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Poesía
Los amores de Nala y Damayanti. Un episodio de el Ramayana
El Ramayana no es obra de un solo autor (aunque tradicionalmente se venga suponiendo que fue escrito por Krishna-Dwaipayana, llamado Viasa), ni de una escuela, sino que es fruto de la actividad poética de varias generaciones.


El Ramayana no es obra de un solo autor (aunque tradicionalmente se venga suponiendo que fue escrito por Krishna-Dwaipayana, llamado Viasa), ni de una escuela, sino que es fruto de la actividad poética de varias generaciones, las primeras de las cuales enlazarían con los finales del periodo bélico. Alrededor de una trama central, de tipo novelesco y legendario y estilo épico, los diversos colaboradores fueron introduciendo amplificaciones de determinadas escenas, intercalando episodios marginales y reelaborando fases primitivas. De ahí la apariencia de desorden monstruoso que ofrece este monumental poema, en el cual, por ejemplo, el discurso que pronuncia Bhisma antes de morir consta de más de 19 mil estrofas (cerca de la sexta parte del poema) y constituye una especie de exposición de la moral pública y privada de la India, ciertamente de un gran interés, pero extemporánea a la acción de la obra. Por otro lado, con frecuencia se relatan leyendas con narraciones ajenas a la trama del poema, como la deliciosa historia de Los amores de Nala y Damayanti, de gran repercusión no sólo en la literatura india, sino en las europeas propiamente dichas*.  

Los amores de Nala y Damayanti

Hubo entre los Nishadenos un rey vigoroso, Nala, hijo de Virasena. Era gallardo, reunía las cualidades que más se desean y era hábil para manejar caballos: era un héroe piadoso que sabía el Veda; era verídico, fuerte, y mandaba un numeroso ejército; era simpático para los hombres y para las mujeres; era generoso; como valiente guerrero, manejaba el arco perfectamente y parecía que era el mismo Manu, hecho visible en la Tierra; pero... era aficionado al juego de dados.

En la misma época, Bhima, rey del Vidharba, tuvo tres hijos, jóvenes príncipes generosos hasta el exceso, y una hija, Damayanti, de talle gentil. Ataviada con todas sus galas, Damayanti brillaba en medio de sus compañeras, colocadas por centenares en grado inferior al de aquella. Esta virgen de ojos grandes estaba dotada de una belleza superior y en ninguna parte se veían parecidas formas, ni entre los Yaksas, ni entre los dioses.

Esta joven llenaba de amor el alma y era bella aun para los dioses.

Todos se complacían en elogiar a Nala delante de ella y en ensalzar a Damayanti en presencia de Nala. Esas continuas alabanzas de las cualidades de uno y de otra, despertaron el amor entre los dos.

Nala no pudo vencer ese amor que había brotado en su corazón, y fue secretamente a sentarse en un bosque cerca del gineceo. Vio allí cisnes paseándose en el bosque. Cogió uno, el cual le dirigió la palabra en estos términos: “Si respetas mi vida, haré algo que te será muy agradable: hablaré de ti tan bien en presencia de Damayanti, que ella no querrá nunca a ningún otro hombre más que a ti”. El príncipe soltó el ave. Los cisnes volaron y fueron a caer cerca de Damayanti.

Damayanti, rodeada de sus amigas, admiró aquellos huéspedes del aire de maravillosa belleza y trató de coger uno. Los cisnes se posaron en todas partes, en los jardines del serrallo, y las jóvenes corrieron acá y allá tras los plumíferos.

El ave que perseguía Damayanti se detuvo ante ella y, adquiriendo voz humana, le habló en este lenguaje: “Damayanti, ente los Nishadenos hay un rey llamado Nala, que iguala en belleza a los Asuines y que no tiene igual entre los hombres. Si tú llegaras a ser su esposa, tu juventud y tu belleza no quedarían sin fruto, virgen de esbelto talle. Eres la perla de las mujeres, Nala es el más bello de los hombres. Vuestra alianza sería proporcionada y feliz”. Damayanti respondió entonces: “Habla a Nala de igual modo que a mí”. El cisne voló, volvió adonde estaban los Nishadenos y reveló todo a Nala.

La virgen se puso triste, sumergida en sus pensamientos, lanzando grandes suspiros y con la cara pálida; el amor en un momento había penetrado en su alma. Las compañeras hicieron saber al rey del Vidharba el estado en que se hallaba Damayanti. Entonces su padre pensó en casarla y dijo: “Que se proclame el Suayanvara”.

Todos los príncipes y los reyes acudieron a casa de Bhima, llenando la tierra con el ruido de sus caballos, de sus elefantes, de sus carros; todos venían ricamente adornados, admirables, fuertes, revestidos de galas doradas y de guirnaldas de flores.

[...]Los más poderosos inmortales, los guardianes del mundo, se aproximaron al rey de los dioses; oyeron a Narada anunciar el Suayanvara de Damayanti y, entusiasmados por aquellas palabras, exclamaron. “¡Vamos también nosotros!”. Entonces todos, con sus carros y con sus séquitos, fueron a la residencia de los Vidharbanos, adonde afluían todos los príncipes de la Tierra. En el camino divisaron a Nala. Al ver a aquel joven brillante como el Sol, los guardianes del mundo quedaron sorprendidos y admirados de tan perfecta belleza; detuvieron sus carros, se bajaron y propusieron al Nishadeno que hiciese alianza con ellos y fuese su mensajero ante Bhima, padre de Damayanti. Aceptó... pero al contemplar a aquella princesa de seductora sonrisa aumentó su amor; sin embargo, contuvo su pasión...

“¿Quién eres tú –le dijo Damayanti–, tú que pareces un dios?”.

Soy Nala, y vengo aquí como enviado de los dioses. Los inmortales Sakra, Agni, Varuna y Yama desean obtener tu mano. Elige, mujer encantadora, uno de estos dioses para esposo tuyo.

Damayanti respondió sonriendo a Nala: “Príncipe, la palabra que me han dicho los cisnes me quema; por tu causa he hecho convocar a los reyes; si rechazas mi amor, tu negativa me sumirá en la vergüenza y en el dolor, cosas peores que la muerte”.

Nala respondió a la Vidharbana: “¿Cómo deseas tú un hombre, siendo tan deseada por los dioses? ¡Yo que ni siquiera igualo al polvo de sus pies! Únete a los dioses y goza de inmaculadas vestiduras, de los más bellos adornos y de guirnaldas celestes”.

Aquel lenguaje hizo brotar lágrimas de los bellos ojos de la Vidharbana, y ésta dijo a Nala: “Comienzo por dirigir mi adoración a todos los dioses y en seguida te escojo por marido”.

[...]Cuando los dioses llegaron, Damayanti juntó las palmas de sus manos y dirigió estas palabras a los inmortales: “Por lo que me dijeron los cisnes he escogido al Nishadeno por esposo”; después colocó una guirnalda de flores en sus hombros y así quedó declarada la elección hecha por la virgen regia. Entonces los dioses, muy gozosos, concedieron ocho gracias a Damayanti y se marcharon como habían venido.

Nala volvió a sus Estados con su mujer. Pero un dios, Kali, envidioso de la felicidad de Nala, persiguió a éste con su cólera y le obligó a jugar a los dados. Nala perdió todas sus riquezas jugando con Pushkara. El vicio del juego dominó de tal manera al desgraciado rey, que éste llegó a perder hasta su último traje. Damayanti quiso refugiarse con él cerca del rey su padre; pero Nala se opuso y los esposos, desprovistos de todo, se fueron a vivir miserablemente a una selva. Durante el sueño de Damayanti, Nala se decidió a abandonarla, esperando que su mujer volvería a la casa de su padre, donde encontraría la tranquilidad perdida. Damayanti, sola en la selva, se lamentaba así:

“¿Has visto al rey Nala, oh, montaña, en esta selva espantosa, en alguna de sus cimas que tocan el cielo? A ese héroe sabio, lleno de energía, bravo llamado Nala, soberano de los Nishadenos, ¿lo has visto? ¿Por qué, santa montaña, tu voz no me tranquiliza, ya que estoy turbada, desamparada y llorosa, como si yo misma fuera una hija tuya caída en el infortunio? Y si estás en este bosque, oh, tú, soberano de la Tierra, héroe valeroso, ¿por qué no te muestras ante mis ojos?

“¿Cuándo volveré a oír a mi Nishadeno llamarme con su voz profunda y dulce parecida a la de un inmortal? ¿Cuándo oiré a ese magnánimo rey que me diga con su voz sonora y dulce: ‘¡Vidharbana!’.

“¡Oh, gran rey! ¡Oh, mi señor! ¿Por qué me has abandonado? ¡Ay!, ¡yo muero! ¡Estoy perdida! ¡El temor se ha apoderado de mí en esta selva horrible!... ¿Por qué te has separado de mí, dejándome dormida en medio de este bosque?... ¡Tengo miedo! ¡Mírame, oh, soberano invencible! ¿No estás por aquí, cerca de mí? ¿No eres tú aquel a quien veo reclinado detrás de aquellos arbustos? ¿Por qué no me respondes?”.

La hija de Bhima, sollozando, corrió de un lado para otro, como una loca, cayendo, levantándose, lanzando gritos y repitiendo entre gemidos “¡Ay de mí!”.

[...]Damayanti fue amparada en la ciudad de Chedí por el rey Subahú, quien la hizo llevar al palacio del rey Bhima. Buscaron a Nala, que estaba de cochero del rey Riturpana. Por último, se reunieron los dos esposos.

El rey Nala, restablecido en su antiguo esplendor, abrazó a Damayanti y a sus dos hijos... pero al recordar sus dolores, la mujer de rostro encantador y de grandes ojos, apoyando la cabeza en el pecho de su esposo, comenzó a llorar. Entonces, el rey abrazó a la mujer de cándida sonrisa y permaneció largo tiempo inundado de pesar...

Después, los dos esposos, llenos de alegría, pasaron la noche refiriéndose a sus pasadas peregrinaciones en el bosque.

De esa manera fue como, al cuarto año de separación, el rey Nala se reunió con su esposa; y cumplidos todos sus deseos, disfrutó una dicha suprema. La misma Damayanti saboreó el placer de su reunión con su esposo, como la tierra cuando obtiene la lluvia para sus frutos a medio madurar.

Así, junto a su esposo, sus inquietudes calmadas, sus deseos cumplidos, su corazón inundado por la alegría, la hija de Bhima, cuando hubo sacudido el sueño, resplandeció como la noche durante la claridad de la Luna.


Escrito por Redacción


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