La creación de plazas de trabajo disminuyó 3.9 por ciento en el sector agropecuario y 2.1 por ciento en transformación
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Las “fábricas oscuras” son unidades productivas casi totalmente automatizadas, donde robots, Internet de las cosas (IoT) e Inteligencia Artificial realizan el proceso productivo directo, sin intervención humana. El sobrenombre que se les ha dado proviene de que no es necesario emplear iluminación para operar, pues son máquinas las que realizan todo el proceso productivo. Además, tampoco requieren ventilación, calefacción o aire acondicionado, en ellas no hay trabajadores que necesiten de esas condiciones. Como dato, la Agencia Internacional de Energía (IEA) estima que se puede reducir el consumo energético entre 15 y 20 por ciento con esta forma de producción (IEA, 2023). En China, por ejemplo, se reportó que en 2022 se redujo el 1.7 por ciento del consumo energético industrial, fenómeno atribuido a los avances en la automatización (NBS, 2023).
Desde el punto de vista marxista debe entenderse a las “fábricas oscuras” como la manifestación más acabada del aumento continuo de la composición orgánica del capital, que es una tendencia inherente al desarrollo capitalista. Recordemos que el capital invertido en la producción se divide en capital constante –invertido en maquinaria, tecnología, infraestructura, materias primas, etc.– y capital variable –invertido en comprar fuerza de trabajo–. La relación entre estos dos elementos se denomina composición orgánica del capital. Entre más grande sea ésta, significa que del capital se está invirtiendo más en maquinaria, equipo, tecnología y demás medios de trabajo y materias primas, en detrimento de la contratación de trabajadores. Y viceversa, entre más pequeña sea la composición orgánica del capital, se estará invirtiendo más en capital variable, en detrimento del capital constante.
En una fábrica “normal”, la composición orgánica del capital es menor a la de la fábrica oscura, porque en la primera todavía se destina una cierta cantidad de capital a contratar obreros. En la fábrica oscura, en cambio, el trabajo vivo de los trabajadores ha sido sustituido casi totalmente por trabajo muerto contenido en las máquinas.
Como ya se ha mencionado, la producción en las “fábricas oscuras” no utiliza trabajadores directos en el proceso productivo. Esto implica que, en caso de que se trate de unidades productivas nuevas, se dejará de contratar trabajadores; y en el caso de que sean unidades económicas viejas, se despedirá trabajadores. En otras palabras, de extenderse esta forma de producir, disminuirá la capacidad de la industria de crear puestos de trabajo.
Para poner en marcha las “fábricas oscuras” se tienen que programar las máquinas y darles mantenimiento. En caso de que sea la misma empresa la que realice esta actividad, se necesitarán trabajadores con conocimientos en esa área y es probable que disminuyan los trabajos poco cualificados. De acuerdo con el reporte The Future of Jobs 2025 del Foro Económico Mundial, se espera que para 2030 cerca del 40 por ciento de las habilidades de los trabajadores se vuelvan obsoletas debido a la automatización. El florecimiento de las “fábricas oscuras” hará que se sustituya a los trabajadores directos del proceso productivo y se empleen en programación y otras actividades que requieren de más calificación.
Sin embargo, como la Inteligencia Artificial ha avanzado grandemente y ahora es capaz de programar, puede también sustituir a los trabajadores altamente calificados, eliminando muchos empleos que normalmente son altamente remunerados. En el reporte de 2023 se proyectó que para 2027 podrían desaparecer 83 millones de empleos debido a la automatización y el uso de la Inteligencia Artificial. Aunque podrían requerirse más trabajadores en otras áreas especializadas, como ciberseguridad, para proteger los datos y códigos de las empresas.
Estas empresas han florecido en distintas ramas de la producción, aunque todavía no se han generalizado al interior de las mismas, ni siquiera todas las filiales de una misma compañía operan de esta forma.
Algunos ejemplos de “fábricas oscuras” en China son Foxconn, donde se realizan actividades como ensamble de teléfonos y otros dispositivos electrónicos; BYD, que realiza ensamblaje y chasis de coches eléctricos; y Xiaomi, que ensambla teléfonos. En Japón está Fanuc, que fue la primera que comenzó a trabajar como fábrica oscura desde 2001 y produce servomotores, máquinas, amplificadores, láseres, etc. Pero estas empresas tienen otras sucursales en el mismo país o en otros países donde no producen así. Por ejemplo, la planta de Foxconn en Kunshan en 2016, de acuerdo con AppleSfera (2016), tenía cerca de 110 mil empleados, pero por el aumento de la automatización de algunas partes del proceso productivo, la plantilla se redujo a 50 mil. Años antes, esta misma empresa ya tenía planes de remplazar trabajadores por máquinas, sin embargo, no lo hizo porque no eran tan precisas como los trabajadores y su margen de error era más alto. No hay datos públicos de cuántos trabajadores tiene actualmente esta planta, pero se sabe que Foxconn ya tiene una fábrica oscura operando en Shenzhen. Otra planta de Foxconn, la de Zhengzhou, tenía en 2022 cerca de 200 mil trabajadores (que laboraban en distintos turnos y en diferentes áreas).
Dado que esta forma de producir es reciente, no hay estadísticas sobre el número de empresas de este tipo. De lo que sí hay datos es del aumento de la producción y uso de robots industriales en el mundo. A decir de Mordor Intelligence, el tamaño del mercado en 2025 fue de 88.27 mil millones de dólares y se espera que alcance los 218.56 mil millones en 2030, con una tasa de crecimiento de 20.28 por ciento. Muchos atribuyen el optimismo de este mercado a la transición de la manufactura global a la industria 4.0 o, como también las llaman, “fábricas inteligentes”, donde se encuentran englobadas, precisamente, las “fábricas oscuras”.
Sería muy complicado augurar que fábricas con estas características abarcarán todas las ramas de producción del sector manufacturero, pues esto dependerá de si pueden valorizar a la tasa media de ganancia. En otras palabras, la cuestión es que aún no se define con claridad que sean el método de producción con los menores costos unitarios. Por ejemplo, en algunos lugares puede ser más eficiente y menos costoso emplear mano de obra barata, lo que reducirá el incentivo para cambiar la técnica de producción. O en los casos donde el Estado proporciona subvenciones o protege a la industria nacional, no hay incentivos para modificar la forma en que producen los capitalistas de dichos países.
La manufactura celular es ampliamente utilizada en sectores como el automotriz o de la electrónica. En una fábrica que opera con manufactura celular, el proceso de ensamblaje de un producto, por ejemplo, un teléfono, no se parece a una empresa completamente automatizada. El componente central sigue siendo el trabajo humano organizado en células. Una celda de manufactura es una unidad de producción pequeña y autosuficiente donde se agrupan máquinas, herramientas y trabajadores para ensamblar un producto o familia de productos similares. Lo más común es que estas células tengan forma de “U”, precisamente para facilitar la comunicación entre los operarios y minimizar los desplazamientos. En una célula, los trabajadores se colocan dentro de la curva de la U, de modo que puedan verse, hablar entre ellos y pasar el producto de una mano a otra sin moverse de su sitio o con pasos muy cortos. El flujo es de una pieza cada vez, evitando la acumulación de lotes de productos a medio terminar. Los trabajadores van ensamblando cada elemento del producto sucesivamente hasta que sale completamente ensamblado por el otro extremo de la “U”. La maquinaria –como brazos robóticos pequeños o tornos de control numérico– puede estar presente para tareas pesadas o de precisión, pero es operada por los trabajadores. La flexibilidad de la célula permite cambiar, por ejemplo, de modelo de teléfono con relativa rapidez, simplemente reordenando algunas estaciones o reentrenando a los trabajadores, lo que es ideal para producir lotes pequeños o para adaptarse a la demanda cambiante.
El contraste con la fábrica oscura es evidente, pues el capital constante –robots de ensamblaje, sistemas de Inteligencia Artificial, cintas automatizadas– domina absolutamente el proceso productivo, mientras que el trabajo vivo directo se reduce a tareas de supervisión remota y mantenimiento especializado. La fábrica opera 24/7 sin intervención humana en la línea de montaje, produciendo un teléfono cada segundo con una precisión milimétrica inalcanzable para el trabajo manual. Aquí, la flexibilidad no reside en la reconfiguración física rápida (como en la célula en “U”), sino en la capacidad del software para reprogramar los robots y adaptar la producción a nuevos modelos de alta gama. Mientras que en la manufactura celular el trabajador sigue siendo el coordinador activo del proceso, que se comunica con sus compañeros a la vista y ajusta el ritmo sobre la marcha, en la fábrica oscura el proceso se ha autonomizado por completo y el trabajo vivo se desplaza hacia fases previas (diseño, programación) o periféricas (logística, mantenimiento de alto nivel).
En este tipo de fábricas se ha sustituido el trabajo vivo por trabajo muerto. Sin embargo, la única mercancía capaz de crear nuevo valor es la fuerza de trabajo. Durante el proceso productivo, el trabajador despliega su trabajo y conserva el valor de la materia prima sobre la que está trabajando, transfiere el valor de los medios de trabajo, y crea nuevo valor. Éste último, el valor nuevo, es equivalente al valor de la fuerza de trabajo y a la plusvalía.
Entonces, si no se emplean trabajadores en el proceso de trabajo de las “fábricas oscuras”, no hay forma de que se cree nuevo valor. Las mercancías contendrían sólo el valor del trabajo muerto conservado y transferido de las materias primas y los medios de trabajo.
En la realidad, por supuesto, el trabajo no desaparece del todo: se tienen que programar las máquinas para que éstas puedan funcionar, además de darles mantenimiento, etc. Sin embargo, dependiendo del modelo de negocio de la empresa, este proceso se puede ejecutar por la misma empresa, o hacer que la programación se realice en un eslabón anterior a la fábrica oscura. En el primer caso, la gran empresa posee centros de I+D –donde programan– y la fábrica oscura –donde producen–. En este modelo, aunque la programación no se realice en el mismo recinto, sino en un lugar bien iluminado y con las condiciones adecuadas, sí forma parte de la misma empresa y sí habría una parte del capital invertido en fuerza de trabajo, pues se estarían contratando programadores, ingenieros y demás.
Éste es el caso de empresas como Tesla, que diseña el software para sus procesos productivos, pues tiene una forma de integración vertical –las empresas que incorporan diversos elementos de la cadena productiva al interior de ésta se les denomina verticalmente integradas–. Un modelo similar tiene Fanuc, una empresa en la que robots fabrican robots. El software que controla las máquinas se diseña en los laboratorios de la misma compañía y se instala en los robots que producen luego más robots. En estos casos, el trabajo vivo de los programadores e ingenieros (trabajo, además, complejo y altamente cualificado) sí crea plusvalía. Digamos que ese capital individual sí está valorizando cierta cantidad de plusvalor correspondiente a esos trabajadores.
En el segundo caso, que además es el más común, otro capital, subcontratado, especialista en software, realiza la programación. En esta unidad productiva específica, dado que es puro trabajo muerto el que contienen las máquinas, no habría creación de plusvalía, pues el plusvalor ya fue generado y realizado por el capital que vendió el software. La pregunta que surge, entonces, es ¿de dónde provienen las ganancias de las “fábricas oscuras” si no hay trabajo vivo?
El trabajo vivo es el único capaz de crear plusvalía y todas las ganancias capitalistas no son más que partes de la plusvalía producida socialmente por los trabajadores. Sin embargo, la ganancia de los capitales individuales no está determinada por la plusvalía que logran extraer individualmente. La plusvalía total generada en la sociedad (que depende del grado de explotación de la fuerza de trabajo) no se queda íntegramente en las empresas que la extrajeron, sino que se distribuye entre todos los capitalistas en proporción al capital total que cada uno ha invertido, y no en proporción a la fuerza de trabajo que emplean directamente.
La competencia y la movilidad del capital entre las ramas, que van en busca de mayor rentabilidad, tiende a igualar las tasas de ganancia. Si en una industria, por ejemplo la textil, las ganancias suben por encima del promedio, los empresarios de otros sectores (como del calzado o los alimentos) querrán llevarse su capital allí. Al llegar más inversiones a la industria textil, se produce más ropa, la oferta aumenta y los precios tienden a bajar. Al bajar los precios, también baja la ganancia que habían atraído esas inversiones. Este movimiento de capitales de un sector a otro se detiene cuando las ganancias se igualan en todas las industrias. A ese nivel de ganancia, que termina imponiéndose en toda la economía, se le llama tasa media de ganancia, y en la medida en que se forma provoca una redistribución del plusvalor entre los distintos capitales.
En este sentido, las mercancías no se venden por lo que realmente “valen” en términos de tiempo de trabajo, sino a un precio de producción, determinado por el mercado, que se compone de dos partes: lo que al empresario le costó producir (materias primas, máquinas, salarios) más la ganancia media que le corresponde por el tamaño de su inversión. Los capitalistas que invirtieron una mayor cantidad de capital recibirán mayor porción de plusvalía, aunque tengan una composición orgánica del capital más alta, es decir, aunque hayan empleado mayor cantidad de su capital en maquinaria, equipo, etc., y no en contratar fuerza de trabajo.
En este proceso, los capitales con una composición orgánica más baja que el promedio social (es decir, que utilizan proporcionalmente más trabajo vivo) producen más plusvalía de la que terminan reteniendo, mientras que aquellos con una composición orgánica más alta (como las “fábricas oscuras”) se apropian de plusvalía generada por otros capitales, compensando así su menor valorización. Si la ganancia fuera proporcional al trabajo vivo empleado, entonces ramas de la producción más intensivas en trabajo serían mucho más rentables que las menos intensivas, y esto no puede ser una situación sostenible en el largo plazo.
En las “fábricas oscuras”, al introducir mejores máquinas y tecnología más avanzada, lo que se busca es aumentar la capacidad productiva y la productividad sin que esto represente un aumento sustancial de costos para el capital individual. Los avances técnicos deben ser “rentables” para el capitalista en cuestión. Si el capitalista de la fábrica oscura produce a un costo mucho menor que el de los demás capitalistas de su misma rama, porque tiene una ventaja técnica que le permite producir más por unidad de tiempo empleando casi los mismos recursos, obtendrá una plusvalía extraordinaria en el sentido clásico: vende sus mercancías al valor social (aún determinado por las condiciones técnicas menos eficientes), pero el valor individual de su mercancía es inferior.
En otras palabras, desde el punto de vista del capitalista individual, el precio de su mercancía no es igual a la suma de capital constante, capital variable y plusvalía, sino más bien, el capitalista ve el precio como lo que él gastó al inicio (su inversión), más el excedente sobre ese costo, es decir, su ganancia. Aquí ocurre una mixtificación: la ganancia aparece como un excedente generado por el capital total que él adelantó, y no como fruto exclusivo del capital variable, mientras que el origen de la ganancia –la explotación– queda oculto.
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Escrito por Ollin Vázquez
Maestra en Economía por la UNAM.