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La visión de desarrollo tecnológico de China
China intenta utilizar la planificación para determinar qué empleos se transformarán, de qué manera y a qué velocidad.


Mientras Elon Musk vende robots para fábricas, China los entrena para no aplastar una hoja de té milenaria. La imagen es sorprendente. Un robot biónico de última generación llamado Zhiyuan A2 se desplaza entre las delicadas plantas de té Longjing, una variedad cultivada desde hace más de mil 200 años y cuya cosecha ha dependido tradicionalmente de la habilidad de manos expertas. A primera vista, la escena parece mostrar cómo la tecnología de reconocimiento de imágenes y los algoritmos inteligentes sustituyen el conocimiento acumulado durante generaciones de agricultores capaces de identificar el brote exacto que debe recolectarse.

Detrás de esa imagen hay una lógica distinta a la predominante en Estados Unidos (EE. UU.) y Latinoamérica. Allí, robots como Optimus, de Tesla, o Atlas, de Boston Dynamics, responden a los intereses de rentabilidad para las grandes corporaciones privadas: suelen concentrarse en almacenes, líneas de ensamblaje o demostraciones tecnológicas que buscan atraer inversión y atención mediática. En China, por el contrario, el desarrollo de sistemas como el Zhiyuan A2 pertenece a una estrategia nacional vinculada al XV Plan Quinquenal (2026-2030) y al concepto de las “nuevas fuerzas productivas de calidad”.

China identificó problemas que difícilmente podrían resolverse por sí solas mediante las fuerzas del mercado; uno de ellos es el envejecimiento y emigración de las zonas rurales, donde cada vez menos jóvenes están dispuestos a la cosecha manual del té. Otro consiste en garantizar estándares uniformes de calidad en productos de alto valor agregado como el Longjing premium, cuya clasificación depende de recolectar únicamente brotes específicos. A ello se suma la preservación de una tradición agrícola centenaria sin condenarla al estancamiento o a la desaparición por falta de mano de obra.

Mientras EE. UU. automatiza procesos para reducir costos y sustituir trabajadores (como en centros de llamadas, cajas de cobro o procesos industriales), China busca orientar la transición tecnológica. El objetivo declarado no consiste en despedir agricultores, sino en cubrir la escasez de trabajadores en temporadas críticas, elevar la productividad y mejorar la calidad del producto final. Bajo esta lógica, parte de la mano de obra puede desplazarse hacia labores de supervisión, mantenimiento, control de calidad o gestión de sistemas automatizados, mientras la planificación estatal intenta evitar procesos abruptos de desempleo masivo.

La tecnificación del campo chino no se parece a la imagen tradicional de enormes tractores o maquinaria pesada recorriendo extensiones agrícolas. En muchos casos consiste en la incorporación de tecnologías avanzadas diseñadas específicamente para problemas concretos en las zonas rurales. El robot recolector de té es un ejemplo de ello.

Este aspecto resulta particularmente importante. China dejó atrás la etapa donde era una ensambladora de componentes extranjeros. Hoy integra tecnologías desarrolladas dentro de un ecosistema industrial propio, desde una visión por computadora apoyada en chips nacionales hasta algoritmos de procesamiento en el borde, manos biónicas fabricadas mediante impresiones en tercera dimensión (3D) y redes de comunicación 5G desplegadas en regiones rurales.

Ninguna empresa privada estadounidense recibiría incentivos para desarrollar un conjunto tan especializado de tecnologías pensando en las necesidades de un jardín de té situado en una provincia específica de China. La lógica de rentabilidad inmediata no suele favorecer proyectos de este tipo. En cambio, un Estado con capacidad de planificación puede dirigir recursos hacia sectores estratégicos, aunque su importancia trascienda las ganancias inmediatas, porque entiende que la soberanía tecnológica también depende de la solución a problemas concretos de la producción nacional.

EE. UU. privilegia esquemas basados en la propiedad intelectual y el control privado del conocimiento, China ha incorporado el código abierto como una herramienta para acelerar la innovación; el software de código abierto permite que cualquier persona utilice, estudie, modifique y distribuya programas libremente; esto logra reducir costos de desarrollo y fortalece su independencia tecnológica. El país financia proyectos, promueve plataformas colaborativas y fomenta la construcción de comunidades tecnológicas capaces de generar soluciones compartidas a gran escala.

Asi, mientras en Occidente gran parte del debate sobre la Inteligencia Artificial (IA) se centra en cuántos empleos desaparecerán, China intenta utilizar la planificación para determinar qué empleos se transformarán, de qué manera y a qué velocidad. El robot recolector de té representa, aparentemente, un ejemplo modesto, pero ilustra cómo se construye una estrategia de hegemonía tecnológica desde la base productiva, vinculando innovación, industria, agricultura y planificación estatal.

México puede aprender de esto: la soberanía tecnológica no consiste en fabricar chips, sino en resolver problemas propios con herramientas colectivas. 


Escrito por Alexis Heras

Colaborador


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