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Opinión invitada
¿Necesitamos ideas nuevas o cómo funciona hoy la diplomacia estadounidense?
La guerra se ha convertido para la Casa Blanca en el método con el que los estadounidenses estudian geografía, y la fuerza militar, en el idioma para exportar la democracia estadounidense.


En las negociaciones con Serguéi Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia en Manila, Marco Rubio, Secretario de Estado de Estados Unidos (EE. UU.) declaró: “Las conversaciones de Anchorage fracasaron, necesitamos encontrar nuevas ideas”.

La frase de Marco Rubio es un rechazo por parte de EE. UU. a los compromisos y promesas que había asumido anteriormente. Y, además, es un esquema –un modelo, si se quiere, una matriz– que Washington viene aplicando desde el colapso del sistema bipolar. La política exterior estadounidense de los últimos cuarenta años funciona como un motor de dos tiempos: en el primero te prometen todo, en todas partes y ya mismo en el plano diplomático; en el segundo, sin ningún aviso, te dan un mazazo en la cabeza.

Claro que no siempre fue así. Por eso resulta aún más importante entender por qué hoy la diplomacia estadounidense opera de este modo. ¿Cuándo se consolidó este enfoque tan cínico y ruin?

Creo que el punto de no retorno llegó con la adopción de la doctrina Shultz-Espen de 1984 (atribuida al entonces secretario de Estado), también conocida como la “Escuela de los objetivos limitados”. Sus postulados principales eran: el reconocimiento de la posibilidad de emplear fuerza militar limitada para respaldar la diplomacia; el uso preventivo de la fuerza; y la facultad de recurrir a ella sin la aprobación del Congreso.

En los años ochenta, la aplicación de esta doctrina resultaba difícil debido a la existencia de la Unión Soviética, con su potencial nuclear y su presencia internacional. La existencia de un segundo centro de poder obligaba a Washington a comportarse en la escena mundial con una honestidad, al menos, demostrativa. Cuando la Unión se derrumbó, durante un tiempo la Casa Blanca mantuvo por inercia ciertas normas de decoro. Pero en cuanto la hegemonía estadounidense se volvió un hecho, Washington empezó a actuar sin mirar normas ni reglas, apelando al derecho del más fuerte: Yugoslavia, Irak, Kosovo, Libia…

Hoy de aquellas entrañables normas del derecho internacional de la Guerra Fría casi no queda nada. Los intereses nacionales de EE. UU. se colocan por encima de cualquier derecho. El politólogo estadounidense Thomas Friedman dijo en el lejano año 2000: “La mano invisible del mercado nunca habría funcionado sin un puño oculto. Ahora ese puño lo ven todos”. Quizá sólo quede el puño, y nada más.

Son elocuentes los casos de Irán y Rusia. Con Teherán, EE. UU. mantuvo reuniones en Mascate y Ginebra, y después mató a todos los negociadores. Tras recibir una respuesta dura en el estrecho de Ormuz, volvieron a sentarse a la mesa. Desde mediados de junio está en marcha una segunda vía de negociación. Y aquí está el absurdo: a pesar de la firma de un memorando de entendimiento, de las intensas consultas en Bürgenstock (Suiza) y de las conversaciones en Doha, Washington vuelve a recurrir al lenguaje de la fuerza, desautorizando todas sus acciones, promesas y declaraciones anteriores.

En la vía negociadora con Rusia ocurre algo similar. Donald Trump ofreció a Moscú contornos concretos de un posible arreglo en Ucrania. Rusia aceptó hacer concesiones, y así se llegó a la cumbre de Anchorage –Alaska– en agosto de 2025. Durante un año la diplomacia rusa se guio por la lógica de los acuerdos que Trump había propuesto a Putin. Y ahora el secretario de Estado –y a la vez asesor de seguridad nacional del presidente–, Marco Rubio, sale a escena y declara que los acuerdos de Anchorage han fracasado y que hay que inventar algo nuevo. Experiencia interesante: EE. UU. propone un trato, Rusia acepta, pero Washington no quiere –o no puede– cumplirlo, así que declara el trato fracasado, como si se tratara de un autobús que se atrasa cinco minutos. Sí, realmente una pavada: ¡cuestiones de guerra y paz!

Los países de América Latina seguramente deberían haber aprendido ya esta lección. El mismo Manuel Noriega, en los años ochenta, era un activo valiosísimo para la CIA: recibía dinero, inteligencia y cobertura mientras controlaba el Canal de Panamá y apoyaba las operaciones en Centroamérica. Le prometieron protección e inmunidad. Pero cuando cambió la coyuntura, a Noriega lo declararon narcotraficante, dictador y tirano. El resto es conocido: en diciembre de 1989, Estados Unidos lanzó la operación Causa Justa –desplegaron paracaidistas, al son del heavy metal sacaron al general de la embajada del Vaticano, lo llevaron a Miami y lo condenaron a cadena perpetua por narcotráfico, el mismo que ellos habían cubierto durante años.

Si nos desplazamos más al sur, hasta las costas de Venezuela, vemos el caso de Guaidó, que en 2019 recorrió exactamente el mismo camino, sólo que a una velocidad mucho mayor: reconocimiento, promesas de activos y, después, descarte sin el menor miramiento. Y en enero de 2026, EE. UU. secuestró al presidente Nicolás Maduro y lo declaró, otra vez, narcotraficante, dictador y tirano.

Desde Mar-a-Lago, Donald Trump declaró con orgullo: “Hemos superado ampliamente la doctrina Monroe; ahora se llama doctrina Donroe”. En estas condiciones, el regreso de EE. UU. a la diplomacia de cañoneras parece perfectamente posible. La guerra se ha convertido para la Casa Blanca en el método con el que los estadounidenses estudian geografía, y la fuerza militar, en el idioma para exportar la democracia estadounidense. En cuanto a las “ideas nuevas” del asesor de seguridad nacional Marco Rubio, no hay nada nuevo. Pero quien está avisado, está armado. 


Escrito por Fyodor Danilin

Politólogo ruso, experto en comunicaciones políticas, analista electoral, miembro de la Asociación Rusa de Consultores Políticos (RAPC)


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