Hoy, después de más de 66 años del triunfo de la Revolución, Cuba resiste firme los embates imperiales y sigue siendo ejemplo para los pueblos oprimidos.
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Cuba es uno de los países con más ataques directos e indirectos orquestados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), “de noviembre de 1961, después de Playa Girón, hasta enero de 1963 (…) hubo un total de cinco mil 780 acciones terroristas contra Cuba, y de ellas 717 ataques serios contra nuestros equipos industriales. Todo esto causó la muerte de 234 personas. Aquel terrorismo, en total, provocó más de tres mil 500 víctimas y más de dos mil mutilados”, afirmó en su momento Fidel Castro.
Decir simple y sencillamente que vivimos tiempos convulsos sería poco más que una perogrullada; la humanidad ha vivido así durante milenios. Con mayor precisión podemos aseverar que vivimos el fin de una época, el ocaso de un sistema que antes de perecer prefiere exterminar todo rastro de vida en el planeta. Es la oligarquía, la miserable cúpula de multimillonarios, la portadora de la muerte, la tragedia y el horror. Pero estos voraces acumuladores de riqueza no son por naturaleza inhumanos, insensibles y perversos. Son el producto de una lógica de producción que comenzó hace más de dos siglos y que inevitablemente ha llevado a la humanidad al caótico lugar en el que ahora se encuentra. Este proceso de descomposición, inherente a la lógica capitalista, puede ser intervenido, y lo ha sido por décadas, por pueblos y naciones que se resisten a la sumisión; que pelean encarnizadamente y se niegan a aceptar la destrucción como una ley natural.
En este preciso momento podemos afirmar sin caer en ningún tipo de reduccionismo y sin olvidar todas las determinaciones que existen entre las diversas sociedades: religión, cultura, género, etc.; que en la lucha histórica que ahora presenciamos hay dos bandos claramente diferenciados: quienes están del lado del genocidio, el fascismo, la guerra y la destrucción, en aras de continuar con un sistema de producción inviable y fatal para el género humano; y del otro lado, aquellos que defienden la felicidad, la decencia, la poesía… la vida. No hay lugar para la indiferencia; el centrismo como política se revela, ahora más que nunca, como una manifestación más del fascismo. En esta dicotomía, la defensa del imperialismo en su última fase la encabeza, sin duda alguna, Estados Unidos (EE. UU.) y sus fieles lacayos occidentales, mientras que la defensa, no digamos ya de la felicidad, sino del género humano, corre por cuenta de un selecto grupo de pueblos que han decidido, a costa de su propia existencia, plantar cara al imperialismo. Entre estos pueblos sobresale, con honor y dignidad extraordinarios, el pueblo cubano.
Si alguien se pregunta las razones del asedio, el hostigamiento, la persecución y el bloqueo a esta pequeña isla, es inútil que acuda a los cientos, miles de páginas que se han escrito para desprestigiarla y enlodarla. La respuesta sólo podrá encontrarla en la relación histórico-económica que un pueblo de apenas diez millones de habitantes tiene en la compleja lógica capitalismo-imperialismo. La trascendencia de esta nación ha cobrado hoy un papel crucial, material y simbólico. Comprenderla es tarea de todo hombre de bien que quiera posicionarse, teórica y prácticamente, en el lado correcto de la historia. Comenzaremos por ello, antes de emitir un juicio moral, escudriñando las raíces económicas del sistema capitalista, que son las que determinan, en última instancia, el movimiento de las esferas política e ideológica.
Una economía de mercado únicamente puede funcionar en una sociedad de mercado
El capitalismo surge como la primera sociedad de mercado de la historia. En las épocas precedentes, el mercado era una parte de la sociedad, parte que respondía a intereses más generales, principios o concepciones de la vida tan diversos como pueblos existen sobre la Tierra. Lejos de las visiones filosóficas del contractualismo y del “buen salvaje”, todas las investigaciones históricas apuntan a que las primeras formaciones sociales fueron organizadas a partir del comunismo. El comunismo primitivo (concepto esencialmente diferente del comunismo científico) hacía de la cooperación la forma de existencia de los primeros pueblos. El “homo economicus” es una invención de los economistas del Siglo XVIII, principalmente de Adam Smith, que en La riqueza de las naciones lo hace aparecer como el leitmotiv de la existencia.
¿Qué implicaba la sustitución del “ser social” por el “homo economicus”? La aparición de un sistema cuya razón de ser es la producción. El capitalismo subordinó, por primera vez en la historia, todas las relaciones sociales al funcionamiento del mercado. La humanidad estaba, ahora, al servicio del mercado y no a la inversa. Con el desarrollo de la tecnología, la producción dejó de orientarse a la satisfacción de necesidades y apuntó todos sus esfuerzos a la acumulación de capital, a la ganancia. Esta transformación, que Aristóteles había distinguido en su manifestación primitiva al separar la “economía”, la administración del hogar, de la crematística, la adquisición de dinero, determinó el curso de la historia moderna. El hombre cedía su lugar al mercado como “medida de todas las cosas”. En el capitalismo, todos los esfuerzos se orientaban a satisfacer las necesidades del mercado, no las de la sociedad.
Ahora bien, una vez que el capitalismo se instaura como sistema hegemónico de producción, y que la sociedad de mercado se erige en absoluto, el Estado pasa a jugar el papel de servidor de los grandes dueños de los medios de producción. La contradicción capital-trabajo se erige como la contradicción esencial de la nueva sociedad y el Estado como representante de los intereses del capital. Durante su primer siglo de existencia, es decir, de mediados del XIX a principios del XX, el desarrollo de este sistema de producción se desenvolvió sin muchas complicaciones. Sin dejar de considerar dos revoluciones obreras, en 1848 y 1870, y la conquista militar y directa de todas las naciones no occidentales que pasaron a formar parte de la maquinaria capitalista como proveedoras de materias primas y fuentes de trabajo baratas. África, Asia y América Latina emergieron así en la historia de la sociedad capitalista, como pueblos de “segunda” o “tercermundistas”, destinados a proveer de riqueza y recursos a las naciones “desarrolladas”. No es nuestro objetivo recorrer todas las fases del capitalismo, sino centrarnos en la etapa final, que va de 1914, al iniciarse la Primera Guerra Mundial, hasta nuestros días. ¿Cuál fue la causa de la Primera y la Segunda Guerras Mundiales? En términos muy generales, fueron tres: sobreproducción de mercancías y capitales, lucha por nuevos mercados coloniales y la inherente necesidad de acumular de los nuevos grandes monopolios que comenzaron a formarse a partir de 1870.
Terminadas las guerras, hubo cierta calma al permitirse el capital un considerable desembolso en la reconstrucción. Sin embargo, la dinámica del capitalismo no cambió. Y en su fase neoliberal volvió a presentarse el mismo problema. Cuando el excedente aparece y se vomita, no tarda en reproducirse en cantidades infinitamente superiores, lo que Marx denominó reproducción ampliada del capital. Nuevamente, el sistema necesita abrir por la fuerza mercados que, sin embargo, ya no existen; están todos saturados. ¿Cómo vomitar toda la riqueza acumulada? ¿Sobre quién caerán los excedentes que, de no sacarse, destruyen las entrañas de la bestia? En una primera fase, de 1970 a 2008, fecha de la última gran crisis, la respuesta estuvo en las grandes propiedades públicas: escuelas, hospitales, cárceles, medios de comunicación, etc., que fueron privatizados y sirvieron como medio de inversión. Pero no fue suficiente. El crecimiento exponencial del capital no se daba abasto. Crecieron inmensas fortunas, como los hongos, al mismo tiempo que naciones enteras se empobrecían y, pese a eso, la bestia estaba insatisfecha. Sólo quedaba un último resquicio del que echar mano. Hoy presenciamos precisamente la batalla del imperialismo por apoderarse de los últimos reductos en los que la lógica de mercado no se ha introducido, y sólo esta perspectiva nos puede dar una explicación que trascienda las interpretaciones morales e ideológicas sobre la situación en Cuba.
La contradicción actual del imperialismo norteamericano: vomitar el exceso de capitales en Cuba, o perecer de indigestión
¿Qué representa entonces Cuba en toda esta lógica? ¿Por qué la saña, la rabia, el odio y la persecución implacables? Su valor, antes de ser político, que lo es y de manera muy significativa, es económico. Cuba es el reducto que el imperialismo no ha podido tocar. A diferencia de otras naciones declaradas socialistas, Cuba es de las pocas que realmente se negaron a convertirse en una sociedad de mercado. Desde el triunfo de la Revolución, en 1959, las prioridades de los revolucionarios estuvieron en el pueblo, en la gente, en su felicidad y bienestar. Fidel Castro le cerró al capital las puertas a cal y canto y puso en el centro de toda su política al pueblo cubano. Antes del triunfo de la Revolución, Cuba era un receptor de capital improductivo proveniente de EE. UU. A través de la droga, los casinos y la prostitución, el imperio norteamericano invertía y reinvertía en hoteles, restaurantes, centros de ocio, balnearios, prostíbulos, etc. El dinero se movía y de eso se trataba todo. De este movimiento, al pueblo cubano le quedaba como única ganancia la inmundicia que recogía de estos antros de degeneración.
Al triunfo de la Revolución, y después de un primer acercamiento entre Fidel Castro y Richard Nixon, entonces vicepresidente de EE. UU., este último concluyó que “los revolucionarios instalarían un sistema político contrario a los intereses estadounidenses” (Le Monde diplomatique), es decir, a los intereses del gran capital que para entonces era ya sinónimo de Norteamérica. Por ello advirtió de inmediato a la CIA que, sin tardanza, pusiera en marcha el “Proyecto Cuba”: “El 17 de marzo de 1960, el presidente Dwight Eisenhower aprobó el plan diseñado por éste, que englobaba la guerra psicológica, acciones políticas, económicas y paramilitares, teniendo como centro el organizar, entrenar y equipar a exiliados cubanos para constituir una fuerza invasora” (Le Monde diplomatique). Al mismo tiempo establecía relaciones con la Cosa Nostra, para asesinar a los tres grandes líderes de la Revolución: “Según la investigación de la Comisión Church del Senado estadounidense, en la Casa Blanca se consideraba que si ‘Fidel, Ché Guevara y Raúl Castro no son eliminados al mismo tiempo’, toda acción contra el régimen cubano sería ‘larga y difícil”. Si los asesinatos se lograban y Cuba volvía al redil, la CIA se comprometía a que la mafia recuperara ‘el monopolio de los juegos, de la prostitución y de la droga’” (Le Monde diplomatique).
Pero para entonces la dignidad de Cuba y su soberanía no eran defendidas únicamente por los 82 combatientes que desembarcaron en el Granma el 2 de diciembre de 1956. Más del 90 por ciento de los cubanos apoyaba la Revolución, por lo que una de las principales condiciones para el golpe de Estado previsto por el gobierno norteamericano no se cumplía: que los civiles se unieran a una invasión. Por esa razón, y no sólo debido a la mala planificación de la intervención de Bahía de Cochinos por parte de la CIA, Cuba resistió la embestida militar norteamericana, derrotando en menos de 72 horas a las fuerzas proyanquis, en su primer intento por reapoderarse de este bastión antiimperialista. En un atentado posterior, perpetrado por la CIA, Fidel resumiría en categórica frase las razones por las que Cuba era asediada con tanta ferocidad: “Eso es lo que no pueden perdonarnos (…) ¡que hayamos hecho una revolución socialista en las propias narices de Estados Unidos!”.
¿Socialista? ¿Revolución socialista? Son pocos los que al referirse a la Revolución Cubana atienden a este precepto. Debido a la campaña anticomunista encabezada por EE. UU., la ideología asocia el concepto socialista con el de pobreza. Un país socialista es, para el inconsciente, un país pobre. Desde los albores de la Revolución, Fidel entendió que la única manera de triunfar era a partir de los principios de la filosofía marxista-leninista. “Si Cristóbal Colón no tiene una brújula, no llega a ninguna parte. Pero existía la brújula –le platica Fidel al periodista Ignacio Ramonet sobre las ideas que motivaron el asalto al Moncada–, yo tenía una brújula: fue lo que encontré en Marx y en Lenin” (Cien horas con Fidel). ¿Por qué, a pesar del asedio, las amenazas y la infinita superioridad militar del enemigo, Cuba sigue de pie? ¿A qué responde la tenacidad de este pueblo que, después de Fidel, no ceja en su resistencia? A que no están improvisando nada. Sus ideas surgen de principios científicamente demostrados, y su lucha no se enfoca únicamente en defender a la patria, sino en resistir las calamidades del imperialismo. El socialismo es el antídoto al capitalismo y pocos pueblos han demostrado tan plausiblemente esta verdad como el cubano.
La manifestación concreta del socialismo al que se refiere Fidel se observa con contundencia en los indicadores de bienestar que logró La Isla a partir del triunfo de la Revolución: se alfabetizó al 100 por ciento de la población desde 1961, cuando apenas dos años antes el 40 por ciento no sabía leer ni escribir. El 70 por ciento de sus habitantes alcanzó la formación técnica. Logró una cobertura sanitaria que permite a un médico atender a 158 habitantes, con una esperanza de vida de 78 años, en su momento la segunda más alta de América Latina. En educación, deporte, salud y bienestar, pocos países del mundo pueden presumir de lo que Cuba logró en tiempo récord. Más todavía. La solidaridad de La Isla es célebre: mientras EE. UU. envía bombas y proyectiles para asesinar niños, mujeres y hombres por todo el planeta, Cuba envía legiones de maestros y doctores a los pueblos más pobres de África y América Latina. Mientras el capitalismo envía muerte y destrucción a cada rincón del mundo al que llega, Cuba ofrece vida y educación a los más necesitados, a pesar de ser una nación muy pequeña en términos materiales.
A los ojos del imperio, los pecados de Cuba son dos y graves en extremo. En primer lugar, La Isla se resistió a la embestida del capital que hubiese terminado por desposeer a toda la nación de su riqueza, como sucede con prácticamente todos los países de América Latina, con Argentina a la cabeza. Por otro lado, Cuba demostró que el socialismo no es sólo una teoría; es la única manera de resistir y contrarrestar los efectos nocivos y mortales del capitalismo en su fase imperialista. ¿Hay terrorismo en Cuba? ¿EE. UU. corre peligro por su vecindad con esta “infernal isla”? Fidel resumía los atentados de los que había sido víctima La Isla sólo durante los primeros dos años: “De noviembre de 1961, después de Playa Girón, hasta enero de 1963 (…) hubo un total de cinco mil 780 acciones terroristas contra Cuba, y de ellas 717 ataques serios contra nuestros equipos industriales. Todo esto causó la muerte de 234 personas. Aquel terrorismo, en total, provocó más de tres mil 500 víctimas y más de dos mil mutilados. Cuba es uno de los países del mundo que más ha tenido que enfrentar al terrorismo” (Cien horas con Fidel). A esto habría que agregar los 638 intentos de asesinato que sufrió el líder de la Revolución a lo largo de su vida. No es Cuba, con su honrosa resistencia, quien pone en riesgo al mundo: es EE. UU. que, prácticamente desde su nacimiento se convirtió en “el mayor Estado delincuente del planeta”.
Hoy presenciamos una fase más de la embestida imperialista contra el pueblo cubano. El bloqueo se agudiza y La Isla resiste sola, solita. Un periodo especial más atroz todavía que el que atravesó al caer la Unión Soviética se cierne sobre ella. Sin energía, sin alimentos, sin medicinas, la situación se torna insoportable. Y, sin embargo, el pueblo resiste. Pero no basta con el sacrificio incansable de su gente. La rendición de Cuba sería el preludio de la caída de todo el continente, que se encuentra ya casi en su totalidad conquistado por la ultraderecha. El peso histórico de esta nueva lucha no puede recaer eternamente sobre sus espaldas. Los pueblos de Latinoamérica y el mundo están obligados no sólo a mostrar su solidaridad, que nunca está de más, pero que es insuficiente. El apoyo real y verdadero consiste hoy, fundamentalmente, en la emulación. El ejemplo de Cuba y de Fidel debe permear en cada pueblo, colonia, barrio y calle. La toma del poder político por parte de la vanguardia socialista en cada país es, pues, impostergable.
Hoy, después de más de 66 años del triunfo de la Revolución, Cuba resiste firme los embates imperiales y sigue siendo ejemplo para los pueblos oprimidos.
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Escrito por Abentofail Pérez Orona
Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).