasitario instaurado desde hace medio siglo.
Sin lograr sus propósitos, en cambio, la guerra ha traído consigo un enorme incremento del gasto (alrededor de mil millones de dólares diarios) y la deuda crece. A ello contribuye en mucho la estrategia de guerra iraní. “Irán habrá demostrado que el poder no reside sólo en la capacidad de atacar, sino en la capacidad de hacer costoso el ataque ajeno”, dice Xavier Villar en HispanTV. El costo, hasta los días que corren, puede haber superado los 49 mil millones (Sputnik, 13 de abril). Y el secretario de la Guerra pide al Congreso 200 mil millones adicionales. “Esta montaña de deuda se añade a los 39 billones de dólares que ya acumula EE. UU. (…) Los intereses anuales de esa deuda rondan ya el billón de dólares. Las generaciones futuras pagarán con recortes implícitos en Medicaid, en los cupones de comida del programa SNAP o en infraestructura” (Rebelión, seis de abril). EE. UU. debe el 120 por ciento de su Producto Interno Bruto.
La economía no puede sostener ese gasto descomunal. “El que fuera candidato de Donald Trump para dirigir la Oficina de Estadísticas Laborales (…) E.J. Antoni (declaró) al Financial Times. ‘La economía es más débil de lo que pensábamos y la inflación es peor de lo que creíamos” (Observatorio de la Crisis, 22 de marzo). Y agrega que las ventas de viviendas nuevas registraron la caída más severa desde 2013. El crecimiento económico proyectado para este año se contrae (OCDE) y especialistas consideran que hay condiciones para el estallido de una crisis. “… ¿qué podría desencadenar una crisis, posiblemente más grave que la de 2008? Uno de los candidatos es el mercado de crédito privado (…) En noviembre, el fundador de la importante firma de inversiones DoubleLine Capital, Jeffrey Gundlach, dijo que el mercado de valores de EE. UU. era el ‘menos saludable’ que había visto en toda su carrera (…) En un editorial, el Financial Times llamó la atención sobre el ‘colapso muy público del crédito privado’ e indicó que la guerra en el Medio Oriente sólo podría empeorar la situación” (wsws, 1º de abril). Y no son temores vanos. En los primeros cuatro días de guerra, “en Wall Street se evaporaron 3.2 billones de dólares” (Pepe Escobar, Observatorio de la Crisis, cinco de marzo).
Añádase que las deudas privadas aumentan. Según datos de Rebelión, seis de abril, aumentaron los saldos de las tarjetas de crédito y las tasas de morosidad “… entre los prestatarios de alto riesgo se encuentran en sus niveles más altos desde la crisis financiera de 2008. El consumo se contrae. El gasto con tarjetas de crédito cayó un 20 por ciento en las primeras semanas en las zonas más vulnerables. El trabajo también sufre: en sectores como el transporte, la agricultura y la manufactura, los costos logísticos más altos erosionan los márgenes y amenazan los empleos (…) Hasta hoy, el petróleo ha subido un 65 por ciento. Para el quintil superior, el impacto es marginal (…) y pueden absorberlo con sus ahorros. Esta curva en K, donde los ricos ganan ingresos y los pobres caen, agrava la desigualdad” (Rebelión, seis de abril).
También afecta más a los pobres la inflación en alimentos, rubro al que destinan un porcentaje relativamente mayor; y estos precios suben por el encarecimiento de los fertilizantes, producidos y transportados en alto porcentaje por el golfo Pérsico. Y la inflación se expande. Según la revista militar y de geopolítica estadounidense The National Interest, citada por Sputnik, 12 de abril: “… los costos del cemento han aumentado entre un 30 y 40 por ciento, mientras que el acero ha subido entre un 20 y 40 por ciento”. Y estos efectos globales impactan en la economía estadounidense. “La inflación en Estados Unidos se triplicó en un mes” (Pete Buttigieg, secretario de Transporte del gobierno de Biden, HispanTV, 12 de abril). Y aumenta la molestia social. Según la encuestadora YouGov, el número de estadounidenses insatisfechos es muy alto: 73 por ciento en desacuerdo con la política hacia Irán, 79 por ciento insatisfechos con la inflación; 76 por ciento con la economía.
Y mientras el imperio exhibe su decadencia económica, en contraste, Irán, Rusia y China consolidan su posición global en ese terreno. Irán exporta más petróleo (y más caro) que antes de la guerra (Kpler, Rebelión 26 de marzo). Según The Economist: “Desde el inicio de la guerra, los ingresos petroleros de Irán se han casi duplicado” (HispanTV, 1º de abril). Además, el peaje le generará mayores ingresos y reducirá las ganancias de las petroleras estadounidenses y europeas. Por su parte, Rusia vende más petróleo y más caro. “El precio del petróleo ruso Urals ha alcanzado su máximo en 13 años” (Bloomberg, RT, siete de abril).
Con base en la evidencia expuesta podemos afirmar que Estados Unidos no tiene ya aquella boyante economía que le permitía sostener su presencia con tantas bases militares y soldados por el mundo entero, ni tiene el poder para someter a todos los países. Su economía está quebrantada, lo que le obliga a recurrir cada vez más a la fuerza y, en extremo, a la vulgar piratería, transgrediendo todas las normas internacionales y atropellando las instituciones que ha creado para dominar al mundo. En la desesperación viola sus propias reglas. En este contexto se explica la negativa de los países europeos –otrora diligentes “aliados”– a participar activamente en la aventura guerrera en Irán. Y también la cautela de los países petroleros de la ribera del Pérsico, que no se suman con la firmeza de antes a su “protector” y evitan el enfrentamiento con Irán.
Los males sistémicos del imperialismo, cuya agudeza se viene acentuando en las últimas décadas, se agravan con la guerra de Irán. El petrodólar se está agotando y el yuan se impone en el mercado petrolero, pues según declaraciones del gobierno persa, el peaje por cruzar el estrecho será pagado en yuanes. Y sabedor de la debilidad de su adversario, precisamente en el terreno económico, Irán ha diseñado una estrategia que, además del uso de tecnología militar avanzada, ha sabido golpearlo en el punto más vulnerable: el económico. Y en contraparte, vemos consolidarse las economías de Irán, Rusia y China, con lo que el mundo multipolar se fortalece.
En un país que se reconoce y se publicita como democrático no es mucho pedir que las autoridades privilegien el diálogo y las soluciones, sobre todo, éstas últimas, a los graves problemas populares.
El imperialismo estadounidense afirma que Irán está contra las cuerdas y que no tiene salvación porque está derrotado.
El miércoles ocho de abril, el Senado de la República aprobó la reforma a la Ley Federal del Trabajo para reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales.
Controlar el espacio profundo con bases militares en la Luna y otros astros es la visión colonizadora de la tecno-política a la que sirve Donald Trump; también usa al Cosmos en su carrera contra la República Popular China.
El martes siete de abril, Estados Unidos (EE. UU.) e Irán acordaron un cese al fuego para abrir paso a dos semanas de negociaciones.
Hace unas cuantas horas se informó que se detenía “por dos semanas” el ataque criminal que las fuerzas armadas de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel desataron en contra de la República Islámica de Irán.
Durante el encuentro se analizó la Inteligencia Artificial (IA) como un instrumento fundamental para potenciar la productividad y las relaciones comerciales.
La medida no será inmediata: en 2026 no habrá modificación alguna; la jornada seguirá siendo de 48 horas y disminuirá un par de horas cada año hasta llegar a las 40 en 2030.
Hablar de Rusia inevitablemente traspasa los límites de los conceptos geográficos. Rusia no es simplemente un Estado en el mapa.
Históricamente, la región del Cáucaso ha sido convulsa, debido a su ubicación estratégica, siendo un pasaje de comercio y comunicación entre Europa y Asia y un punto de encuentro entre tres grandes potencias históricas, Rusia, Irán y Turquía.
A casi un mes de guerra, Estados Unidos (EE. UU.) no ha logrado derrocar al gobierno de Irán ni adueñarse de sus riquezas; tampoco ha podido tomar el control del golfo Pérsico y del estratégico estrecho de Ormuz.
Aunque en nuestro país y en el mundo la historia sigue y hay graves problemas, ante los acontecimientos en el Medio Oriente que pueden decidir el destino de la humanidad entera es muy difícil mirar hacia otra parte y hacer comentarios.
Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana” Engels.
Para entender qué quiere China en el mundo no basta conocer su política exterior, pues ésta se amolda a las coyunturas del sistema internacional conforme éstas cambian. Es necesario conocer la Gran Estrategia del país.
Va a iniciar la quinta semana de ataques de Estados Unidos (EE. UU.) y su socio Israel a la República Islámica de Irán y el conflicto está empedernido.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.