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Ideología y pragmatismo suelen presentarse como posiciones contrapuestas en la actividad política. Quien es ideológico no es pragmático, y viceversa; o, también, alguien es más ideológico que pragmático, y viceversa. El comportamiento de un individuo, grupo o partido tiende a recibir el calificativo de “ideológico” cuando es causado, principalmente, por un conjunto de valores, objetivos o principios, mientras que el calificativo de “pragmático” se asigna a un actor cuando éste sacrifica los valores, objetivos o principios con los que se identifica en aras de obtener ganancias inmediatas. Pero esta dicotomía es falsa. Los actores políticos no son ideológicos o pragmáticos, siempre son ambos.
Si se entiende como ideología a un conjunto de representaciones sociales compartidas por los miembros de un grupo, entonces todos los grupos sociales tienen una o más ideologías. Las ideologías políticas serían un grupo particular de representaciones sociales, aquellas referentes al ejercicio del poder. Ningún actor político estaría desprovisto de una ideología política. Entendido así el concepto, ni siquiera el actor “más pragmático” estaría exento de tener una ideología. La renuncia a una ideología específica no implica la negación de toda ideología, sino la aceptación de una distinta a la anterior. No existe el espacio no ideológico. Esto no significa que históricamente exista un número definido de ideologías y que los distintos actores sólo puedan elegir entre una y otra, o compartir varias, sino que las ideologías también se fortalecen y debilitan, se transforman, nacen y mueren. Tampoco significa que la relación entre ideología y pragmatismo sea unidireccional. La relación es mutuamente condicionante. En este sentido, la relación entre ideología y pragmatismo puede entenderse como un caso de la relación entre teoría y práctica. El pragmatismo sería entonces una forma de avanzar en la agenda ideológica, adecuándola a factores que pueden ser considerados como obstáculos o restricciones. Al mismo tiempo, la ideología en cuestión se puede modificar conforme la práctica lo exige.
La verdadera dicotomía no es aquella entre ideología y pragmatismo, sino la que existe entre dogmatismo y pragmatismo. El dogmatismo sería una posición ideológica que ignora las restricciones, obstáculos y enseñanzas de la práctica e insiste en la realización plena de una agenda inmodificable y probadamente inviable. Una ideología política dogmática no tiene espacio para la modificación, es estática y cerrada en su contenido. Pero no toda ideología es necesariamente dogmática.
Partiendo de esta forma de entender la ideología y el pragmatismo puede hacerse un análisis de la historia contemporánea de China que va contra la narrativa dominante. La versión más aceptada, incluso en algunos círculos académicos, tiende a contraponer la China de Mao Zedong con la de Deng Xiaoping, oponiéndolas como versiones ideológicas y pragmáticas, respectivamente. Desde esta perspectiva, la política nacional e internacional de China durante el liderazgo de Mao estaría caracterizada por un conjunto de valores y principios socialistas, y estaría orientada hacia la construcción del socialismo en China y el mundo; durante el liderazgo de Deng, esos valores, principios y objetivos se habrían desdibujado del discurso y la práctica hasta el punto de ser irreconocibles. Esta interpretación de la China post 1978 suele apoyarse en la frase china popularizada por Deng: “No importa si el gato es negro o blanco, lo que importa es que cace ratones”. Con esa base de fondo, algunos estudiosos llegan a afirmar que “la política exterior de china es no ideológica” o, incluso, que “la ideología de China es el pragmatismo”.
Estas expresiones serían inexactas si se acepta que no puede haber un vaciamiento ideológico en ningún caso. Lo adecuado sería identificar si China abandonó su ideología previa para adoptar una nueva, e identificar cuál sería la nueva ideología prevaleciente. La ideología de China puede identificarse a través de los discursos y las acciones del Estado, que en el caso de China provienen del Partido Comunista de China. El reto consiste, entonces, en establecer con qué valores, principios y objetivos se identifican los discursos y las acciones del Partido. Si se acepta que la China de Mao era socialista y la China post 1978 cambió, tendría que demostrarse que el socialismo ya no es la ideología política predominante en China y probar cuál o cuáles ocupan su lugar.
En la política nacional, el Partido mantiene un discurso que caracteriza a China como una formación socioeconómica socialista. Específicamente, China estaría en la primera etapa del socialismo. En lo que se refiere a las acciones, el desarrollo de las fuerzas productivas, la propiedad pública de los principales medios de producción (tierra, empresas estratégicas, finanzas), la eliminación de la pobreza extrema y el incremento generalizado de las condiciones de vida de las grandes masas pueden ser considerados como elementos propios de una agenda ideológica socialista. Por supuesto, hay un debate siempre presente sobre este punto. Afuera y adentro de China existen estudiosos provenientes de todo el espectro político (incluidos liberales y comunistas) que rechazan el carácter socialista del país asiático y lo entienden más como un tipo especial de capitalismo.
En la política exterior también ha habido continuidad, aunque ésta es menos evidente. A grandes rasgos, puede decirse que la política exterior del Partido ha seguido principios soberanistas, antiimperialistas y de apoyo al Sur Global. La alianza con la Unión Soviética se terminó en 1960, cuando China asumió que ésta se había convertido en una potencia imperialista. En 1964, China estableció relaciones diplomáticas con la Francia de De Gaulle, capitalista, pero crítica de la OTAN. El apoyo a las luchas anticolonialistas y antiimperialistas en Asia, África y América Latina fue una constante durante los primeros años de la República Popular. Después de 1978, China mantuvo su posición soberanista, antiimperialista y de apoyo al Sur Global, pero de otras maneras. En 1997, China y Rusia firmaron un acuerdo conjunto para luchar por el multipolarismo. Ya en el Siglo XXI, con el crecimiento de sus capacidades, China ha aumentado su proyección en este terreno, a través de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghai y las iniciativas globales propuestas por Beijing, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Pero es innegable que, a pesar de todas las continuidades existentes, en el Partido se operó una transformación ideológica importante en 1978. No se sustituyó la ideología socialista por una liberal, lo que hubo fue una modificación de la ideología socialista previa y una adecuación a las condiciones del país. El llamado de Deng Xiaoping a “emancipar la mente” no estaba dirigido contra el socialismo, sino contra el dogmatismo imperante en un grupo dentro del Partido, que tomaba las palabras del Mao tardío como dogma incuestionable, posición representada por Hua Guofeng. Deng no rompió con la tradición, sino que buscó innovar dentro de ella. La China de Deng Xiaoping siguió persiguiendo el objetivo de construir el socialismo, pero por otras vías, atendiendo a las condiciones específicas del país.
Retomando la antinomia entre ideología y pragmatismo, los periodos de Mao Zedong, Deng Xiaoping y Xi Jinping están caracterizados por una ideología socialista que, en los tres casos, convive con un pragmatismo. Ninguno de los tres periodos podría caracterizarse como pura, o principalmente, ideológico, pragmático o dogmático. La principal diferencia radica en las diferentes formas de entender el socialismo en cada momento, no en si tienen ideología o no.
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Escrito por Ehécatl Lázaro
Columnista de politica nacional