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Ensayo
El internacionalismo de la Revolución Cubana
El ejemplo cubano es feroz no porque sea perfecto, sino porque demuestra que es posible sostener una experiencia de dignidad y soberanía a noventa millas del imperio durante más de seis décadas.


El fomento incansable del menosprecio que pesa sobre la Revolución Cubana es una operación calculada, no una opinión espontánea. Nace de una guerra de ideas librada por los capitalistas globales, amparados en el poderío militar, económico y mediático del imperialismo estadounidense y sus aliados occidentales. Entre el cerco que padece La Isla –condenado año tras año por la Asamblea General de la ONU– y la percepción distorsionada instalada en el sentido común hay una relación directa: se ahoga económicamente para que el ejemplo no funcione, y se desacredita mediáticamente para que el ahogo parezca merecido.

El ejemplo cubano es feroz no porque sea perfecto, sino porque demuestra que es posible sostener una experiencia de dignidad y soberanía a noventa millas del imperio durante más de seis décadas. De ahí el empeño en reducir a Fidel Castro a un autoritario y la Revolución a un fracaso. Pero hay una dimensión que el poder ha procurado sistemáticamente desactivar, porque en ella reside la mayor amenaza a su dominio: el internacionalismo cubano, su vocación fraterna, su solidaridad activa con los pueblos oprimidos del Tercer Mundo. El silencio y la distorsión que rodean a esta faceta son la mejor prueba de su potencia: si ocupara el lugar que merece en la conciencia de la clase trabajadora mundial, la campaña de descrédito se toparía con la evidencia de una solidaridad desplegada sin pedir nada a cambio. De esa práctica internacionalista, de sus gestos concretos y de su significado profundo, hablaremos en las líneas que siguen.

            I

El internacionalismo es la convicción de que la lucha contra la explotación no puede limitarse a las fronteras de un solo país, porque el capitalismo opera como un sistema global que conecta el saqueo de unos pueblos con la acumulación de otros. No es una estrategia diplomática ni una inclinación filantrópica, es un principio de acción que articula las resistencias locales en un frente común, porque ninguna nación puede alcanzar su emancipación plena mientras otras permanezcan sometidas.

La Revolución Cubana confirió un correlato ético a esta exigencia analítica teorizada por el marxismo y continuada por Lenin, plasmándola en la praxis y el pensamiento de Fidel Castro. Tal como queda atestiguado en Cien horas con Fidel, la vocación solidaria del líder cubano se nutrió de la vivencia directa de las asimetrías sociales en su infancia. De José Martí derivó la máxima ética de que Patria es humanidad, convicción que impidió que la Revolución se replegara en un chovinismo insular y que llevó a Castro a definir el internacionalismo no como un exceso de generosidad, sino como un imperativo y un deber ético-político ineludible: Ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”, asumiendo la solidaridad como “la esencia mejor del socialismo”. A través de una pedagogía popular nacida de la ayuda desinteresada, Cuba unió en una sola convicción ética la protección de la soberanía nacional y la obligación moral hacia los pueblos oprimidos del Tercer Mundo. Esa convicción no fue una declaración de principios para el consumo interno, sino el motor de una proyección externa sin precedentes en la historia del Sur Global.

            II

Al encarnar esta obligación moral en el escenario internacional, la Revolución Cubana desplegó una contribución a las gestas de liberación de Asia, África y América Latina que carece de parangón. Lejos de limitar su solidaridad a la condena diplomática, La Isla empeñó recursos, logística y la vida de sus propios hijos para acompañar las luchas de los pueblos pisoteados por el colonialismo, el Apartheid y el imperialismo.

En África, su huella fue decisiva para liquidar el yugo colonial. Desde los primeros apoyos al Frente de Liberación Nacional en Argelia y a la guerrilla anticolonial del Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC) en la Guinea-Bisáu liderada por Amílcar Cabral, La Isla asumió un compromiso sin concesiones. Este principio alcanzó su cenit en la Operación Carlota: más de 300 mil combatientes y colaboradores cubanos cruzaron el Atlántico para defender la soberanía de Angola frente al ejército del Apartheid sudafricano. La victoria en Cuito Cuanavale no sólo consolidó la independencia angoleña y la liberación de Namibia, sino que asestó la estocada definitiva al régimen de segregación racial en la propia Sudáfrica. Sin la sangre derramada por los hijos de La Isla en suelo africano, el fin del Apartheid habría sido impensable; así lo atestiguó el propio Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela, al proclamar en La Habana en 1991: “La derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale hizo posible que hoy yo pueda estar aquí con ustedes”.

En el Sudeste Asiático, la solidaridad con Vietnam durante la agresión estadounidense se convirtió en símbolo de dignidad. Cuba fue el primer país en reconocer al Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur y movilizó recursos, donaciones de sangre e ingenieros. En 1973, Fidel Castro se convirtió en el único jefe de Estado que cruzó el paralelo 17 para pisar el territorio liberado de Vietnam del Sur, reafirmando que “por Vietnam, Cuba está dispuesta a dar hasta su propia sangre”.

En América Latina, siguiendo el mandato bolivariano de unidad continental, Cuba se transformó en bastión incondicional de los movimientos patrióticos. Respaldó el triunfo sandinista en Nicaragua, apoyó al FMLN en El Salvador y salvó la vida de miles de militantes que huían de las dictaduras del Cono Sur amparadas por el Plan Cóndor.

Esta entrega desinteresada demostró que la independencia de estas naciones no fue una concesión imperialista, sino el resultado de una resistencia heroica respaldada por un pueblo insular que jamás demandó a cambio un solo pozo petrolero, una mina ni una concesión territorial. La única herencia que Cuba reclamó fue el regreso de sus combatientes caídos para ser sepultados en su tierra. Semejante desprendimiento responde a una convicción de fondo: para la Revolución Cubana, la lucha armada jamás fue un fin en sí mismo, sino el recurso extremo de los pueblos frente al yugo colonial y la dictadura.

Al concluir la etapa de la liberación –sellada en el Sudoeste Africano no con afán de ocupación, sino con la firma de la paz en 1988–, Cuba convirtió esa autoridad moral en una diplomacia de principios. Lejos de la neutralidad distante, La Isla actuó como garante decisivo en los Acuerdos de Paz de Colombia de 2016 y fue la artífice de la Proclama de América Latina y El Caribe como Zona de Paz en 2014. Desde la presidencia del Movimiento de Países No Alineados, la tribuna de la ONU y su facilitación en diferidos históricos como el diálogo ecuménico global, Cuba alzó una de las voces más firmes en defensa del desarme nuclear, la resolución pacífica de los conflictos y la causa del pueblo palestino frente al exterminio colonial, demostrando que la verdadera paz no es la mera ausencia de guerra, sino la presencia de la justicia. La Revolución transformó las trincheras de la emancipación en una diplomacia insobornable, abriendo el cauce para la mayor y más noble de sus misiones internacionales: el despliegue global de su ejército de batas blancas y maestros.

 

 

            III

Si el respaldo político-militar demostró el compromiso cubano con la autodeterminación, fue su dimensión humanista la que consagró su legado en la conciencia internacional. Cuba no esperó a solucionar sus carencias domésticas para proyectar su solidaridad. En 1963, cuando el éxodo profesional inducido por Washington dejó a La Isla con la mitad de sus médicos, una brigada pionera de 55 colaboradores partió hacia Argelia, inaugurando una doctrina inédita: la salud no como mercancía, sino como derecho humano irrenunciable. Desde aquel hito, la escala del despliegue asistencial carece de comparación: más de 600 mil colaboradores han prestado servicios en 165 países, sosteniendo una política viva que hoy cuenta con 75 mil 364 médicos en el país y mantiene a unos 50 mil profesionales en 64 naciones.

Esta visión erigió respuestas estructurales para los desposeídos. En 1998 nació la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), que ha graduado a más de 31 mil médicos de 122 países –incluidos miles de jóvenes vulnerables de América, África, Asia y comunidades marginadas de Estados Unidos– para retornar a sanar a sus pueblos. A ello se sumó la Operación Milagro, que ha devuelto la vista gratuitamente a más de cuatro millones de personas en 34 países; y el Contingente “Henry Reeve”, cuyas 90 brigadas han actuado en 55 naciones salvando cerca de 80 mil vidas ante epidemias y desastres: desde la vanguardia contra el Ébola en África, hasta el auxilio prestado en 40 países durante la pandemia de Covid-19.

A esta labor solidaria se sumó el desarrollo de un modelo biotecnológico único en el Tercer Mundo. Bajo la premisa de que el futuro del país debía ser “necesariamente de hombres de ciencia”, instituciones punteras como el Polo Científico de La Habana, el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), y el Centro de Inmunología Molecular alcanzaron hitos universales: la vacuna contra el Meningococo B, el Interferón alfa-2b, el Heberprot-P (que evita amputaciones por pie diabético) y la vacuna terapéutica contra el cáncer de pulmón, CIMAvax-EGF. La OMS certificó a Cuba en 2015 como el primer país en erradicar la transmisión maternoinfantil del VIH y la sífilis, y durante la crisis sanitaria global, La Isla desarrolló sus propias vacunas (Soberana 02, Soberana Plus y Abdala), inmunizando a su población y transfiriendo dosis al Sur Global sin someterse al chantaje de las trasnacionales.

Sin embargo, la Revolución comprendió que la salud del cuerpo resulta incompleta sin la emancipación de la mente y el espíritu. En esa batalla integral contra la opresión, Cuba desplegó el método pedagógico “Yo, sí puedo”, mediante el cual más de 10.6 millones de personas en 30 países aprendieron a leer y escribir, erradicando el analfabetismo en vastas regiones de América Latina y el Caribe. A esta gesta educativa se sumó la democratización cultural: la formación masiva de instructores de arte, el intercambio de manifestaciones artísticas comunitarias y la acogida gratuita de miles de becarios en sus escuelas de cine, música y artes plásticas.

Esta soberanía alcanzaría al campo, compartiendo con comunidades rurales de los países pobres técnicas de agricultura urbana y semillas resistentes ante el despojo del agronegocio. Al renunciar a la especulación de patentes, privatizar la enseñanza o mercantilizar el arte, Cuba demostró que la ciencia, la cultura y la salud no son privilegios de las potencias desarrolladas, sino los pilares indispensables para la verdadera dignidad e independencia de los pueblos.

            IV

La prueba más irrefutable de que el internacionalismo cubano responde a una convicción humana universal y no a un cálculo geopolítico radica en su disposición a brindar auxilio sin distinción de credo ni alineación ideológica. Frente a la tragedia, la Revolución borró las fronteras políticas y tendió la mano incluso a naciones del bloque capitalista, a potencias adversarias o a los pueblos más olvidados de la Tierra.

Esa ética se demostró tempranamente cuando, tras el devastador terremoto de Managua en 1972, Cuba envió brigadas médicas a la Nicaragua sometida por la dictadura somocista; o cuando, tras el sismo de Perú en 1970, más de cien mil cubanos donaron su propia sangre para las víctimas. Años más tarde, esa misma vocación llevó a más de dos mil 500 profesionales del Contingente Henry Reeve a levantar hospitales de campaña en las cumbres heladas del Himalaya tras el terremoto de Pakistán en 2005 –un aliado clave de Washington– atendiendo a más de 1.7 millones de personas en comunidades musulmanas apartadas.

Con devoción incondicional, Cuba mantiene en Haití una presencia médica ininterrumpida desde hace más de dos décadas. Los especialistas de La Isla auxiliaron al país tras el terremoto de 2010 y han permanecido durante crisis sucesivas (sismos, cólera, inestabilidad política y Covid-19), con el compromiso de acompañar a la nación caribeña lejos de los focos mediáticos y del abandono internacional.

El testimonio más conmovedor de esta vocación universal fue el Programa de Atención a los Niños de Chernóbil. Tras el desastre nuclear de 1986, y mientras la propia URSS se fragmentaba, Cuba inauguró en 1990 un programa de atención médica gratuita en Tarará. En medio de las penurias extremas del “Periodo Especial”, el pueblo cubano acogió, rehabilitó y curó durante más de dos décadas a más de 26 mil afectados por la radiación –en su mayoría niños con leucemia y cáncer de tiroides provenientes de Ucrania, Rusia y Bielorrusia–, una gesta de generosidad que ninguna potencia desarrollada asumió.

Esta norma moral desafió directamente las barreras de la Guerra Fría cuando, tras el huracán Katrina en 2005, Fidel Castro ofreció mil 586 médicos equipados para auxilio inmediato en Nueva Orleans. Aunque la administración Bush rechazó el gesto por soberbia política, la oferta evidenció que para Cuba la vida en el Norte global vale lo mismo que en el Sur. Dicha solidaridad incondicional volvió a manifestarse en la crisis de Covid-19 en 2020, cuando La Isla recibió al crucero británico MS Braemar –rechazado en múltiples puertos– para evacuar a sus enfermos, al tiempo que sus brigadas médicas desembarcaron en Lombardía y Piamonte para combatir el virus en pleno corazón de la OTAN, demostrando que el apoyo cubano no se condiciona ni se vende, sino que se entrega por la sola pertenencia a la especie humana.

 

 

            V

El internacionalismo cubano no surgió de la abundancia, sino de la ética de compartir lo que se posee. Cada brigada médica, de ingenieros o educadores enviados al exterior conllevó un sacrificio diario de la clase trabajadora en La Isla para cubrir esas vacantes. Esta entrega convirtió la política estatal en una experiencia familiar profunda, marcada por el orgullo materno, el luto por los caídos en Angola y el intercambio con becarios del Tercer Mundo. De este modo, la Revolución educó a su pueblo en el rechazo al chovinismo, demostrando que la verdadera soberanía se mide por la capacidad de saldar la deuda moral con la humanidad y no por la riqueza acumulada.

En ello radica la paradoja más demoledora para el orden capitalista: ¿qué país en la historia reciente, aun entre las democracias más opulentas, ha extendido la mano al mundo como lo ha hecho Cuba bajo las condiciones más asfixiantes? Mientras el imperio ha utilizado su riqueza para chantajear y subordinar, la Revolución, desde las privaciones del cerco económico, erigió el monumento moral más alto de la cooperación humana.

Hoy, cuando tiempos oscuros y tormentosos se ciernen sobre La Isla, agravados por el recrudecimiento del bloqueo y el ahogo económico, la narrativa hegemónica intenta reducir esta epopeya a la arbitrariedad de un régimen o al capricho de un dictador. Resulta trágico comprobar cuán poco se conmueven quienes prefieren abrazar esa caricatura antes que reconocer el inmenso sacrificio colectivo de un pueblo.

¿Qué le devuelve hoy el mundo a una nación que lo dio todo sin pedir nada a cambio? Esta pequeña isla, gigante en la escala de la historia humana, asesta entonces una lección moral incómoda: la trayectoria de Cuba alumbra los límites del mero pragmatismo en un escenario internacional dominado por la realpolitik, donde incluso las potencias emergentes –incluidas aquellas que se erigen como contrapeso al orden occidental– priorizan el crecimiento interno y la estabilidad geopolítica a costa de silenciar las grandes injusticias. Ese cálculo de conveniencia, comprensible en la lógica del mercado global dejará, sin embargo, una deuda que pesará en la conciencia de los gobiernos de aquellas naciones que, habiendo padecido en su propia historia el acoso imperial, prefieren hoy mirar hacia otro lado.

Frente al cinismo de una época que mide a los pueblos por su PIB o su docilidad geopolítica, el internacionalismo cubano permanece como el recordatorio insobornable de que la historia no pertenece a quienes acumulan riqueza a costa de lo que sea, sino a quienes se atreven a universalizar genuinamente la dignidad. 


Escrito por Marco Aquiáhuatl

Licenciado en Historia por la Universidad de Tlaxcala y Licenciado en Filosofía y Letras por la UNAM.


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