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Poesía
Ritusamhara. La ronda de las estaciones. Kālidāsa
Kālidāsa, el genial dramaturgo y épico del Siglo IV, es también uno de los más altos y líricos indios.


Kālidāsa, el genial dramaturgo y épico del Siglo IV, es también uno de los más altos y líricos indios. Su pequeña obra maestra Ritusamhara (la ronda de las estaciones), escrita al parecer en su juventud, es una maravillosa pintura de las seis estaciones en que los indios dividen el año; en ella penetra sutilmente los aspectos del mundo natural a través de descripciones grandiosas y pintorescas, sin que jamás deje de transparentarse la actitud sentimental del poeta (Martín de Riquer, Historia de la literatura universal).

El ciclo estacional es el pretexto para que el poeta describa los sentimientos eróticos de los amantes, que varían con el entorno; destaca la elegante descripción de los encuentros amorosos enmarcados por la flora y la fauna autóctonas.

El Ritusamhara evoca los primorosos esmaltes de la miniatura oriental; el autor de Sakuntala hace a un lado la majestuosa retórica de su obra dramática y adopta una encantadora sencillez; cada breve cuadro en que plasma la naturaleza en su eterno ciclo de muerte y renovación, idea tan arraigada en el espíritu indio, parece un mosaico independiente que sólo cobra completo sentido dentro del todo que es la obra, y que nos permite asomarnos a la vida de este antiguo pueblo.

El crítico literario y escritor español Juan José Domenchina, en su prefacio a la edición en español del Ritusamhara (1944) señala: “Kālidāsa discurre tenuemente, y sin hondos contrastes, entre la graciosa afinidad de las seis estaciones indias: estío, estación de las lluvias, otoño, invierno, estación del rocío y primavera. Seis sazones distintas y una sola obsesión verdadera de la voluptuosidad oriental. El polvo socarrado, la seroja, el bosque en brasas, el lodo florecido, las flores marchitas, la nieve, la escarcha, el rocío y la radiante eclosión de las rosas, todo es uno y lo mismo: todo se quema y alumbra con llama idéntica en el momento oportuno, porque todo ello es idóneo para arder con fuego transitorio y súbito en la perenne voluptuosidad de los sentidos. Y el atuendo siempre de primer orden: despliega con alarde una lujosa ornitología –el pavo real, los flamencos rosas, asimismo reales; el cisne, el kokila, etc.–; una zoología prócer –el elefante, el león, el jabalí, el búfalo, el gavial, la serpiente naja–; una flora magnificente y decorativa–que se restringe, en las flores acuáticas, al loto, la caivala y la ninfea; en los afeites, al rubio azafrán, al agurú negro y al rojo kusumbas–; y en los árboles al kincukas, al kudawakas, al kadamba, al yuthicas–; una perfumería suntuosa y caliente, aunque nada prolija –el sándalo, el almizcle– y una ornamentación, ya tópica, de jaspes, marfiles, oro, perlas, lacas”… 

 

EL ESTÍO

¡He aquí, ya de vuelta, oh, mi amada, la estación calurosa,

el Sol que abraza como fuego,

las más amables noches de Luna,

nuestra larga permanencia en el agua

cuyo espejo quiebran nuestros cuerpos al sumergirse,

y esa deliciosa extinción del día en la fiebre mitigada del amor!

ES EL VERANO…

Es el verano.

Sobre los senos erguidos y los miembros flexibles,

cuya epidermis se perla de gotas de sudor,

los vaporosos tejidos sustituyen a las pesadas vestiduras.

¡Que cada cual, elija, ahora, su compañera

entre estas mujeres revestidas de juventud!

CON LAS CRINES…

Con las crines y la lengua colgando lastimosamente,

jadeante, muerto de sed,

el león, con el belfo desgarrado,

sin fuerza y sin coraje,

renuncia a atacar al elefante, su enemigo.

Y el elefante de los colmillos de marfil, no teme ya León:

atormentado por la amarga sed, yerra,

secas las fauces, y mendigando agua,

a lo largo de los ríos desecados,

en las hornazas, entre el polvo, por la luz.

Los jabalíes en tropel, ahondando con sus hocicos,

se hunden en el lecho de los estanques

erizados de hierbas secas,

para esquivar las quemaduras

del Sol flameante y espléndido.

LA RANA HA SALTADO…

La rana ha saltado, fuera del estanque seco,

junto a la serpiente naja

¡y ha venido a agazaparse bajo su inflada caperuza,

como al amparo de una sombrilla!

LOS BÚFALOS

Acosados por el calor,

los búfalos han salido de sus cubiles;

sus hocicos espumeantes aspiran el aire,

dejando colgar su lengua reseca,

y, en manadas, extenuados de fatiga,

yerran melancólicamente

a la busca de un poco de agua.

EL FUEGO HA PRENDIDO EN EL BOSQUE…

Frecuentemente, desde la altura

en que contemplamos el paisaje desolado,

nos embarga el espanto: ¡el fuego aprendido en el bosque!

Abraza las yemas, abraza los brotes nacientes,

abraza las hojas secas

que el viento abate y dispersa a los cuatro rumbos.

EL VIENTO COLÉRICO…

En haces de llamas,

rojos como las nuevas flores del kaussumba,

lo devora todo, en montón; los árboles y las lianas,

y las ramas cubiertas de capullos.

El viento, colérico, atiza su rabia.

¡Todo el espacio no es más que un vasto incendio!

El fuego hace estallar la madera de los bambúes agostados

y, ya roto el eco, su crepitar repercute de roca en roca.

Las yerbas arden, la llama a avanza cada vez más

y acosa, y devora a las bestias salvajes

que se agrupan enloquecidas.

LA ESTACIÓN DE LAS LLUVIAS

Como elefantes en celo

las enormes nubes, grávidas de lluvia, avanzan;

avanzan como reyes entre sus ejércitos tumultuosos:

los relámpagos son sus estandartes

y el trueno es su tambor.

LOS PAVOS REALES…

Los pavos reales, con la cola desplegada

como un haz de flores que se exhibe,

despiertan a la llamada del amor

y se reúnen como para la danza,

mientras que el enjambre de las abejas,

tomando sus plumas por flores,

las va sembrando de besos.

LA LLUVIA

¿Qué alma permanecerá insensible ante este paisaje reciente:

las roquetas chorreando bajo los besos de las nubes,

los arroyos que discurren por todas partes,

la danza de los pavos reales, amorosos, frenéticos.

Y esta fresca brisa que, unida a la lluvia,

se colma con el perfume de las flores del kadamba,

del nipas y de los ketakis? 

EL OTOÑO

Como la nueva y grácil esposa,

el otoño avanza

con su faz de loto recién abierto;

el otoño cuyos brazos flexibles juegan

con los tallos del arroz casi maduro.

Los cantos amorosos de los cisnes

son como el tintineo de los aros de meta

que ciñen sus tobillos.

EL INVIERNO

Invierno. Los Lotos han muerto;

llegaron las escarchas.

Sin embargo, amaremos esta estación

por sus lodhras de flores abiertas

y sus cosechas de arroz maduro

y sus frutos.

LA PRIMAVERA

¡Oh, mi amada: ya vino la primavera!

El gracioso amor ha tendido sobre su arco,

a guisa de cuerda,

una guirnalda de abejas;

una rama de manguero florido de agudos botones,

le sirve de flecha.

Viene y se dispone a traspasar los corazones

que acuden a la voz de los deseos!

 

 

Nota: “Traslado literal al español de la traducción francesa que Steinilber-Oberlin hiciera del “idioma perfecto” –que eso quiere decir sánscrito– de los brahmanes. El trabajo de Steinilber-Oberlin tiene fama de justo y de ajustado; se dice que es feliz y fiel trasunto de la obra de Kālidāsa”: Juan José Domenchina.


Escrito por Redacción


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