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Imagina que eres un obrero, y un día la empresa decide instalarte una pequeña cámara en la cabeza y te pide que trabajes como siempre, doblando telas, cortando, cosiendo, midiendo, ensamblando, etc. Pero esa cámara, comunicada con sensores, graba cada movimiento de tus manos, cada gesto de tus articulaciones, cada microdecisión que tomas para hacer bien tu trabajo.
Ese video no busca mejorar la calidad de la producción, sino reunir toda la información para entrenar robots con inteligencia artificial. Los primeros casos se han dado en el Optimus de Tesla, donde se mueven y manipulan objetos como un humano. Lo que estás grabando es, literalmente, un tutorial que usará tu reemplazo robótico para aprender a hacer lo que haces. Tú, sin saberlo, estás fomentando tu inminente despido.
Para entender por qué el capitalista quiere reemplazarte, debemos recordar algo esencial: Marx y Engels escribieron que el valor de una mercancía no depende de su utilidad (valor de uso), sino de la cantidad de trabajo humano socialmente necesario para producirla. Si produces una camiseta en menos tiempo que tu competencia, le quitas mercado. Por eso, cada capitalista invierte sin parar en máquinas, para producir más rápido, más barato y llevarse una mayor porción del mercado (plusvalía). Pero al efectuarlo masivamente, se reduce la cantidad de trabajo humano en cada producto. Y si el valor proviene del trabajo, suprimir al obrero significa destruir la fuente misma de la riqueza.
Aquí emerge la contradicción letal del sistema. La máquina no crea valor nuevo, sólo transfiere poco a poco el suyo al desgastarse. Únicamente el trabajo humano vivo añade valor nuevo. Al reemplazar masivamente obreros por robots, las empresas producen enormes cantidades de mercancías; pero, ¿quién podrá comprarlas? Millones de personas pierden su empleo y ya no perciben un salario. La sociedad se llena de productos sin vender (crisis de sobreproducción), mientras, la gente no puede comprar lo que necesita (crisis de subconsumo).
La tecnología actual ha alcanzado tal nivel que ya no necesita al 90 por ciento de los trabajadores para producir lo que la humanidad consume. Las fuerzas productivas claman por liberarse de un sistema que solamente funciona explotando el trabajo humano. Hoy, tal usufructo es, literalmente, innecesario para garantizar la producción; pero el capitalismo no sabe operar sin ella. Por eso, la tecnología, en lugar de liberarnos, nos condena al desempleo y la pobreza.
¿Por qué ocurre esto en la India y no en China? Si China es la “fábrica del mundo”, con el 27.7 por ciento de la producción industrial global, la respuesta revela una capa nueva de explotación: el capital no sólo busca mano de obra barata, sino condiciones políticas y legales óptimas para extraer conocimiento humano sin trabas.
Las grandes tecnológicas que lideran esta carrera (Tesla, OpenAI, Google) son estadounidenses. Para ellas, China es un “rival sistémico”. Prefieren a la India, un socio alineado y presentado como “la mayor democracia del mundo” para desarrollar sus operaciones de datos sensibles. El capital no sólo busca plusvalía, sino también seguridad imperial para sus inversiones. Mientras China utiliza la industria para su desarrollo nacional, la India desempeña un rol subordinado, la “oficina de soporte” de Occidente. Con salarios de apenas 230 a 250 dólares mensuales, ofrece mano de obra joven y abundante para este “trabajo invisible”.
Pero existe una diferencia crucial, China tiene leyes estrictas de soberanía que dificultan que los datos salgan hacia servidores estadounidenses. La India ofrece un marco mucho más abierto. El “sudor digital” del obrero indio viaja gratis y sin aduanas a Silicon Valley. Dicho esto, China no ha ignorado esta revolución porque concentra el 70 por ciento de los modelos de “IA física” del mundo. Pero su enfoque es estatal y soberano, financia centros de innovación para entrenar robots con datos chinos para fábricas chinas ante la mano de obra que envejece. Occidente subcontrata trabajadores en la India para mantener su dominio, China planifica estatalmente su transición. Dos modelos en pugna con la misma premisa: reemplazar al obrero.
Este “entrenamiento” bajo control democrático de los trabajadores podría enseñar a un robot a hacer la parte más pesada de la jornada, mientras el humano supervisa, crea y vive con dignidad. La tecnología no es el enemigo, sino el sistema que decide para qué y para quién se usa.
La pregunta ya no es si la tecnología reemplazará el trabajo humano (lo está haciendo), sino quién la controla y quién se beneficia. La única solución consiste en socializar la tecnología, que los robots trabajen para todos, no para el uno por ciento: un sistema basado en la necesidad, no en la explotación, donde los frutos del progreso tecnológico beneficien el desarrollo de toda la humanidad.
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Escrito por Alexis Heras
Colaborador