La decisión fue aprobada el 20 de octubre en una reunión encabezada por el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir; su instalación está prevista para los próximos meses.
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El acuerdo nuclear entre EE. UU. y Arabia Saudí reabre el debate sobre los dobles estándares en la política internacional.
¿Puede una misma tecnología representar una amenaza cuando la desarrolla un adversario y convertirse en una oportunidad cuando la adquiere un aliado?
Ésa es la pregunta que ha vuelto al centro del debate internacional tras el anuncio del nuevo acuerdo de cooperación nuclear entre Estados Unidos (EE. UU.) y Arabia Saudí. Aunque Washington insiste en que el objetivo es impulsar un programa nuclear con fines exclusivamente civiles, el pacto ha despertado interrogantes dentro y fuera de EE. UU. sobre sus implicaciones para la seguridad regional y el futuro del régimen internacional de no proliferación.
Más allá de la construcción de reactores o de la transferencia de tecnología, el punto más delicado del acuerdo gira en torno al posible acceso saudí a tecnologías sensibles del ciclo del combustible nuclear, particularmente el enriquecimiento de uranio. Se trata de una capacidad que, bajo supervisión internacional, puede utilizarse para producir combustible para centrales eléctricas, pero que también ha sido considerada históricamente uno de los aspectos más sensibles de cualquier programa nuclear.
Y es precisamente ahí donde comienza la controversia.
Durante más de dos décadas, Washington ha sostenido que la expansión de tecnologías relacionadas con el enriquecimiento de uranio representa un riesgo para la estabilidad internacional cuando existe la posibilidad de que puedan emplearse con fines militares. Ese argumento ha sido uno de los pilares de su política exterior en materia nuclear.
Hoy, sin embargo, el debate se centra en si ese criterio se mantiene de forma uniforme o si cambia dependiendo del país involucrado.
No se trata únicamente de una crítica formulada por gobiernos rivales de EE. UU. Dentro del propio Congreso estadounidense, así como en diversos centros de estudios especializados en control de armamentos, han surgido voces que advierten que flexibilizar las condiciones para Arabia Saudí podría sentar un precedente difícil de gestionar en el futuro.
La preocupación es sencilla: si un aliado obtiene determinadas capacidades nucleares, otros países de la región podrían reclamar un trato similar.
El riesgo de una nueva competencia regional
Asia Occidental atraviesa una de las etapas más complejas de su historia reciente. Las tensiones geopolíticas, las rivalidades estratégicas y los conflictos indirectos hacen que cualquier modificación en el equilibrio militar o tecnológico tenga repercusiones inmediatas.
Si Arabia Saudí fortalece significativamente su infraestructura nuclear, otros actores regionales podrían considerar necesario desarrollar programas similares para no quedar en desventaja estratégica.
Más que una carrera por construir reactores, el verdadero riesgo radica en la posible expansión de capacidades sensibles que incrementen la desconfianza entre los Estados.
La credibilidad del régimen de no proliferación
El Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) constituye uno de los principales instrumentos de seguridad internacional desde hace más de medio siglo. Su fortaleza depende no sólo de sus disposiciones jurídicas, sino también de la percepción de que sus principios se aplican de manera coherente.
Cuando diferentes países perciben que una misma actividad recibe respuestas distintas dependiendo de la relación política con las grandes potencias, inevitablemente surgen dudas sobre la imparcialidad del sistema.
En ese sentido, el verdadero desafío del acuerdo entre Washington y Riad no consiste únicamente en determinar cuántos reactores serán construidos o qué tecnología será transferida. La cuestión de fondo es si el régimen internacional de no proliferación podrá mantener su credibilidad en un escenario donde los criterios parecen cada vez más condicionados por intereses geopolíticos.
Una decisión que también responde a la competencia global
Desde la perspectiva de Washington, el acuerdo tiene otra dimensión. Estados Unidos busca mantener su influencia sobre el programa nuclear saudí y evitar que Riad recurra a proveedores alternativos como China o Rusia, cuya presencia tecnológica y estratégica en Oriente Medio ha crecido de manera significativa durante los últimos años.
Bajo esa lógica, la cooperación nuclear también forma parte de la competencia entre las grandes potencias por consolidar alianzas y ampliar su influencia en una de las regiones más estratégicas del planeta.
Sin embargo, esa lógica geopolítica no elimina las preguntas de fondo. Si el acceso a determinadas tecnologías depende cada vez más de las alianzas políticas y cada vez menos de principios universales, el sistema internacional corre el riesgo de perder uno de sus activos más importantes: la confianza en que las reglas son iguales para todos.
Mucho más que un acuerdo bilateral
El futuro de este pacto todavía dependerá de negociaciones, mecanismos de supervisión y debates políticos tanto en Washington como en Riad.
Pero independientemente de su versión definitiva, el debate ya está abierto.
La cuestión ya no es únicamente si Arabia Saudí desarrollará un programa nuclear civil, sino qué mensaje enviará este acuerdo al resto del mundo.
Porque cuando las mismas reglas parecen aplicarse de manera diferente según quién sea el aliado y quién el adversario, el verdadero desafío deja de ser tecnológico.
Pasa a ser un problema de credibilidad internacional. Y esa credibilidad, una vez perdida, resulta mucho más difícil de recuperar que cualquier equilibrio estratégico.
La decisión fue aprobada el 20 de octubre en una reunión encabezada por el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir; su instalación está prevista para los próximos meses.
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Escrito por Mohammad Reza Gilani
@MrezaG88