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Tribuna Poética
En ajeno hogar, de Diego Dublé
Poeta, pintor, diplomático y miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, Diego Dublé Urrutia (1877-1967).


A mi madre

Tú has hecho un incensario de este vaso de arcilla,

tú has prendido la llama que en mi cerebro brilla,

es tuyo el sacro incienso que la llama consume,

¿qué tributo más justo? Sea tuyo el perfume. 

-Diego Dublé, dedicatoria de su libro Veinte años

Hoy compartimos fragmentos de En ajeno hogar, poema de Diego Dublé Urrutia contenido en Fontana cándida, compuesto por cuartetos endecasílabos en los que el poeta expresa cómo, acogido como hijo propio en el seno de una familia distinta a la suya, y a pesar del trato amable que recibe, siente una apremiante nostalgia por el terruño y el hogar distante y sufre por el imposible regreso, añorando el insustituible amor maternal.

Todo, en aquel hogar, me era propicio:

los verdes ojos de la niña Estela,

la mano cariñosa del patricio,

la sonrisa perenne de la abuela;

la madre, siempre triste, que gustaba

de verme, cada noche, en aquel nido,

tal vez porque mi edad le recordaba

su pobre Juan, en hora cruel perdido;

(…)

Y, sin embargo, una indecible pena

contristábame allí… me hacían daño

los tibios besos de esa madre ajena

y el calor de ese hogar, que me era extraño…

Y en tanto que en las llamas de escarlata

del fuego familiar mi vista hundía,

de aquel tibio rincón, como ave ingrata,

se alejaba, volando, el alma mía…

(…)

¿No has visto alguna sombra, a aquellas horas,

Entrar, ¡oh, madre!, en tu aposento amado?

¿Junto al fuego tus manos tejedoras,

al sentirse besadas, no han temblado?

¿O escuchando llover, oyendo el ruido

del mar, mientras besabas la plegaria,

el clamor angustiado no has oído

de alguna alta y viajera procelaria?…

Es mi sombra; soy yo, que al lado tuyo

vuelo, a entibiar mi desolado invierno;

yo, que hambriento de hogar, en sueños huyo

de este abandono que parece eterno.

Es mi sombra, que hastiada de esta vida

con nostalgias de cárcel y destierro,

tiende, a veces, al viento el ala herida

y va a turbar tu solitario encierro…

Que no hay ojos más nobles que tus reales

ojos, que el tiempo, vanamente, hiere;

ni azulados, ni verdes cual raudales,

pero que son como mi amor los quiere.

Ni hay fuego alguno que fundir los hielos

de mi alma logre cual tu lumbre amable,

ni otra mano, en la Tierra ni en los cielos,

que cual la tuya, de ternezas me hable.

Ni hay cuadros, a mis ojos, más grandiosos

que esos pálidos astros centelleantes

que a adorar me enseñaron, temblorosos

tus dedos, en crepúsculos distantes.

(…)

Que pueden las ausencias perpetuadas

dar instintos de fiera al alma buena,

desolarse las almas escarchadas

y en piedra, al hombre, convertir la pena;

y pueden las caricias o el arrullo

del amor, la piedad o la fortuna,

nieblas de olvido o ráfagas de orgullo

sembrar, entre la vida y nuestra cuna…

¡Pero nada, ni el tiempo que marchita,

ni del mundo la comba cansadora

pueden robarnos la visión bendita

del hogar, de su beso y de su aurora!…

Poeta, pintor, diplomático y miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, Diego Dublé Urrutia (1877-1967) comenzó en 1895 la carrera de leyes, que vería interrumpida en 1903 por su ingreso al Servicio Diplomático Chileno y su traslado a Francia en una misión diplomática que marcaría el inicio de un prolongado peregrinar por 17 países. Aunque su producción poética coincide con el periodo modernista, el rechazo a la ornamentación oriental y a toda afectación caracterizan su obra, en la que se decanta por la exaltación del paisaje natal, su terruño y sus pobladores. Entre su obra publicada destacan el poemarioVeinte años (1898); Profesión de fe (1928); y Fontana cándida (1942), que recoge toda su obra lírica, de una depurada belleza formal y una delicada sensibilidad. En 1958 se le otorgó el Premio Nacional de Literatura. 

 


Escrito por Tania Zapata Ortega

Correctora de estilo y editora.


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